Me levanto de mi cama a las siete y cuarto de la mañana, eso marca el despertador pero de seguro está atrasado, con tantas caídas dudo de su precisión.
Desperté hace horas, pero al filtrarse la oscuridad por las rendijas de mi ventana, decidí seguir durmiendo. El techo después de verlo los primeros quince minutos, aburrió y las siguientes horas, fueron sólo silencio.
Me desplazo por mi departamento con el pijama arrugado y con saliva seca en la comisura, arrastrando mis pies con pesadez.
Alcanzo la heladera y busco alguna sobra, la comida fría me deja un mal sabor que resuelvo con agua helada, que complica aún más la situación.
El frío hace resentir mis muelas e intento distraerme con la televisión, un programa al azar que seguramente ya vi anteriormente.
No hay nada que no haya visto antes y voy en busca de mi teléfono, que dejé entre mis sábanas. El camino está vez es con prisa, voy y vuelvo, antes de siquiera pensarlo.
La pantalla se enciende con el nivel más bajo de luz, la batería marca cuarenta y tres de porcentaje, suficiente para usarlo sin procuparme de que se apague.
Reviso mis redes sociales una vez vuelvo a la sala, voces proveniente de la pantalla siguen sonando mientras ojeo que mi publicación más reciente fue compartida.
Camino hasta la cocina por segunda vez y pongo a calentar agua, sin dejar de observar la pequeña pantalla brillante.
Dejo el celular sobre la mesa, después de ver todo lo que tenía que ver y me centro en el desayuno.
Con un café con leche calentito en mano me acerco a mi escritorio y me siento esperanzada, con imaginación y ideas por desarrollar.
Remplazo una pantalla pequeña por otra más grande, la computadora me espera para escribir un nuevo capítulo de mi novela de fantasía. Pienso en dragones, espíritus con oscuras intenciones y princesas que se olvidan de esperar salvadores, y toman en su poder una espada.
El capítulo décimo segundo está listo y después de una edición profunda, lo publico. La estampa de publicación confirmada se queda en mi monitor más de lo esperado y cuando la quito, comienza el miedo.
La fecha de publicación no es la pactada, en tres días debía publicarse, una parte nueva a la semana.
Me regaño por mi impulsividad, pero al vislumbrar el número de vistas quise tener más.
Me prometo tener un nuevo capítulo en la fecha siguiente, aún cuando dudo. Cuatro mil palabras en tres días no se logran por arte de magia, lo he hecho antes pero no siempre ocurre.
El bloqueo de escritor comienza a asomarse, burlándose de mi. Comienza la ansiedad y los nervios no dejan de gritar en mi cabeza.
Corro al baño y lavo mi cara con abundante agua. Me doy cuenta que no lo hice al levantarme y lavo mis dientes.
Regreso a la sala con nuevos ánimos y decido alejarme del mundo digital, mi corazón no resistiría comentarios negativos, no hoy.
Estoy por bajar la pantalla, pero freno todo movimiento al ver un corazón titilar en la ventana de la plataforma en donde público.
Un “me gusta” le sigue a otro, y un comentario sobre lo mucho que gusto la nueva parte, me hace sonreír.
El número de vistas no subió tanto, marca solo doscientas veintiséis visualizaciones.
Una vocesita se hace presente en lo profundo de mí mente, ¿es suficiente ese número para llamarme escritora?
Titila una vez más la pantalla emergente, una nueva lectora exigiendo un capítulo más.
La voz se silencia y respondo que si, lo soy. Soy escritora.


Soy un seguidor tuyo Ailén, me entretienen bastante tu contenido, gracias por tus publicaciones 🖤
No tenés idea de lo feliz que me hace leer tu comentario, muchas gracias por leerme.
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Si, nunca deja de sonar esa voz.