El avance español por los territorios indígenas estaba condicionado por la red de alianzas que tejieron y que sirvieron para asegurar su poder con un mínimo de gastos de fuerzas humanas y económicas. De esta manera, se aseguraba a las clases gobernantes indígenas que no perdiesen su poder, dándoles un lugar dentro del orden novohispano con la condición de garantizar la lealtad de sus súbditos hacia los españoles.
Sin embargo, en el norte desértico no existían grandes estados con los que se pudiera negociar o amenazar, y los españoles estaban a la merced de los ataques de las numerosas tribus nómadas que acosaban e imposibilitaban cualquier clase de sometimiento militar. Debido a ello, tuvieron que valerse de los religiosos para que amparasen a los indígenas ante la violencia española, buscando así irlos pacificando e integrándolos lentamente al modo de vida “civilizado”.
Un caso aparte representó el territorio más al norte de la sierra. En el valle del río Grande, en lugar de encontrar a las belicosas tribus nómadas, los españoles se encontraron con pueblos “civilizados” que vivían en poblaciones que subsistían tanto de la agricultura de autoconsumo como de la relación comercial que mantenían con las tribus, con las cuales intercambiaban carne de caza de las praderas.
Ya se tenían reportes de exploradores como Álvar Núñez Cabeza de Vaca y Marcos de Niza, quienes aseguraron la existencia de “ciudades” repletas de oro. Esto provocó que los españoles preparasen expediciones de conquista hacia el territorio que conocieron como Cíbola.
Sin embargo, fue la expedición de Francisco Vázquez de Coronado la que finalmente terminó por echar abajo toda idea de encontrar grandes naciones como las que habían encontrado en México. No obstante, la semejanza que existía con las poblaciones del centro novohispano bastó para que este territorio fuese nombrado como Nuevo México.
No obstante, a pesar de que el norte fue un territorio conflictivo, se empezaron a encontrar minas de plata a lo largo de la Sierra Madre Occidental, por lo que se aseguró la fundación de ciudades como Zacatecas, Durango, Parral y Chihuahua, impulsando así el avance por el camino que permitía internarse más en el septentrión.
Sería el criollo Juan de Oñate, hijo del fundador de la ciudad de Zacatecas, Cristóbal de Oñate, quien dirigió una expedición que terminó por someter la provincia, la cual para ese momento se encontraba dividida entre diferentes etnias que ocupaban el territorio, como los zuñi, queres, hopis, tewa y acoma, entre otros, que terminaron por ser incorporados al orden español hacia el año de 1598 mediante acuerdos, por lo que indistintamente serían llamados “indios pueblo”.
Estos tratados incluyeron que los indígenas tenían que entrar en el sistema de encomiendas que se había implementado en la zona mesoamericana, lo que aseguraba a los españoles una fuerza de trabajo que facilitaría su establecimiento permanente. Esto se concretó con la fundación de Santa Fe en el año de 1610, siendo seguido por el establecimiento de los franciscanos para avanzar en el proceso de evangelización.
Pero mientras en otras regiones del norte los misioneros habían representado una ventaja al acercar a los indígenas a los españoles, en Nuevo México resultaron ser un fracaso cuando tuvieron que enfrentarse a la religión institucionalizada que tenían los indios-pueblo. A esto se sumaba que los españoles no encontraron los yacimientos de plata que esperaban, la gran lejanía que existía con otras ciudades como Chihuahua, así como el hecho de que este territorio tenía que ser constantemente defendido de tribus como los apaches y comanches, que acosaban tanto a las poblaciones indígenas como a las españolas.
Debido a estas condiciones, y considerando que la única actividad verdaderamente viable era la ganadería, la provincia pasó rápidamente de representar una ventaja a convertirse en una carga. Los únicos que mantenían el optimismo eran los religiosos, quienes para 1629 habían erigido 50 iglesias, lo que convenció a las autoridades virreinales de seguir sosteniendo a la provincia y a sus 3,000 colonos, que sobrevivían prácticamente de puro milagro.
La llegada de los españoles representó en un inicio una ventaja para los indios-pueblo debido a los nuevos alimentos que trajeron consigo, los cuales incrementaron su producción. Sin embargo, esto también provocó que las tribus nómadas quisieran acceder a la misma bonanza, intensificándose así las expediciones de saqueo, al mismo tiempo que los españoles aumentaban sus exigencias tributarias.
Todo esto, sumado a la repercusión de otras rebeliones indígenas en el sur, a un periodo de sequía que había afectado los cultivos, al acoso religioso hacia sus costumbres y al declive demográfico que los había reducido a menos de la mitad de su población, provocó que los indios-pueblo decidieran expulsar a los españoles de sus territorios. El movimiento fue encabezado por Popé, líder religioso del pueblo de San Juan, junto con los caudillos Luis Tupatu y Antonio Malacate.
De esta manera, se pusieron de acuerdo para levantarse en armas y el 10 de agosto de 1680 inició la rebelión generalizada, la cual tuvo como consecuencia la muerte de 400 españoles, mientras el resto huía hacia El Paso, conservando como aliados únicamente al pueblo de Isleta, quienes los mantenían al tanto de la situación.
Esto provocó una ola de rebeliones entre indígenas como los tobosos, conchos, sumas y pimas, entre otros, que conformaron lo que se conoció como la “Gran Revuelta del Norte” en 1684. Sin embargo, estos grupos no tuvieron la fuerza suficiente y rápidamente fueron sometidos.
No ocurrió lo mismo en Nuevo México, donde Popé inició una campaña para erradicar todo lo hispano de sus territorios. Esto trajo consigo la resistencia de facciones que no querían deshacerse de los granos y el ganado introducidos por los españoles. Tampoco ayudó el hecho de que no existiese una estructura política previa que los hubiese unificado, por lo que, una vez expulsados los españoles, los indios-pueblo volvieron a sus conflictos ancestrales.
Este ambiente de división facilitó que Diego José de Vargas entrara en la provincia en 1692 para sondear el ambiente, descubriendo que no era recibido ni bien ni mal. Esto sirvió como punta de lanza para que los españoles recuperasen el territorio, aunque de una forma más pacífica, estableciendo un nuevo orden más laxo en su trato y que permitió que las religiones indígenas continuaran practicándose sin problema a la par del catolicismo.
No obstante, eso no impidió que la provincia siguiese siendo un lastre que mantuvo al territorio en condiciones de pobreza, cuyos problemas serían heredados a los mexicanos, quienes tampoco pudieron darles solución alguna, facilitando finalmente su pérdida ante Estados Unidos.
Gracias por su atención y los espero en la siguiente lectura
Federico Flores Pérez
Bibliografía: Bernardo García Martínez. La rebelión de Nuevo México (1680-1692) ¿Triunfo, pero efímero, o efímero, pero triunfo?, de la revista Arqueología Mexicana no 111
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Imagen: Fred Nakayoma Kabotie. Hopis tirando las cruces de una misión y dando muerte a un misionero. 1975


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