¡No le Creas! – Capítulo II

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«¿Acaso estoy inconsciente? ¿Me desmayé en el entrenamiento? Estoy alucinando, esto es una pesadilla, tengo parálisis del sueño o algo así» Se repetía una y otra vez mientras intentaba voltear hacia sus compañeros.

Lo logró con dificultad, viéndolos alejarse casi al trote, pasando justo al lado de los murales sin nombre de Fernand Léger. Intentó llamarlos con la voz ronca, estiró su mano en vano, como si eso fuese suficiente para detenerlos.

—No te vayas, será divertido —la voz era firme y nítida… incluso algo familiar. La analizó con cuidado, era tan cercana como si hubiese alguien frente a él.

«¿Quién eres? Intentó preguntarle, pero no pudo emitir ningún sonido, como si hubiesen cerrado su boca con hilo y aguja. Además un olor extraño, acaramelado y empalagoso, lo envolvió, mareándolo y volviendo sus piernas de gelatina; comenzaron a temblar a cada paso que daba en dirección contraria a sus amigos.

—Sigue las máscaras, vamos a pasarla bien… Dieguito.

«¿Quién me habla?… creo que el que me habla es ¿el muñeco?», se preguntó mientras veía con cuidado al payaso que sostenía en su mano derecha.

—Sigue las máscaras —insistió.

«No puede ser, fui… ¡Fui yo! ¡¿Qué es esto?!» Se preguntaba frenético, tratando de darle sentido a lo que acababa de experimentar.

Hablaba, podía reconocer su propia voz, pero sus palabras no eran suyas, la intención de hablar no provenía de él. Un extraño sentimiento, absurdo e inverosímil como todo lo que estaba sucediendo, lo dejaba saber, pese a que se resistía a creerlo, que ese muñeco lo había transformado en su títere.

Dominado por aquella voluntad misteriosa, su mirada desesperada se desprendió de la espalda de los otros y se posó sobre la base de una columna a la izquierda. Ahí, oculta a plena vista, una máscara de trapo colorido, rojo chillón, lo esperaba. Camino hacia ella con las piernas temblorosas, dejando atrás al Pastor de Nubes. La sostuvo en la mano izquierda para luego, a no muchos metros, ver otra máscara de un color cantoso cerca de un muro que lo llevaba fuera de Plaza Cubierta, por una salida cercana que iba de regreso al Pasillo de las Banderas.

El corazón comenzó a palpitarle más rápido de lo que ya lo hacía y quiso detenerse, mas era imposible. Casi rompe a llorar cuando en una pequeña, entre sombras alargadas, una mano blanca se asomó con sutileza, rasguñando el muro con largas uñas amarillas. Una silueta decrépita, demasiado delgada para ser humana lo vio con una sonrisa de dientes negros. El grito interno de Diego fue intenso, pero fue sofocada por la voluntad de un ente invisible, que lo obligó a obedecer.

—Comenzó el juego de la escalera… sigue las máscaras —le ordenó, haciendo que este se adentrara en la oscuridad.

Gabriel, Edgar, Victoria y Estefany avanzaban a paso acelerado, ignorando lo que sucedía a sus espaldas. Así fue hasta que la luz de la última lámpara de Plaza Cubierta proyectó sus sombras sobre el camino de cemento que los llevaría al exterior del edificio de FACES y a Tierra de Nadie; una extensa área verde llena de árboles y grama. A partir de ahí una caminata de poco más de diez minutos los sacaría de la universidad.

El sendero que debían recorrer no tenía ni tan siquiera una luz hasta que se conectaba con uno de los emblemáticos pasillos techados. Eran ochenta metros a ciegas, donde solo podía distinguirse la silueta de árboles nudosos y retorcidos que los rodearían. La idea resultaba desagradable para todos, y por eso se quedaron unos segundos de pie, un pequeño instante que hizo resaltar la silueta de la facultad de FACES de entre todo lo que había a la vista en el horizonte.

Era grande y lucia muy oscura, como si las paredes estuvieran pintadas de negro. De nuevo la gente brillaba por su ausencia y en un edificio donde nunca se apagaban todas las luces, no había bombillas encendidas.

—Estef ¿cuántos pisos tiene tu facultad? —preguntó Edgar sabiendo que ella estudiaba en ese edificio.

—Siete ¿por qué?

—¿Segura de que no son diez?

Estefany le devolvió la mirada, extrañada, mientras él señalaba al frente. El gran edificio, a diferencia de tantas ocasiones en las que Estefany lo había visto, parecía más grande de lo habitual. Era sutil, pero algo le daba un volumen extraño. Tanta fue la sorpresa de la estudiante de sociología tuvo que detenerse a contar los pisos, confundida, la primera vez eran ocho, luego los contó de nuevo y eran once.

«Me siento mareada, ya no puedo contar bien», pensó con impaciencia.

No tendría oportunidad de hacerlo una tercera vez porque una luz fuerte comenzó a parpadear en el último de los pisos. Blanca azulada, titilaba en intervalos cortos, enfocándolos con insistencia.

—¿Alguien no está haciendo señas? ¿Pasó algo y no nos dimos cuenta? —intentó dilucidar Gabriel ¿tal vez eran señales de auxilio?

Victoria se cubrió el rostro y volteo hacia otro lado, y ahí notó recién la baja que habían sufrido. Sintió que se le venía el mundo encima y con fuerza se dio la vuelta esperando a ver a Diego unos cuantos metros atrás, pero no vio a nadie.

—¿Y Diego? —Esperó unos segundos una respuesta, pero nadie dijo nada— ¡¿Muchachos y Diego?! —gritó sumergiéndose en un fugaz ataque de ansiedad. Hiperventilaba y avanzó varios metros en solitario con la esperanza de verlo oculto tras alguna columna.

—¿No venía detrás de ti? —fue lo único que contestó Estefany.

—¡¿Diego?! —volvió a gritar, haciendo que su voz hiciera eco por todo lo ancho y largo de Plaza Cubierta.

—Calma, Victoria, calma —la detuvo Gabriel mientras miraba hacia Plaza Cubierta—, él no puede estar lejos, calma, vamos a buscarlo.

Aunque intentó no demostrarlo, Gabriel estaba tan asustado como ella, consciente que aquel joven era su responsabilidad. Volvieron sobre sus pasos y lo buscaron tras cada columna y en cada rampa de Plaza Cubierta y Aula Magna, corriendo cada vez más rápido mientras más se preocupaban por la ausencia del más joven de grupo, pero no lo encontraron por ninguna parte.

Ahí durarían cerca de diez minutos, llevándose las manos a la cabeza hasta que estando en la frontera entre la plaza y Tierra de Nadie, Edgar pudo distinguir a la distancia una silueta que resaltaba entre la oscuridad que rodeaba el edificio de FACES.

—¡Muchachos lo encontré! ¡Muchachos! —vociferó con potencia haciendo que su voz resonara por toda la plaza.

Los otros unieron a él en unos segundos y sin pensarlo comenzaron a correr en dirección a Diego, Victoria la primera, pero tan pronto como se adentraron un poco en aquel sendero, un sentimiento abrasivo y agobiante los gobernó a todos. Como cuando alguien se te acerca demasiado, invadiendo ese espacio vital que todos necesitamos. Gabriel lanzó un golpe hacia su derecha, sintiendo claramente como si alguien se le encimara. Aquello lo hizo perder el equilibrio y rondar un par de veces antes de volver incorporarse.

Todos percibieron lo mismo y pegaron sus espaldas de la del otro mientras miraban a los lados, intentando encontrar a los entes que los estaban rodeando, sofocándolos. Tanta fue la sensación de amenaza que Estefany tuvo que estirar su mano hacia atrás, buscando el brazo de Edgar para sujetarlo con fuerza, pues estaba convencida de que aquel que fuera de último sería separado del resto, igual que había sucedido con Diego.

Gabriel imitó a Estefany y sujetó el brazo de Victoria mientras está a su vez agarraba a Edgar, corriendo cuesta abajo, casi cayendo en muchas ocasiones mientras se acercaban a Diego que, ensimismado, aguardaba frente a una puerta metálica, al lado de las escaleras exteriores del edificio.

La puerta se abrió ante él de par en par; no podía distinguirse nada del interior, aunque un chirrido atronador, como si un grupo de personas rasguñaran ollas con cuchillos y tenedores, provino de aquella oscuridad. Era evidente para todos que Diego no debía entrar ahí… ¿Cómo evitarlo?

—¡¿Qué haces?! —Le preguntó Victoria con un grito poderoso, lo bastante cerca para ser escuchada, pero no lo suficiente como para agarrarlo por la franela y jalarlo hacia ellos.

No tuvieron oportunidad de detenerlo, y Diego apenas pudo voltear a mirarlos mientras avanzaba hacia la cavernosa sala; tenía una mueca inexpresiva, aunque muchas lágrimas se escapaban de sus ojos.

Súbitamente, como si el alboroto de Victoria gritándole a Diego hubiese molestado a cualquier ente que estuviese obligándolo a pasar a su morada, la puerta se azotó con una enorme fuerza, dejándolos afuera. Edgar y Gabriel no tardaron en golpearla furiosos, tirando de ella con una fuerza descomunal, en otra situación hubiesen doblado la puerta, pero en ese momento no servía de nada.

Estefany y Victoria los iluminaban con las linternas de los teléfonos; tardaron en percatarse de la nube opresiva que los fue rodeando. La luz de la lámpara de sus teléfonos fue sofocándose como una llama bajo la lluvia y lo que fuese un sentimiento extraño de amenaza se convirtió en un peligro real cuando una caricia gélida, el roce de un dedo con una uña filosa, se deslizara descarada por el brazo de Estefany quemandole la piel.

La muchacha lanzó un golpe con potencia desmesurada, pero no había nadie para recibirlo. No lo pensó dos veces y tirando del cuello de la camisa de Gabriel comenzó a huir despavorida.

—¡Vámonos! ¡Corran! —vociferó mientras Victoria se adelantaba hacia la entrada de la facultad de FACES.

Las luces del pasillo techado por donde avanzaban comenzaron a apagarse detrás de ellos mientras los seguían, pisándoles los talones tan de cerca que a Edgar se le salió un zapato cuando una garra certera se enganchó en la parte trasera. A duras penas no se cayó, y aunque no se atrevió a mirar atrás, escuchaba claramente como las uñas de una jauría rabiosa venía detrás de ellos.

Sus músculos fatigados por horas de ejercicio dieron todo de sí para correr aquel último tramo de pasillo a toda velocidad, hasta que las luces blancas de la entrada de la facultad estuvieron frente a ellos. Las dos puertas metálicas con ventanas rectangulares estaban abiertas de par en par, dándoles la más calurosa bienvenida y ellos las cruzaron sin miramientos, deseosos de cerrarlas para evitar que lo que fuese que los estuviera siguiendo lograra capturarlos.

Ni bien estuvieron dentro del edificio pasaron los pestillos y sostuvieron las puertas con fuerza, esperando durante algunos segundos el impacto de una gigantesca horda de perros salvajes estrellándose contra el metal y reventando los cristales de las ventanas, y aunque los escucharon rondar y rondar, no veían nada. Nunca vieron nada hasta que el sonido se desvaneció con el viento. Y así como si nada, una mujer mayor, encorvada y con ropas coloridas de estampados florales, apareció caminando a paso lento, con una sonrisa desdentada, seguida por una suave neblina.

—Diviértanse mis niños… diviértanse, todo va a salir bien —les dijo con una voz rasposa, agitando su mano arrugada, llena de venas azules. Y tan repentina como apareció, hablándoles desde afuera, la suave neblina se la tragó y las luces externas se apagaron, haciendo imposible ver algo afuera.

Pronto el sentimiento de seguridad que les había dado aquel edificio se disipó junto al subidón de adrenalina, dando paso a un intenso dolor en sus fatigados músculos. Edgar se echó en el piso tratando de soportar un calambre en la pierna mientras Victoria comenzaba a hiperventilar, intentando controlar un ataque de pánico que comenzó a acecharla.

—¡¿Qué está pasando?! —preguntó apoyándose con una mano sobre el muro para no caerse mientras la vista se le nublaba.

—No lo sé, Victoria, no lo sé —contestó Gabriel, apenas mejor que ella. Aunque quería echarse al suelo a descansar, un resquemor sutil no se lo permitía. Su desconfianza estaba justifica, pues no podía verse nada en el lobby, que tenía todas las luces apagadas salvo las que estaban sobre las puertas—. Vamos muchachos, levántense, no se queden quietos… ¡Diego! ¡Chacón! ¡¿Dónde estás?!

Y de pronto, como si hubiesen activado un sensor de movimiento, las luces del lobby se encendieron automáticamente, dejando ante ellos un espacio amplio en completa soledad. Suelo de cemento pulido, un recibidor de madera en el centro, columnas imponentes y algunas carteleras informativas llenas de papeles en blanco. Una corriente de aire frío recorría el habitáculo de esquina a esquina, esparciendo un olor penetrante a lejía que incomodó a Victoria.

—Esto no puede ser real —balbuceó Edgar, intimidado ante el silencio sobrecogedor, solo interrumpido por el rechinar de sus zapatos de goma y el zumbido de las luces en el techo.

—Estefany ¿Sabes dónde puede estar Diego? —le preguntó Gabriel.

—Debe estar en el cafetín, por aquí, vamos.

Haciendo de tripas corazón, los jóvenes avanzaron por aquel espacio desolado, llamando a Diego con firmeza y sin dejar de mirar con desconfianza las múltiples esquinas y rincones, a la espera de que algo saltara para atacarlos.

Cruzaron hacia la izquierda y al fondo, donde debían ver una puerta metálica que los llevaría al cafetín, vieron una barricada impenetrable de pupitres desvencijados apilados contra el muro. La confusión de Estefany era notoria; no había ninguna razón para que estuvieran amontonados ahí, haciendo, si es que se podía, más extraña toda la situación.

—¿Hay otra forma de llegar, Estefany? —preguntó Victoria.

—No hay manera…

Una sensación extraña dominaba a Estefany, que sentía su estómago revuelto y la espalda pesada. Está sugestionada y cada poco tiempo volteaba hacia los lados, mirando por sobre su hombro, a la profundidad del lobby. «Alguien nos mira», pensaba con seguridad, volteando a mirar incluso al techo, no fuese que algún animal rastrero los siguiera de cerca, y, sin embargo, por más que vigilaba sus espaldas, nada aparecía desde la oscuridad, no al menos hasta que un movimiento fugaz, casi imperceptible, llamó su atención, haciéndola girar la cabeza hacia la zona de los ascensores.

Los otros continuaban en su intento de descifrar como pasar a través de la muralla de madera y hierro retorcido, pero Estef había abandonado esa inútil tarea y se dedicó a vigilar con la mirada fija, casi sin parpadear, a la zona de los ascensores.

—No estoy loca… vi algo —susurró, siendo escuchada por Victoria.

El lobby de los ascensores era simple: un pasillo corto con una pared al fondo decorada con mosaiquillos aguamarina y un cartel simple que marcaba el piso; planta baja. Una papelera de hojalata se encontraba en la esquina y, tanto en la pared de la izquierda como el de la derecha, dos ascensores, uno frente al otro. El de la izquierda estaba cerrado y el de la derecha con las puertas abiertas, pero a medio bajar. Esto permitía ver un espacio bastante amplio entre su suelo y la fosa bajo él; un vacío tenebroso e insondable que Estefany no podia parar de mirar.

«Vi algo moverse… alguien nos observa ¿es de ahí?» Se preguntó sacándose el teléfono del bolsillo. Avanzó con lentitud, respirando profundo. No escuchaba lo que le preguntaba Victoria y en su lugar se acercó más y más a la fosa oscura del ascensor, se agachó un poco y encendió la linterna.

—¿E-estás ahí Diego? —preguntó con timidez, intentando distinguir algo entre el aceite rojizo y la mugre acumulados por los años.

—¿Estefany? —Victoria se acercó a ella, confundida.

Nadie entendía por qué pensaba que Diego estaba ahí dentro, pero ella no podía ignorar lo que sentia, alguien asomándose por el hueco de la fosa. Se atrevió a acercarse un poco más al borde, intentando ver el fondo. Su luz, aunque tenue, logró iluminar el muro y un par de cables metalicos muy gruesos.

—Estef —susurró Victoria —. Tranquila Estef, ahí no hay nada.

—Lo sé… solo que, es tan raro.

Estefany se puso de rodillas, enderezando la espalda para intentar levantarse; no pudo saber que aquello alteraría a algo oculto entre las sombras. Un movimiento agresivo se precipitó hacia ella a toda velocidad, haciéndola caerse hacia atrás en tanto la puerta del ascensor se cerraba con violencia, seguido de un golpe seco y cuatro fuertes chasquidos.

Ambas chicas gritaron de espanto, Victoria intentó ayudar a Estefany a levantarse, pero la última estaba aterrada y se arrastraba hacia atrás con las palmas de las manos hasta que su espalda golpeó la puerta del ascensor contrario. Esta se abrió súbitamente y Estefany casi cae al vacío, tendría que haber caído, pero la mano salvadora de Edgar intervino, jalándola con fuerza del tobillo. Un nuevo golpe seco hizo que la puerta del ascensor se cerrara y así, como si no hubiese pasado nada, el lobby volvió a quedarse en silencio, al menos por unos segundos.

Casi de inmediato el ascensor comenzó a caer, pero en lugar de precipitarse de inmediato al par de metros que tenía por debajo, se escuchó con claridad como caía y caía y siguió cayendo durante varios segundos como si debajo de ellos se expandieran numerosos sótanos que Estefany desconocía.

—Esta no es mi facultad —susurró temblando, tirada en el piso y con la mirada fija en la puerta del ascensor de la izquierda.

Y ni bien ella terminó de hablar, el ascensor de la derecha se activó. De nuevo abrió las puertas y descendió con lentitud hasta quedar abierto frente a ellos, invitándolos descaradamente a montarse.

—Tal vez fue coincidencia —sugirió Edgar, pero en ese momento tan tenso no había cabida para esa palabra.

—Ni en broma —exclamó Gabriel antes de ayudar a Estefany a incorporarse.

Ella tomó su mano y pudo sentir como temblaba; la situación lo justificaba por completo.

—Muchachos,no sé qué está pasando… pero tenemos que mantener la calma. Sé que todostenemos miedo… pero tenemos que encontrar a Diego y mantenernos juntos—expresó Gabriel con la mayor calma que pudo.

Todos asintieron con suavidad, intentando recobrar la compostura y no dejarse dominar por el pánico, aunque todo lo extraño que habían visto fuese más que razón suficiente. Ese instante de calma donde pudieron respirar y darse consuelo no les duraría demasiado.

Tan fuerte como si hubiese sido al lado de ellos y potenciada por el eco de aquella gran sala vacía, un chillido de pavor, un grito agudo de desesperación resonó con potencia hasta llegar a sus oídos, logrando que sus corazones se aceleraran.

—¡¿Diego?! ¡¿Dónde estás, Diego?! —preguntó Victoria, pero no hubo respuesta.

—¡Fue en el piso uno! —respondió Estefany corriendo hacia la derecha, dejando atrás el lobby de ascensores.

De frente se encontraron unas escaleras en U muy estrechas y de escalones altos, con un pequeño descanso que ellos recorrieron con grandes zancadas.

En cuanto llegaron al primer piso, esperando ver a Diego de frente, se quedaron petrificados ante la escena. Un área amplia con algunas mesas con viandas de comida. Más al fondo numerosas sillas plásticas puestas en círculo y en el centro, en posición fetal, una chica que lloraba desesperada, con el rostro oculto tras una maraña de cabello.

Una voz profunda resonó, ya en sus mentes o ya en el pasillo; no supieron identificarlo, pero los cuatro escucharon esa voz dulce, acompañada de risillas.

—¿Y ahora qué harán?

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El siguiente capítulo lo subiré el 1 de mayo.

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