El encuentro en el valle del tiempo

En un rincón idílico del valle, donde los cerros se tiñen de arrebol

cada tarde, cuando el sol baja tocando las aguas del río,

habitaba un eco melifluo que parecía nacer del propio viento —

un canto suave que llenaba los espacios entre los sauces y las piedras.

Un día, por serendipia, ella llegó caminando sobre la hierba alta,

vestida con un vestido de seda que mostraba una iridiscencia

cambiante con cada paso: azul como el cielo temprano, dorado como el trigo maduro.

Su presencia era etéreo, como si hubiera descendido de las nubes que dibujaban formas en el firmamento.

Intentó hablarle, pero la emoción le robó la elocuencia;

todo lo que quería decir era inefable, más allá de las palabras humanas.

Y en ese instante nació en él una limerencia tan profunda,

que parecía haber estado esperándola desde el origen del mundo.

Ellos pasaron tardes entrelazando sus manos, contando sueños que nunca se acababan,

creando un lazo inmarcesible que ni el viento ni el tiempo podrían romper.

Aunque sabían que ese momento juntos era efímero — que el destino los llamaba por caminos separados —

guardaron en sus almas la promesa de que lo bonito jamás desaparece del todo.

Hoy, cuando el sol vuelve a pintar los cerros, el eco melifluo sigue cantando,

y en sus notas se escucha aún el eco de aquel encuentro:

donde lo efímero se convirtió en eterno, y lo inefable encontró su voz.

 

Respuestas