Durante los primeros años de la conquista de los territorios mesoamericanos, los españoles mantuvieron las esperanzas de encontrar pueblos igual de ricos en el norte, alentados tanto por descubrimientos fortuitos, como el de las minas de plata de Zacatecas y otros yacimientos argentíferos en la Sierra Madre Occidental, como por los relatos de los indígenas que les indicaban la presencia de grandes reinos en el norte, así también como por la búsqueda del esperado paso norte que los comunicase con Asia, como el estrecho de Anian o el de Juan de Fuca.
Esto llevó a que diversos aventureros realizasen grandes expediciones de exploración en el norte, decepcionándose al no encontrar ni riquezas, ni pueblos a los cuales someter, ni el paso a Oriente. En cambio, encontraron un territorio inhóspito, con pocos terrenos aptos para la agricultura y con una gran hostilidad por parte de la población nativa, desalentando con ello el avance hacia estos territorios. De esta manera, el último asentamiento fundado fue el de Santa Fe de Nuevo México en 1610, alejado poco más de 2000 km de la capital novohispana.
Como consecuencia de las denuncias realizadas por los religiosos sobre las crueldades practicadas por los colonos españoles contra la población indígena, la Corona dictaminó en 1573 la prohibición de la conquista de territorios por cualquier razón, encomendando el avance a los misioneros, quienes se encargarían de realizar una ocupación pacífica por medio de la evangelización. Estas campañas fueron financiadas por la Real Hacienda, con una inversión de 2.3 millones de pesos que se debían distribuir tanto entre las diferentes misiones como en la paga de la milicia que las defendería de los ataques de los nativos.
La orden encargada de iniciar estos esfuerzos de evangelización fueron los franciscanos, encabezados por fray Esteban de Perea, quienes llegaron a Nuevo México en 1610, estableciéndose en el pueblo de Sandia. Los religiosos consideraban que el territorio hacía propicia la colonización debido a la organización más estructurada de los llamados indios-pueblo, quienes, por su vocación agrícola, facilitaban el establecimiento de las misiones y la dispersión de productos europeos para ganarse a los indígenas.
Pese a los buenos deseos, para 1680 las condiciones de vida de los nativos neomexicanos habían empeorado con la llegada de los misioneros, ya que la concentración de las poblaciones en torno a las misiones facilitó la propagación de las enfermedades epidémicas, reduciendo a la mitad tanto a los indios-pueblo como a los apaches nómadas.
A esto hay que añadir las prebendas otorgadas por la Corona para fomentar el asentamiento de españoles en el territorio, como fue la implantación del sistema de encomiendas como forma de pago por establecerse en los inestables territorios fronterizos. Esto obligaba a los indígenas a su cargo a pagar una fanega de maíz por persona y una manta, piel de venado o búfalo.
Si bien los indígenas que vivían en las misiones estaban libres del pago de tributos, tenían que correr con las obras de mantenimiento de las instalaciones y otros trabajos que provocaron abusos por parte de los religiosos. Ni qué decir que hubo un aumento del esclavismo indígena pese a la prohibición, promovido por los conflictos interétnicos con los nómadas, los cuales fomentaban un mercado esclavista con los españoles.
Todos estos problemas tuvieron como consecuencia el estallido de la rebelión de 1680, donde los indios-pueblo, encabezados por Popé y aliados con los apaches, expulsaron a los españoles del territorio de Nuevo México, arrinconándolos hasta El Paso y destruyendo todo indicio de la presencia española en la región, como las misiones e incluso plantas y animales europeos.
Esto provocaría un debate entre las autoridades virreinales, quienes, al ver lo poco productivos que eran estos territorios y lo problemáticos que resultaban, aconsejaron abandonar la provincia y establecer como frontera definitiva el sur del río Bravo. Sin embargo, la respuesta de las autoridades reales fue negativa y organizaron una campaña de reconquista a cargo de Diego José de Vargas, quien primero se encargó de consolidar el dominio español en los alrededores de El Paso y, desde ahí, avanzaría sobre el territorio neomexicano hasta llegar a Santa Fe en 1692, aprovechando las rencillas internas de los indios-pueblo, entrando así la resistencia en declive.
Como consecuencia del fracaso del proyecto misional, la Corona empezaría una política de reducir la presencia del clero regular para tener una mayor presencia estatal en la frontera, así como de suprimir las encomiendas para los colonos. Esto provocó la secularización de las misiones y que gran parte de la inversión del “situado” se ocupase en el mantenimiento de la provincia, llegando a la conclusión de que el sistema misional había aislado a los indígenas en lugar de integrarlos.
A partir del siglo XVIII se iría aplicando esta política colonial sobre Nuevo México, aunque la realidad de la situación hizo que no se aplicase lo dispuesto de manera estricta. En su lugar, los gobernadores del territorio dispusieron de los recursos del situado como más les convenía, desviándolos ya fuese para aumentar la militarización de los pueblos o para fomentar la colonización.
La secularización se llevó a cabo en 1749. Esta medida no solo representó la salida del clero regular de la región, sino que también otorgó a los indígenas la propiedad de sus tierras y la libertad para establecerse donde quisiesen, acabando con la dependencia del indígena hacia los religiosos o los colonos para arreglar sus asuntos.
Si bien el sistema misional estaba denostado, en otros territorios con poca población se tuvo que volver a recurrir a él, como pasó en el caso de California. A esto se debe sumar un exitoso proceso de hispanización de los indígenas con la aparición de la figura del “protector de indios”, encargado de resolver los problemas de los pueblos ante la autoridad real. Este legado se mantuvo vivo hasta 1920, cuando se dejó de escribir en español las actas de los consejos legales.
Con estas medidas, la Corona logró ganarse el respeto de los indígenas y con ello consolidar la frontera central.
Si bien en la frontera norte no existía una amenaza real durante el primer siglo de presencia española, con el paso del tiempo se demostró lo poroso y ficticio que resultaba su control. Esto quedó demostrado con la llegada de los franceses a la desembocadura del río Mississippi en la década de 1680, estableciendo la colonia de Luisiana, desde donde pronto empezarían a incursionar hacia el oeste, en dirección a las costas de Texas.
A pesar de que la respuesta virreinal tuvo éxito al expulsar a los expedicionarios franceses de las costas texanas, no lograron acabar con su presencia en Luisiana. Surgió con ello un riesgo latente de que los comerciantes franceses estableciesen contactos comerciales con los mineros y rancheros novohispanos, representando un serio factor de desestabilización en la región.
Gracias por su atención y los espero en la siguiente lectura.
Federico Flores Pérez.
Bibliografía: Rafael Torres Sanchez. Tierra de frontera. La voluntad española de permanecer en el oeste de Norteamérica, de la revista Despertar Ferro no. 68
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Imagen:
Izquierda: Anónimo.”Plano Corográphico del Reyno y Provincia de el Nuevo México, una de las de Nueva España, situada entre los 31 y 38 grados de Latitud Boreal y los 258 y 264 de Longitud a el respecto de el Meridiano de la Ysla de Thenerife” 1-12-1727.Fuente: https://www.facebook.com/photo/?fbid=10223058731235533&set=gm.3191555984291777
Derecha: Anónimo. Retrato de Diego José de Vargas, siglo XVIII.


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