¡No le Creas! – Historia completa

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Aquí les dejo la historia completa para que sea más fácil leerla de un tirón, espero que les guste mucho y si pueden dejar su like o algún comentario para saber que les pareció se los agradeceré.

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Los rugidos, el choque de las palmas y el vibrar de los pisotones en la cancha de la facultad de farmacia anunciaban el regreso de la escuela Shaolin Wushu Lohan a sus entrenamientos regulares. Los practicantes de Kung Fu se ejercitaban con fiereza tras el largo parón de las vacaciones de agosto y septiembre, repitiendo sus movimientos con una entrega y concentración tales que no se percataron del pasar de las horas, ni siquiera cuando el sol, dorado y carmesí, comenzó a agonizar en el horizonte capitalino.

Recién cuando la sombra de los árboles y la suya propia se disiparon en la oscuridad, el encargado de la clase, el Laoshi Gabriel, se dio cuenta de aquel descuido, abordándolo un sentimiento de preocupación tan intenso como la luz blanca de la farola que se encendió sobre él, iluminando su cabello rubio.

—¡Reúnanse! —exclamó con potencia, llamando la atención de las personas que estaban con él, repartidas por la cancha.

En un par de segundos cuatro jóvenes lo habían rodeado, con las ropas deportivas empapadas en sudor, las cintas amarillo chillón apretando sus cinturas y con las miradas fijas en él.

—Nos pasamos de la hora.

Todos se encogieron de hombros algo indiferentes, pues no caían en cuenta de la oscuridad alrededor, pensando que estaba nublado. Seguro, se les había hecho algo tarde ¿pero qué tanto? Aquel era el pensamiento común

—A penas deben ser las seis —comentó una chica, morena y esbelta, mientras arqueaba una ceja, sonriendo con incredulidad.

—Pues no Estefany, son las siete —replicó Gabriel con autoridad.

—¡¿Qué?! Imposible —exclamó un muchacho alto de piel blanca, acercándose a pasos agigantados a su mochila. Su nombre era Diego, y aunque solía mantener la calma, aquella noticia lo había puesto nervioso.

—¿Qué pasa? Igual tú vives aquí mismo —señaló Estefany de forma jocosa.

—Tengo un trabajo pendiente que tengo que entregar —fue su respuesta mientras rebuscaba en uno de los bolsillos de su bolso.

Logró sacar su celular, encendiéndolo en el acto. Se pudo leer en su rostro un gesto de sorpresa; se había quedado boquiabierto mientras les mostraba la hora a los demás. Eran exactamente las siete y seis minutos. Por un segundo todos se quedaron petrificados, solo Estefany miró alrededor, analizando el entorno.

El espacio donde entrenaban tan a gusto unos segundos atrás se había vuelto amenazante y desolador. La sombra de los árboles formaba garras tenebrosas en el suelo, donde las hojas secas eran paseadas por una brisa gélida. Comenzó a hacer frío, potenciado por el sudor que empapaba sus prendas. A Estefany se le hizo un nudo en la garganta.

—Diego ¿me puedo quedar en tu casa? Se me hizo tarde para ir a la mía —habló una chica no muy alta, de piel blanca, largo cabello negro y lentes grandes, muy llamativos.

—Sí, Vicky, justo te iba a decir que te quedaras conmigo —contestó tomándola de la mano.

—Vayan rápido a lavarse y a tomar agua. Disculpen mi descuido —Gabriel asumió el error mientras todos agarraban sus bolsos, dirigiéndose al interior del edificio.

La cancha estaba en un patio interior al que se accedía bajando unas escaleras de cemento que no demoraron en subir, llegando a una plaza cubierta donde estaba también el cafetín de la facultad de farmacia.

En la pequeña plaza de la facultad no quedaba mucha gente a esas horas, salvo por algunos guardias de seguridad y unos pocos estudiantes rezagados, ya de salida. El cafetín había cerrado varias horas atrás y aunque las mesas seguían en su sitio, las pesadas sillas de plástico y metal estaban guardadas tras rejas y bajo llave. Nadie permanecía ahí ni en los alrededores, donde los estudiantes solían jugar ping-pong. Los cinco pasaron de largo y cruzaron hacia la derecha para atravesar la puerta de cristal que llevaba al interior edificio, quejándose de lo deficiente que era el transporte público en Caracas «No tendríamos que estar tan preocupados si hubiese autobuses hasta las diez de la noche».

El vestíbulo estaba casi vacío; tras la recepción larga de madera había un guardia de seguridad que escuchaba una retransmisión de béisbol por la radio, y al fondo, tres personas salían del decanato, cerrando todo y apagando las luces detrás de ellos.

La atención que los muchachos le prestaron a estos detalles fue mínima y siguieron su camino hasta subir al piso uno, donde estaban los baños. Ahí solo estaban dos estudiantes revisando apuntes sobre una mesa. Ninguna volteó a mirarlos mientras se separaban, chicas a la izquierda, chicos a la derecha.

Gabriel, Diego y Edgar, el único que no había hablado desde el final del entrenamiento, charlaban con normalidad mientras lavaban sus manos y caras, acomodando como podían la ropa deportiva con la que habían entrenado.

Sus voces y el cantar de los grillos le daban un ambiente familiar y pacífico a la noche. Incluso parte de la preocupación por la hora se había esfumado con la plática, pero cuando un repentino apagón los sumió en la oscuridad, dejándolos a ciegas, tanto ellos como los sonidos de la noche enmudecieron. El tiempo se dilató tanto como el entrenamiento que habían tenido; lo que no fue más de un minuto pareció durar una hora. Nadie dijo nada hasta que las luces fluorescentes volvieron a encenderse sobre sus cabezas.

—Mejor vámonos ¿ya estás listo Edgar? —le preguntó Gabriel a un joven moreno y robusto de cabello rizado que se veía en el espejo.

—Los estaba esperando a ustedes—contestó con voz profunda.

Cuando salieron de los baños, el vestíbulo del piso uno estaba vacío. Las dos chicas que estudiaban sobre una mesa cercana parecían haber corrido de allí a toda prisa, dejando abandonados en el proceso sus apuntes y un bolígrafo.

«El apagón las habrá espantado» pensó Diego mientras avanzaban hacia Estefany y Victoria, que aguardaba con una mueca inconforme.

—¿Estamos listos? ¿Vamos a llenar los potes de agua? —la voz de Diego sonaba confiada mientras hablaba, aunque se notaba su resquemor al ver el ceño fruncido de Victoria.

—No está saliendo agua —contestó Victoria señalando al bebedero tras ella.

—Bueno, no me sorprende. No sale agua, la estación del metro de Ciudad Universitaria está cerrada, el reloj de Gabriel no sirve ¿Cuándo han funcionado las cosas? —dijo Edgar con sarcasmo, sin dejar de avanzar hacia las escaleras.

Era frustrante tener que irse sin tomar ni un sorbo de agua, así que Diego, por las dudas, se acercó al bebedero. Estando solo apretó con fuerza el botón y tras algunos sonidos desagradables un chorro de agua marrón, pestilente y cargado de lodo, brotó de la boquilla, salpicando el suelo frente a él. «Pasaremos sed entonces» se dijo antes de darse la vuelta y seguir al grupo, pero no sin antes dar un último vistazo atrás, contemplando la mesa abandonada con los apuntes.

Bajaron las escaleras en un pestañeo y aunque avanzaron lo más rápido posible, Diego notó un detalle que lo dejó intrigado. El decanato estaba abierto e iluminado, «¿tal vez olvidaron algo?», no tuvo oportunidad de darle muchas vueltas, pues un sonido blanco llamó su atención. En el recibidor estaba la vieja radio emitiendo estática «habrá perdido la señal, pero ¿y el guardia?».

No entendía por qué su mente había comenzado a darle vuelta a esas minucias en lugar de pasarlas por alto ¿algo había cambiado o era solo su imaginación? Se lo preguntaba una y otra vez, intentando ignorar ese sentimiento de extrañeza que lo comenzó a agobiar desde que vio los apuntes abandonados; un hormigueo le recorría la nuca y la yema de los dedos, como si el aire estuviera enviciado con una toxina que lo estaba alterando.

Una pregunta rápida de Victoria lo hizo espabilar, ahuyentando por un segundo los pensamientos que lo acosaban. Avanzó unos cuantos pasos mientras contestaba a su novia, recobrando la calma, pero cuando salieron a la plaza interior y vio de reojo hacia el cafetín, su corazón dio un vuelco y se estremeció, haciendo que Victoria dieran se sobresaltara con él. Todas las sillas, esas que yacían guardadas bajo llave, estaban en su puesto tras las mesas.

—¿Si las guardaron? ¿Estaban así antes de que subiéramos? —le preguntó Diego, intentando disimular como temblaban sus manos.

—No… no me acuerdo. No, no estaban así —contestó Victoria asombrada.

«No, imposible ¿Quién las ordeno tan rápido? No, debemos estar confundidos, los demás ya hubiesen dicho algo», de pronto Victoria tomo de la mano a Diego.

—¿Estás bien?

—Si, solo… aaam… —Diego buscaba las palabras adecuadas para explicar lo que le sucedía, pero no hizo falta.

—Yo también siento que hay algo raro. Vámonos rápido de aquí, ya quiero llegar a tu casa.

Diego asintió y sin soltarle la mano siguieron caminando detrás de los demás. Las ideas iban y venían, en un bucle constante hasta que llegaron a la salida de la facultad; Una puerta amplia con una reja de metal gruesa, bonita aunque algo anticuada y descuidada.

—No está ninguno de los guardias —señaló Estefany extrañada luego de cruzar las rejas, abiertas de par en par.

—Estarán ocupados con algo —los excusó Gabriel sin darle más rodeos.

—Pero dejaron las rejas de entrada abiertas.

—Sabían que estábamos allá arriba, seguro las dejaron así para que pudiéramos salir.

—Mmm… —el tono de Estefany era suspicaz mientras contemplaba alrededor.

A la derecha vio un espacio verde donde solo se distinguían la silueta de algunos árboles secos y a la izquierda, a través de un muro con pequeños huecos, logró ver la cancha donde estuvieron entrenando, convertida en una cueva de lobo solo iluminada por una farola solitaria. No pasaban vehículos por la calle ni gente por los pasillos techados de la universidad. En el estacionamiento frente al edificio de biblioteca central no había ni un auto estacionado, y en la lejanía podía distinguirse la silueta del edificio de la facultad de FACES, con una sola luz encendida.

«La universidad está demasiado oscura, demasiado sola aunque sea lunes y no viernes» pensó Estefany de inmediato. El tiempo pasando lentamente solo acrecentaba aquel sentimiento desolador, hasta que una pequeña y parpadeante luz llamó su atención y la de Victoria; la única luz en todo aquel enorme edificio.

—¿Pero dónde está toda la gente? —insistió Estefany tras unos segundos, intentando controlar el temblor de sus manos mientras los vellos de la nuca se le erizaban al sentir la brisa gélida soplar a sus espaldas.

—Se fueron a comer, Estefany —respondió Edgar, restándole importancia a la situación.

—¡Ay! ¡No le respondas así! Ella tiene razón, todo está muy solo, ni que fueran las doce de la noche —la defendió Victoria mientras caminaban.

Alguien más hubiese contestado; o bien Edgar con más sarcasmo o Diego secundando a Victoria, pero unos repentinos sonidos provenientes de la grama a la derecha hicieron que se mordieran la lengua.

Eran chasquidos breves y fuertes que no podían pasar por alto. Todos voltearon con más o menos disimulo hacia la oscuridad. Aunque el pasillo techado estaba iluminado, no podía verse que era lo que se ocultaba en el pequeño engramado. Tras algunos segundos, el chasquido cesó.

Los jóvenes suspiraron con más o menos alivio, riéndose un poco de lo paranoicos que estaban. Trataron de seguir adelante, pero como si hubiese estado esperando que se movieran, una criatura salió corriendo de inmediato, atravesando por completo el camino frente a ellos escondiéndose en las sombras del otro lado. Victoria apretó con fuerza el brazo de Diego y los demás retrocedieron poco a poco.

—¡¿Qué era eso?! —preguntó Victoria atemorizada.

—Solo era una rata —contestó Gabriel intentando apaciguarlos a todos

—Del tamaño de un conejo —gruñó Estefany, intentando localizarlo con la mirada. Los chasquidos habían regresado.

—¡Rata una mierda! Esa cosa corrió en dos patas —susurró Victoria, pero solo Diego la escucho.

—Bueno, tranquilos, la universidad es salvaje, deberíamos grabar un reallity —bromeo Edgar antes de continuar caminando.

Si Edgar estaba nervioso la verdad era que no lo demostraba, aunque si resultaba evidente su deseo de restarle importancia a la atmosfera extraña que había comenzado a asfixiarlos. Por eso lideró la marcha y no se detuvo hasta que llegaron en unos segundos al paso de cebra, y viendo que no venía nadie en ninguna dirección, intentaron cruzar, mas no terminaron de llegar a la otra acera cuando la corneta y el rugir de un motor se escucharon próximos a ellos. Todos dieron zancadas largas para terminar de salir de la calle, dándose la vuelta en el acto para ver un auto avanzar a toda velocidad, siguiendo de largo para salir de la universidad.

—¡¿Qué le pasa?! ¡¿está loco?! —preguntó Gabriel, rojo de rabia, sabiendo que un tropiezo de alguno de sus alumnos pudo desembocar en un accidente fatal.

—Calma, todo está bien, no pasa nada —lo apaciguó Diego, aunque era verdad que todos estaban bastante nerviosos—. Sigamos caminando.

Sombras tenebrosas se cernían sobre el campus de la Universidad Central de Venezuela, tragándose los arbustos y la calzada… ese nuevo pasillo no era la excepción. Aunque en la mañana rebosaba de vida, lleno de estudiantes que repasaban las clases en sus pizarras de tiza o descansaban en sus banquetas verdes, a aquellas horas El Pasillo de las Banderas era silencioso, con un aura lúgubre reforzada por el titilar constante de las luces fluorescentes y el ruido blanco de las viejas y averiadas bocinas, donde otrora sonaba la radio de la universidad.

Parecía extenderse hasta el infinito, pues no lograba distinguirse la avenida al final que los conduciría en línea recta hasta Plaza Venezuela; solo una profunda mancha negra que, suponían ellos, era el escarpado barranco que marcaba el límite entre la universidad y Caracas.

«El camino es largo, pero si nos apuramos todo va a estar bien, no pasa nada, cálmate» se decía Diego mientras controlaba el temblor de sus manos y piernas para no preocupar más a Victoria. Ella seguía aferrada a su brazo, pero esto lejos de molestarlo le daba fuerza, lo dejaba saber que al menos no estaba solo, que no era el único consciente de las rarezas que estaban sucediendo «Es una mujer valiente, si está asustada es porque ella también ha notado cosas raras».

Nadie decía nada, pero todos estaban alerta; Gabriel tenía los puños cerrados, viendo en todas direcciones con disimulo, Edgar y Estefany miraban fijamente hacia la izquierda, temiendo que en algún momento alguien o algo saltara desde las sombras y Victoria volteaba hacia atrás con insistencia, incómoda ante la idea que la supuesta rata los estuviera siguiendo.

El único con la vista al frente era Diego, que no veía el momento de salir de aquel pasillo interminable, tratando de no ponerle atención a otra cosa que no fuera controlar las palpitaciones de su corazón… triste realidad. No importaba lo mucho que intentase ignorar el entorno, solo él se percató cuando una luz al final del todo pareció apagarse, y luego otra y otra más.

—La pizarra —exclamó Estefany.

Sus palabras correspondieron con las luces apagándose al fondo, por lo que Diego se sobresaltó, aunque solo Victoria lo notase.

—¿Qué pasa? —Victoria lo miró, pero él negó con la cabeza mientras todos rodeaban a Estefany.

Estefany no tuvo necesidad de explicarse, solo señalo con el dedo a la pizarra. Las ilustraciones extrañas y los símbolos crípticos dibujados con tiza blanca los dejaron atónitos. Entre los garabateos, círculos y letras de lenguas extrañas solo lograron reconocer lo que parecía una persona frente a su reflejo, nada más.

—¿Las demás tenían cosas así? —Gabriel se dio la vuelta, contando las otras tres pizarras frente a las que habían pasado.

—No estoy segura ¿tú las viste Edgar?

—¡No lo sé! Yo estaba viendo que no viniera nadie, no fijándome en las pizarras.

—Pero no te pongas a la defensiva, Edgar —le señaló Gabriel—, creo que todos nos estamos poniendo nerviosos sin razón.

Hubo una breve conversación entre todos mientras Gabriel intentaba apaciguarlos. Tan pronto como podían cada uno señalo pequeños detalles que habían logrado ponerles los pelos de punta, pero nada que no pudiese ser justificado de manera sencilla, al menos hasta qué…

—Todo va a estar bien —un susurro infantil se entremezcló con el ruido blanco de las bocinas averiadas.

—¿Escucharon eso? —preguntó Diego.

—¿Escuchar qué? —Victoria se le aferró con fuerza.

—Alguien dijo «Todo va a estar bien».

Todos estaban petrificados y en silencio, tratando de oír lo que Diego indicaba, pero no escucharon nada más que el silbido del viento y el ruido blanco de la bocina. No quisieron insistir y permanecer de pie en aquel sitio parecía a todas luces una mala idea. Se pusieron en marcha de nuevo, más no dieron ni cinco pasos cuando el camino por donde avanzaban se vio bloqueado.

Las bombillas fluorescentes, aquellas que Diego estuvo viendo en la lejanía, comenzaron a apagarse. Un segmento de luces a la vez y a una velocidad vertiginosa, seguidas de golpes secos como quien golpea con un martillo un muro de concreto. Eran impactos fuertes y consecutivos que se acercaban a ellos tan rápido como un depredador que se abalanza sobre su cena. Las fauces oscuras de un lobo abriéndose para engullirlos.

¿Por qué no habían comenzado a correr? En unos la incredulidad ante lo que veían, en otros las piernas no contestaron. Cada uno tuvo sus razones, pero nadie se movió ni un centímetro hasta que, por milagro, la luz encima de sus cabezas se mantuvo encendida, dejándolos frente a una inmensa penumbra sobre la que no se atrevían a dar un solo paso.

—Mejor… mejor vámonos por Plaza Cubierta —indicó Gabriel estupefacto ante lo que acababa de ver, señalando el camino a la derecha con su mano temblorosa. No hizo falta que nadie respondiera.

De inmediato cruzaron la calle y sin mirar atrás entraron por una rampa hacia un pasillo abierto, quedando cerca de la entrada de la Biblioteca Central.

Ninguno quería ver atrás, pero una corazonada colectiva los obligo. Todos voltearon hacia el Pasillo de las Banderas una última vez para ver como la luz donde ellos estuvieron de pie se apagaba un instante luego de que voltearan.

—No… bueno —Edgar intentaba encontrar palabras para lo que acababa de pasar.

—La luz se fue en el pasillo, no pasa nada —Gabriel usaba una voz gruesa y artificial, respirando con dificultad entre palabras.

—¿Y por qué aquí no se ha ido? —le señaló Estefany deseando que no trajera mala suerte decirlo.

—No, bueno, es que…

—Se pudo ir por fases ¿verdad? Se va la luz en una parte, pero no en otra —dijo Victoria, envalentonada pero sin soltar el brazo de Diego.

—S-sí, sí, esas cosas pasan —reafirmo Gabriel—, vámonos de aquí.

Aquel nuevo espacio, Plaza Cubierta, era más amplio y a diferencia del Pasillo de las Pizarras, se sentía menos a la intemperie. Tenía un techo alto y amplio, el suelo pulido y varias columnas gruesas de cemento que se extendían por un largo corredor iluminado por cálidas bombillas amarillas.

Ya no había ninguna luz titilando, sonidos extraños ni una profunda oscuridad esperándolos al final. Solo era una plaza que ellos conocían y que habían atravesado muchas veces.

Tal vez era por lo familiar, el cambio de tono de las luces o por la esperanza de que en aquel sitio neurálgico hubiese personas, pero estar ahí les otorgó una sensación de seguridad que agradecieron en silencio, incluso si seguían en el corazón de la universidad, muy lejos de la salida.

Siguieron su camino por ese pasaje, con una pared de mosaiquillos rojos a la derecha e intentando dejar atrás el ingrato recuerdo de lo que acababa de ocurrir en el Pasillo de las Banderas. Apenas tuvieron que caminar durante unos segundos para pasar frente a la entrada de la biblioteca central.

Esperaban encontrarla abierta, con estudiantes y empleados aún en el interior, no obstante ambas puertas de cristal estaban cerradas. En el interior no podían distinguirse demasiadas cosas, salvo siluetas, los detectores que evitaban la salida no autorizada de los libros y el amplio vestíbulo, iluminado por la pobre luz de luna que atravesaba el vitral multicolor de Fernand Léger.

Ellos siguieron de largo, algo desalentados por aquel nuevo encuentro con la sofocante soledad; sin embargo, no dieron ni diez pasos cuando el rechinar de la puerta los hizo voltear poco a poco. El portal de cristal que daba paso a la biblioteca se había abierto casi por completo, haciendo que a los cinco se les helara la sangre mientras esperaban que alguien saliera… nada.

Diego no toleró más aquello y dejándose llevar por el enojo, se soltó del agarre de Victoria y avanzó sin titubear hacia la puerta, inspeccionándola y revisando el interior de la pequeña antesala de la biblioteca. No había nadie ni se escuchaba nada más que una potente y constante corriente de aire que, asumió él, fue capaz de abrir la puerta desde adentro. La cerró con cuidado y volvió con sus amigos, sin percatarse de la pequeña figura que lo veía desde las sombras, justo debajo del vitral.

—A algún pasante se le olvidó pasarle llave y el viento la abrió, es todo —explicó de inmediato, restándole importancia antes de seguir caminando.

Incluso bromearon al respecto, logrando alejarse lo suficiente como para no volver a escucharla rechinar, abriéndose y cerrándose sola un par de veces más.

Ese breve episodio, aunque Diego lograse justificarlo, los había sumido de nuevo en un nerviosismo que les erizaba la piel. El silencio dominante solo interrumpido por sus pasos no hacía más que aumentar la tensión, una que Diego intento romperla con una anécdota inusual.

—¿Sabían que trabajé en la biblioteca hace tiempo?

Todos voltearon a mirarlo mientras avanzaban por el camino que llevaba a Aula Manga.

—¿A sí? —contestaron casi todos de forma espontánea, haciéndolos soltar una carcajada que aligero un poco la carga.

—En el turno de la tarde-noche. Tuve la oportunidad de conocer todos estos pasillos y muchas partes de Aula Magna. De hecho, por esa puerta —señaló un portal a la derecha, de madera gruesa y ventanas cubiertas por papel— puedes llegar a los sótanos de Aula Magna.

—¿El Aula Magna tiene sótanos? —Victoria parecía sorprendida.

—Sí, hay muchas cosas interesantes, incluso una sala con títeres y marionetas… aunque no sé si ese club siga funcionando.

—Los títeres y las marionetas me aterran —exclamó Estefany no entendiendo por qué Diego contaría algo así justo en ese momento.

«Como si esto no pudiese ser más aterrador» pensó ella sacando su teléfono para ver la hora. Ya eran las siete y veinte.

Estaban delante de Aula Magna, y frente a ellos se abría un espacio amplio lleno de pilares de cemento, murales hechos de mosaicos pequeños, sombras y recovecos a los que no llegaba ninguna luz. La conversación no logró ir más allá, fracasando en su intento de amenizar el camino que faltaba para llegar a Plaza Venezuela y haciendo que todos siguieran avanzando sin decir nada.

Fue por este silencio, sin voces entremezcladas ni un ruido blanco al que pudiera atribuirle la confusión, que Diego supo que lo que escuchaba no era producto de su imaginación.

—¿Jugamos el juego de la escalera? —susurró una voz nítida a sus espaldas, afable y cantarina, acompañada de risillas estridentes.

Ninguno de sus compañeros reacciono a aquella pregunta, solo él, que se quedó congelado por un instante, temeroso de voltear atrás. Las orejas se le pusieron calientes, al tiempo que las piernas le temblaban y las manos le hormigueaban.

Un sentimiento primitivo, como el de un cervatillo que siente la pesada mirada del cazador en su nuca, pero que no puede verlo por más que lo busque. Así se sentía Diego, con la diferencia de que él no despegaba la mirada del frente mientras sus amigos se le adelantaban poco a poco.

De pronto, como si se le hubiesen encaramado en el cuello, sintió un lazo rodeándolo y apretándolo con fuerza, como una bufanda que lo envolvía. Intentó quitarse lo que fuera eso de encima, pero fue en vano, aunque lo sentía no podía tocarlo y solo lograba rasguñarse con fuerza el cuello una y otra vez.

Sus instintos más básicos despertaron, y varios gritos internos que solo él pudo escuchar le suplicaron que corriera «¡Muévete! ¡Muévete! ¡Corre, idiota! ¡Que nos va a matar!», pero las piernas no le contestaron, era como si le hubiesen puesto grilletes. En ese momento hubiese sido más sencillo empujar a la mula más terca, al buey más pesado, hubiese sido más práctico empujar los pilares de Plaza Cubierta, que intentar mover a Diego de su lugar.

El cuerpo se le había vuelto pesado, como si hubiesen puesto sobre sus hombros toneladas y toneladas de hormigón. Y aun así, de manera sobrenatural, su pierna se movió, pero no al frente, como Diego pretendía para poder alcanzar a sus amigos, que no se dignaban a mirar atrás, no, se movió hacia la izquierda y luego giró el resto de su cuerpo, posando la mirada en el Pastor de Nubes, la icónica obra de arte que tantos graduados habían visto al salir del Aula Magna… al pie de la escultura un muñeco lo esperaba.

Diego no daba crédito a lo que veía, a lo que sentía, creyéndose en un sueño lúcido que era incapaz de controlar. Su cuerpo se movió a un paso lento y continuó hasta llegar a la escultura y, sin dudarlo un segundo, sin poder reconocer si los movimientos que hacía eran por voluntad propia o no, se agachó y recogió aquel muñeco lleno de detalles, una especie de payaso.

Media unos treinta centímetros y estaba hecho de madera, con el rostro perfilado, pintado con cuidado y decorado con colorete, ojos verde intenso y una sonrisa grande de extremo a extremo. Iba vestido con ropa delicada, con rombos y rayas intercaladas de colores vivos e intensos, rojo, verde y amarillo. Un sombrero sencillo sobre su cabello aguamarina, un corbatín estrafalario en su cuello, en la mano derecha tenía aferrado un bastón colorido.

Diego contempló absorto aquel fino muñeco hasta que escucho leves susurros. Inocente creyó que eran sus compañeros, pero no, eran las risillas, el preludio de la voz. Esta vez, aunque no había cambiado su tono suave y melódico, le dijo a Diego unas palabras que sonaron como gritos amedrentadores. Una frase simple, pero que lo hizo sacudirse con fuerza, un ultimátum.

—Jugaremos el juego de la escalera.

«¿Acaso estoy inconsciente? ¿Me desmayé en el entrenamiento? Estoy alucinando, esto es una pesadilla, tengo parálisis del sueño o algo así» Se repetía una y otra vez mientras intentaba voltear hacia sus compañeros.

Lo logró con dificultad, viéndolos alejarse casi al trote, pasando justo al lado de los murales sin nombre de Fernand Léger. Intentó llamarlos con la voz ronca, estiró su mano en vano, como si eso fuese suficiente para detenerlos.

—No te vayas, será divertido —la voz era firme y nítida… incluso algo familiar. La analizó con cuidado, era tan cercana como si hubiese alguien frente a él.

«¿Quién eres? Intentó preguntarle, pero no pudo emitir ningún sonido, como si hubiesen cerrado su boca con hilo y aguja. Además un olor extraño, acaramelado y empalagoso, lo envolvió, mareándolo y volviendo sus piernas de gelatina; comenzaron a temblar a cada paso que daba en dirección contraria a sus amigos.

—Sigue las máscaras, vamos a pasarla bien… Dieguito.

«¿Quién me habla?… creo que el que me habla es ¿el muñeco?», se preguntó mientras veía con cuidado al payaso que sostenía en su mano derecha.

—Sigue las máscaras —insistió.

«No puede ser, fui… ¡Fui yo! ¡¿Qué es esto?!» Se preguntaba frenético, tratando de darle sentido a lo que acababa de experimentar.

Hablaba, podía reconocer su propia voz, pero sus palabras no eran suyas, la intención de hablar no provenía de él. Un extraño sentimiento, absurdo e inverosímil como todo lo que estaba sucediendo, lo dejaba saber, pese a que se resistía a creerlo, que ese muñeco lo había transformado en su títere.

Dominado por aquella voluntad misteriosa, su mirada desesperada se desprendió de la espalda de los otros y se posó sobre la base de una columna a la izquierda. Ahí, oculta a plena vista, una máscara de trapo colorido, rojo chillón, lo esperaba. Camino hacia ella con las piernas temblorosas, dejando atrás al Pastor de Nubes. La sostuvo en la mano izquierda para luego, a no muchos metros, ver otra máscara de un color cantoso cerca de un muro que lo llevaba fuera de Plaza Cubierta, por una salida cercana que iba de regreso al Pasillo de las Banderas.

El corazón comenzó a palpitarle más rápido de lo que ya lo hacía y quiso detenerse, mas era imposible. Casi rompe a llorar cuando en una pequeña, entre sombras alargadas, una mano blanca se asomó con sutileza, rasguñando el muro con largas uñas amarillas. Una silueta decrépita, demasiado delgada para ser humana lo vio con una sonrisa de dientes negros. El grito interno de Diego fue intenso, pero fue sofocada por la voluntad de un ente invisible, que lo obligó a obedecer.

—Comenzó el juego de la escalera… sigue las máscaras —le ordenó, haciendo que este se adentrara en la oscuridad.

Gabriel, Edgar, Victoria y Estefany avanzaban a paso acelerado, ignorando lo que sucedía a sus espaldas. Así fue hasta que la luz de la última lámpara de Plaza Cubierta proyectó sus sombras sobre el camino de cemento que los llevaría al exterior del edificio de FACES y a Tierra de Nadie; una extensa área verde llena de árboles y grama. A partir de ahí una caminata de poco más de diez minutos los sacaría de la universidad.

El sendero que debían recorrer no tenía ni tan siquiera una luz hasta que se conectaba con uno de los emblemáticos pasillos techados. Eran ochenta metros a ciegas, donde solo podía distinguirse la silueta de árboles nudosos y retorcidos que los rodearían. La idea resultaba desagradable para todos, y por eso se quedaron unos segundos de pie, un pequeño instante que hizo resaltar la silueta de la facultad de FACES de entre todo lo que había a la vista en el horizonte.

Era grande y lucia muy oscura, como si las paredes estuvieran pintadas de negro. De nuevo la gente brillaba por su ausencia y en un edificio donde nunca se apagaban todas las luces, no había bombillas encendidas.

—Estef ¿cuántos pisos tiene tu facultad? —preguntó Edgar sabiendo que ella estudiaba en ese edificio.

—Siete ¿por qué?

—¿Segura de que no son diez?

Estefany le devolvió la mirada, extrañada, mientras él señalaba al frente. El gran edificio, a diferencia de tantas ocasiones en las que Estefany lo había visto, parecía más grande de lo habitual. Era sutil, pero algo le daba un volumen extraño. Tanta fue la sorpresa de la estudiante de sociología tuvo que detenerse a contar los pisos, confundida, la primera vez eran ocho, luego los contó de nuevo y eran once.

«Me siento mareada, ya no puedo contar bien», pensó con impaciencia.

No tendría oportunidad de hacerlo una tercera vez porque una luz fuerte comenzó a parpadear en el último de los pisos. Blanca azulada, titilaba en intervalos cortos, enfocándolos con insistencia.

—¿Alguien no está haciendo señas? ¿Pasó algo y no nos dimos cuenta? —intentó dilucidar Gabriel ¿tal vez eran señales de auxilio?

Victoria se cubrió el rostro y volteo hacia otro lado, y ahí notó recién la baja que habían sufrido. Sintió que se le venía el mundo encima y con fuerza se dio la vuelta esperando a ver a Diego unos cuantos metros atrás, pero no vio a nadie.

—¿Y Diego? —Esperó unos segundos una respuesta, pero nadie dijo nada— ¡¿Muchachos y Diego?! —gritó sumergiéndose en un fugaz ataque de ansiedad. Hiperventilaba y avanzó varios metros en solitario con la esperanza de verlo oculto tras alguna columna.

—¿No venía detrás de ti? —fue lo único que contestó Estefany.

—¡¿Diego?! —volvió a gritar, haciendo que su voz hiciera eco por todo lo ancho y largo de Plaza Cubierta.

—Calma, Victoria, calma —la detuvo Gabriel mientras miraba hacia Plaza Cubierta—, él no puede estar lejos, calma, vamos a buscarlo.

Aunque intentó no demostrarlo, Gabriel estaba tan asustado como ella, consciente que aquel joven era su responsabilidad. Volvieron sobre sus pasos y lo buscaron tras cada columna y en cada rampa de Plaza Cubierta y Aula Magna, corriendo cada vez más rápido mientras más se preocupaban por la ausencia del más joven de grupo, pero no lo encontraron por ninguna parte.

Ahí durarían cerca de diez minutos, llevándose las manos a la cabeza hasta que estando en la frontera entre la plaza y Tierra de Nadie, Edgar pudo distinguir a la distancia una silueta que resaltaba entre la oscuridad que rodeaba el edificio de FACES.

—¡Muchachos lo encontré! ¡Muchachos! —vociferó con potencia haciendo que su voz resonara por toda la plaza.

Los otros unieron a él en unos segundos y sin pensarlo comenzaron a correr en dirección a Diego, Victoria la primera, pero tan pronto como se adentraron un poco en aquel sendero, un sentimiento abrasivo y agobiante los gobernó a todos. Como cuando alguien se te acerca demasiado, invadiendo ese espacio vital que todos necesitamos. Gabriel lanzó un golpe hacia su derecha, sintiendo claramente como si alguien se le encimara. Aquello lo hizo perder el equilibrio y rondar un par de veces antes de volver incorporarse.

Todos percibieron lo mismo y pegaron sus espaldas de la del otro mientras miraban a los lados, intentando encontrar a los entes que los estaban rodeando, sofocándolos. Tanta fue la sensación de amenaza que Estefany tuvo que estirar su mano hacia atrás, buscando el brazo de Edgar para sujetarlo con fuerza, pues estaba convencida de que aquel que fuera de último sería separado del resto, igual que había sucedido con Diego.

Gabriel imitó a Estefany y sujetó el brazo de Victoria mientras está a su vez agarraba a Edgar, corriendo cuesta abajo, casi cayendo en muchas ocasiones mientras se acercaban a Diego que, ensimismado, aguardaba frente a una puerta metálica, al lado de las escaleras exteriores del edificio.

La puerta se abrió ante él de par en par; no podía distinguirse nada del interior, aunque un chirrido atronador, como si un grupo de personas rasguñaran ollas con cuchillos y tenedores, provino de aquella oscuridad. Era evidente para todos que Diego no debía entrar ahí… ¿Cómo evitarlo?

—¡¿Qué haces?! —Le preguntó Victoria con un grito poderoso, lo bastante cerca para ser escuchada, pero no lo suficiente como para agarrarlo por la franela y jalarlo hacia ellos.

No tuvieron oportunidad de detenerlo, y Diego apenas pudo voltear a mirarlos mientras avanzaba hacia la cavernosa sala; tenía una mueca inexpresiva, aunque muchas lágrimas se escapaban de sus ojos.

Súbitamente, como si el alboroto de Victoria gritándole a Diego hubiese molestado a cualquier ente que estuviese obligándolo a pasar a su morada, la puerta se azotó con una enorme fuerza, dejándolos afuera. Edgar y Gabriel no tardaron en golpearla furiosos, tirando de ella con una fuerza descomunal, en otra situación hubiesen doblado la puerta, pero en ese momento no servía de nada.

Estefany y Victoria los iluminaban con las linternas de los teléfonos; tardaron en percatarse de la nube opresiva que los fue rodeando. La luz de la lámpara de sus teléfonos fue sofocándose como una llama bajo la lluvia y lo que fuese un sentimiento extraño de amenaza se convirtió en un peligro real cuando una caricia gélida, el roce de un dedo con una uña filosa, se deslizara descarada por el brazo de Estefany quemandole la piel.

La muchacha lanzó un golpe con potencia desmesurada, pero no había nadie para recibirlo. No lo pensó dos veces y tirando del cuello de la camisa de Gabriel comenzó a huir despavorida.

—¡Vámonos! ¡Corran! —vociferó mientras Victoria se adelantaba hacia la entrada de la facultad de FACES.

Las luces del pasillo techado por donde avanzaban comenzaron a apagarse detrás de ellos mientras los seguían, pisándoles los talones tan de cerca que a Edgar se le salió un zapato cuando una garra certera se enganchó en la parte trasera. A duras penas no se cayó, y aunque no se atrevió a mirar atrás, escuchaba claramente como las uñas de una jauría rabiosa venía detrás de ellos.

Sus músculos fatigados por horas de ejercicio dieron todo de sí para correr aquel último tramo de pasillo a toda velocidad, hasta que las luces blancas de la entrada de la facultad estuvieron frente a ellos. Las dos puertas metálicas con ventanas rectangulares estaban abiertas de par en par, dándoles la más calurosa bienvenida y ellos las cruzaron sin miramientos, deseosos de cerrarlas para evitar que lo que fuese que los estuviera siguiendo lograra capturarlos.

Ni bien estuvieron dentro del edificio pasaron los pestillos y sostuvieron las puertas con fuerza, esperando durante algunos segundos el impacto de una gigantesca horda de perros salvajes estrellándose contra el metal y reventando los cristales de las ventanas, y aunque los escucharon rondar y rondar, no veían nada. Nunca vieron nada hasta que el sonido se desvaneció con el viento. Y así como si nada, una mujer mayor, encorvada y con ropas coloridas de estampados florales, apareció caminando a paso lento, con una sonrisa desdentada, seguida por una suave neblina.

—Diviértanse mis niños… diviértanse, todo va a salir bien —les dijo con una voz rasposa, agitando su mano arrugada, llena de venas azules. Y tan repentina como apareció, hablándoles desde afuera, la suave neblina se la tragó y las luces externas se apagaron, haciendo imposible ver algo afuera.

Pronto el sentimiento de seguridad que les había dado aquel edificio se disipó junto al subidón de adrenalina, dando paso a un intenso dolor en sus fatigados músculos. Edgar se echó en el piso tratando de soportar un calambre en la pierna mientras Victoria comenzaba a hiperventilar, intentando controlar un ataque de pánico que comenzó a acecharla.

—¡¿Qué está pasando?! —preguntó apoyándose con una mano sobre el muro para no caerse mientras la vista se le nublaba.

—No lo sé, Victoria, no lo sé —contestó Gabriel, apenas mejor que ella. Aunque quería echarse al suelo a descansar, un resquemor sutil no se lo permitía. Su desconfianza estaba justifica, pues no podía verse nada en el lobby, que tenía todas las luces apagadas salvo las que estaban sobre las puertas—. Vamos muchachos, levántense, no se queden quietos… ¡Diego! ¡Chacón! ¡¿Dónde estás?!

Y de pronto, como si hubiesen activado un sensor de movimiento, las luces del lobby se encendieron automáticamente, dejando ante ellos un espacio amplio en completa soledad. Suelo de cemento pulido, un recibidor de madera en el centro, columnas imponentes y algunas carteleras informativas llenas de papeles en blanco. Una corriente de aire frío recorría el habitáculo de esquina a esquina, esparciendo un olor penetrante a lejía que incomodó a Victoria.

—Esto no puede ser real —balbuceó Edgar, intimidado ante el silencio sobrecogedor, solo interrumpido por el rechinar de sus zapatos de goma y el zumbido de las luces en el techo.

—Estefany ¿Sabes dónde puede estar Diego? —le preguntó Gabriel.

—Debe estar en el cafetín, por aquí, vamos.

Haciendo de tripas corazón, los jóvenes avanzaron por aquel espacio desolado, llamando a Diego con firmeza y sin dejar de mirar con desconfianza las múltiples esquinas y rincones, a la espera de que algo saltara para atacarlos.

Cruzaron hacia la izquierda y al fondo, donde debían ver una puerta metálica que los llevaría al cafetín, vieron una barricada impenetrable de pupitres desvencijados apilados contra el muro. La confusión de Estefany era notoria; no había ninguna razón para que estuvieran amontonados ahí, haciendo, si es que se podía, más extraña toda la situación.

—¿Hay otra forma de llegar, Estefany? —preguntó Victoria.

—No hay manera…

Una sensación extraña dominaba a Estefany, que sentía su estómago revuelto y la espalda pesada. Está sugestionada y cada poco tiempo volteaba hacia los lados, mirando por sobre su hombro, a la profundidad del lobby. «Alguien nos mira», pensaba con seguridad, volteando a mirar incluso al techo, no fuese que algún animal rastrero los siguiera de cerca, y, sin embargo, por más que vigilaba sus espaldas, nada aparecía desde la oscuridad, no al menos hasta que un movimiento fugaz, casi imperceptible, llamó su atención, haciéndola girar la cabeza hacia la zona de los ascensores.

Los otros continuaban en su intento de descifrar como pasar a través de la muralla de madera y hierro retorcido, pero Estef había abandonado esa inútil tarea y se dedicó a vigilar con la mirada fija, casi sin parpadear, a la zona de los ascensores.

—No estoy loca… vi algo —susurró, siendo escuchada por Victoria.

El lobby de los ascensores era simple: un pasillo corto con una pared al fondo decorada con mosaiquillos aguamarina y un cartel simple que marcaba el piso; planta baja. Una papelera de hojalata se encontraba en la esquina y, tanto en la pared de la izquierda como el de la derecha, dos ascensores, uno frente al otro. El de la izquierda estaba cerrado y el de la derecha con las puertas abiertas, pero a medio bajar. Esto permitía ver un espacio bastante amplio entre su suelo y la fosa bajo él; un vacío tenebroso e insondable que Estefany no podia parar de mirar.

«Vi algo moverse… alguien nos observa ¿es de ahí?» Se preguntó sacándose el teléfono del bolsillo. Avanzó con lentitud, respirando profundo. No escuchaba lo que le preguntaba Victoria y en su lugar se acercó más y más a la fosa oscura del ascensor, se agachó un poco y encendió la linterna.

—¿E-estás ahí Diego? —preguntó con timidez, intentando distinguir algo entre el aceite rojizo y la mugre acumulados por los años.

—¿Estefany? —Victoria se acercó a ella, confundida.

Nadie entendía por qué pensaba que Diego estaba ahí dentro, pero ella no podía ignorar lo que sentia, alguien asomándose por el hueco de la fosa. Se atrevió a acercarse un poco más al borde, intentando ver el fondo. Su luz, aunque tenue, logró iluminar el muro y un par de cables metalicos muy gruesos.

—Estef —susurró Victoria —. Tranquila Estef, ahí no hay nada.

—Lo sé… solo que, es tan raro.

Estefany se puso de rodillas, enderezando la espalda para intentar levantarse; no pudo saber que aquello alteraría a algo oculto entre las sombras. Un movimiento agresivo se precipitó hacia ella a toda velocidad, haciéndola caerse hacia atrás en tanto la puerta del ascensor se cerraba con violencia, seguido de un golpe seco y cuatro fuertes chasquidos.

Ambas chicas gritaron de espanto, Victoria intentó ayudar a Estefany a levantarse, pero la última estaba aterrada y se arrastraba hacia atrás con las palmas de las manos hasta que su espalda golpeó la puerta del ascensor contrario. Esta se abrió súbitamente y Estefany casi cae al vacío, tendría que haber caído, pero la mano salvadora de Edgar intervino, jalándola con fuerza del tobillo. Un nuevo golpe seco hizo que la puerta del ascensor se cerrara y así, como si no hubiese pasado nada, el lobby volvió a quedarse en silencio, al menos por unos segundos.

Casi de inmediato el ascensor comenzó a caer, pero en lugar de precipitarse de inmediato al par de metros que tenía por debajo, se escuchó con claridad como caía y caía y siguió cayendo durante varios segundos como si debajo de ellos se expandieran numerosos sótanos que Estefany desconocía.

—Esta no es mi facultad —susurró temblando, tirada en el piso y con la mirada fija en la puerta del ascensor de la izquierda.

Y ni bien ella terminó de hablar, el ascensor de la derecha se activó. De nuevo abrió las puertas y descendió con lentitud hasta quedar abierto frente a ellos, invitándolos descaradamente a montarse.

—Tal vez fue coincidencia —sugirió Edgar, pero en ese momento tan tenso no había cabida para esa palabra.

—Ni en broma —exclamó Gabriel antes de ayudar a Estefany a incorporarse.

Ella tomó su mano y pudo sentir como temblaba; la situación lo justificaba por completo.

—Muchachos,no sé qué está pasando… pero tenemos que mantener la calma. Sé que todostenemos miedo… pero tenemos que encontrar a Diego y mantenernos juntos—expresó Gabriel con la mayor calma que pudo.

Todos asintieron con suavidad, intentando recobrar la compostura y no dejarse dominar por el pánico, aunque todo lo extraño que habían visto fuese más que razón suficiente. Ese instante de calma donde pudieron respirar y darse consuelo no les duraría demasiado.

Tan fuerte como si hubiese sido al lado de ellos y potenciada por el eco de aquella gran sala vacía, un chillido de pavor, un grito agudo de desesperación resonó con potencia hasta llegar a sus oídos, logrando que sus corazones se aceleraran.

—¡¿Diego?! ¡¿Dónde estás, Diego?! —preguntó Victoria, pero no hubo respuesta.

—¡Fue en el piso uno! —respondió Estefany corriendo hacia la derecha, dejando atrás el lobby de ascensores.

De frente se encontraron unas escaleras en U muy estrechas y de escalones altos, con un pequeño descanso que ellos recorrieron con grandes zancadas.

En cuanto llegaron al primer piso, esperando ver a Diego de frente, se quedaron petrificados ante la escena. Un área amplia con algunas mesas con viandas de comida. Más al fondo numerosas sillas plásticas puestas en círculo y en el centro, en posición fetal, una chica que lloraba desesperada, con el rostro oculto tras una maraña de cabello.

Una voz profunda resonó, ya en sus mentes o ya en el pasillo; no supieron identificarlo, pero los cuatro escucharon esa voz dulce, acompañada de risillas.

—¿Y ahora qué harán?

Los cuatro se quedaron petrificados ante la escena, tratando de distinguir quien o que era eso que se movía en el centro del círculo.

En el momento menos oportuno, la mente de Edgar recordó todas las películas de terror que había visto y un hormigueo en la planta de los pies lo incomodó. Comenzó a imaginar a aquel ser reptando a toda velocidad hacia ellos. Su cuerpo se sacudió con violencia al sentir que lo agarraban de los tobillos y casi lanza una patada al aire ante semejante idea, pero la voz de Estefany lo devolvió a la realidad.

—Está llorando… creo que —dio un paso tembloroso al frente, empujada por una corazonada aunque las cadenas del miedo la sujetaran con fuerza. Cada centímetro que avanzaba lo hacía con gran cautela, tratando de distinguir algún rasgo humano en la oscuridad, hasta qué…— ¡Naira! —gritó su nombre mientras intentaba socorrerla y los demás la seguían de cerca— ¡¿Qué haces aquí?!

Era una joven pequeña y morena, de pelo castaño, liso y largo. Tenía ropa casual; un short corto y una blusa holgada, pero no tenía calzado y parecía tener los pies maltratados por una larga marcha. El temor y la desconfianza dieron paso a la pena.

Todos conocían a Naira, era una compañera de entrenamientos casual, más amiga de Estefany que del resto, pero era una chica demasiado amable y carismática como para pasar desapercibida ¿Cuánto tiempo llevaban sin saber de ella? ¿Una semana? ¿Dos tal vez? Estefany no lo sabía a ciencia cierta, pero tampoco le había resultado extraño, pues Naira no solía responder con frecuencia los mensajes que le enviaban.

¿Qué hacía ahí entonces? Parecía ser un misterio incluso para ella, que entre lloros y temblores no logró articular ninguna palabra los primeros minutos luego de ser encontrada. Gabriel la veía de a ratos; la habían movido a una de las sillas e intentaban consolarla mientras él, desconfiado, no dejaba de mirar alrededor. Las luces del techo proyectaban sombras deformes en las paredes, y aunque los pasillos estaban bien iluminados, los sutiles sonidos provenientes de estos hacían entender que no estaban solos en aquel recinto.

—¡Tienes que calmarte, Naira! —exclamó Edgar con carácter, tomándola por los hombros.

—Lo sé, lo sé, solo… solo… ya. Ya estoy tranquila.

—¿Qué haces aquí, Naira?

—No estoy segura… todo paso muy rápido. Hace una semana mi amiga Alison y yo veníamos de un evento en Aula Magna y cuando íbamos a la salida nos desviamos al baño de esta facultad. De pronto se cortó la luz y cuando volvió estábamos dentro de este maldito mundo. Este lugar no es natural, es como otra dimensión, un plano aterrador —explicó entre sollozos, mientras Estefany la consolaba con suaves caricias.

—¿Has estado mucho tiempo aquí? ¿Qué has bebido? ¿Qué has comido? ¿Cómo sigues aquí? —Edgar estaba impresionado, pero también sentía un resquemor al ver los ojos marrones y llorosos de Naira. No notó que los otros lo miraban con dejo de recelo al interrogarla tan duramente.

Naira tartamudeó, pero ese detalle paso desapercibido para todos menos para él, que seguía esperando una respuesta razonable.

—Ah, es que no he sentido hambre o sed, el tiempo pasa muy extraño aquí —se justificó vagamente.

Edgar estaba deseoso de insistir, pero Victoria se le adelantó.

—¡¿Has visto a Diego?! ¡Algo lo hizo entrar aquí!

—¡Sí! ¡Sí lo vi!

Una sensación cálida de alivio y alegría los invadió a todos; estaban a tiempo para salvar a Diego, y por un segundo los eventos sobrenaturales que sucedían parecieron menos aterradores.

—¿Dónde? —insistió Victoria.

—Estaba subiendo las escaleras exteriores, pero cuando intenté gritarle y alcanzarlo unas sombras salieron de los salones y me hicieron huir hasta aquí.

—¡A nosotros nos venía persiguiendo una jauría! Cosas extrañas están pasando Naira —correspondió Estefany— mejor ven con nosotros.

—¿Ir a donde, Estefany? Estamos atrapados en este maldito juego.

—¿Juego? ¿Cual juego, Naira? —intervino Edgar.

—El juego de la escalera ¿el payaso no se los dijo? —La voz de Naira de pronto sonó confundida, como no creyendo que ellos no tuvieran una información tan básica.

—¿De qué estás hablando? ¿Qué payaso?

—Yo vi que Diego tenía un muñeco en su mano, una especie de payaso —intervino Gabriel de inmediato.

—Sí, ese payaso —dijo Naira asintiendo al escuchar a Gabriel—. Muchachos, sé que voy a sonar como una loca, pero créanme, es real —hablaba con la voz más tranquila posible en un intento de darle credibilidad a lo que estaba por decir—: Ese muñeco, el payaso, es de todo menos un juguete para niños. Es el dueño de esto, amo y señor de este plano —explicó abriendo sus brazos en un intento de abarcar todo el edificio y más—… y nosotros estamos dentro de su juego.

En otra situación todos hubiesen pensado que, en efecto, Naira se había vuelto loca, pero después de todo lo que experimentaron ¿como dudar de ella? Estaban pálidos, temblaban y cualquier seguridad proporcionada por la nueva información de Diego se derrumbó ante los detalles maléficos que daba Naira sobre aquel mundo.

—Esta pesadilla es suya —dijo Naira refiriendose al payaso—, no sé si él la creo o tal vez siempre ha existido y él la gobierna, pero sin duda él tiene el poder. No sé cómo es posible, pero tenemos que tener cuidado, las cosas aquí funcionan… diferente.

—¿Y el juego de la escalera? ¿Qué es eso? —La interrogó Victoria, sacandola de su explicación.

—Es la forma que tiene el payaso de divertirse; se lleva a la gente y los hace ascender por las escaleras. Quienes lo hayan estado acompañando deben detenerlo antes de llegar al último piso o si no…

—¿Si no qué? —susurró Estefany con la voz temblorosa.

Hubo un amargo silencio mientras Naira tomaba aire, intentando contener el llanto. Todos, en especial Gabriel y Victoria, sintieron como se les comprimía el pecho, como si las costillas les apretaran los órganos dificultándoles hasta respirar. El corazón de ambos se detuvo mientras oían las palabras de Naira.

—Alison escuchaba susurros que yo no pude oír, y mientras intentábamos encontrar a alguien que nos abriera la puerta la perdí de vista y ya no la encontré. Pasó un rato y la última vez que la vi tenía ese maldito muñeco en la mano. El payaso comenzó a hablarme escribiendo en las paredes y las pizarras… me explicó el juego, incluso me dejo pistas, pero no pude alcanzarla y ahora yo tampoco puedo salir —dijo entre sollozos.

—No… ¡No! ¡Tenemos que encontrar a Diego! ¡¿A qué esperamos?! —Victoria parecía poseída por un frenético deseo de salvar a Diego y dirigió la marcha hacia el segundo piso, pero en el descanso de la escalera se toparon con un muro tosco de cemento

—Se los dije, las cosas aquí son extrañas —insistió Naira con pesimismo.

—¡Vamos, seguro hay otra forma! —gritó Victoria que de inmediato iba a separarse del resto en busca de una subida, siendo interrumpida por Gabriel que la tomó del brazo con firmeza.

—No, nada de separarnos. Estoy igual de preocupado que tú… pero no. Vamos con calma, muchachos, si es verdad lo que dice Naira, debemos de hacer las cosas con cuidado a partir de ahora. Busquemos dentro de los salones de este piso primero.

Comenzaron a explorar los alargados pasillos iniciando por la izquierda. Eran largos y estrechos, demasiados estrechos si lo comparaban con el extenso lobby del piso inferior.

En cada uno de los lados había numerosas puertas de madera que se extendían hasta el final, y sobre sus cabezas varias lámparas en fila recta que titilaban con frecuencia. Ese leve fallo de luces no resultaba tan molesto como el sonido que producían; un zumbido que aumentaba y disminuía en intervalos cortos.

Se habían convencido de que todo estaría bien, dándose palabras de ánimo e intentando hacer de menos la amenaza a la que se enfrentaban, pero solo de la boca para afuera. Por dentro la incertidumbre hacía mella en sus corazones al mismo tiempo que una pregunta resonaba en sus cabezas «¿y si no logramos salir de aquí?».

Caminaron hasta la tercera puerta. viendo que las demás estaban trancadas, y Edgar la abrió de un tirón, sobreponiéndose por un segundo a sus miedos. Adentro había un salón de clases iluminado, con los pupitres de madera en su sitio, filas estrechas y apretadas. Sobre cada asiento había cuadernos y lapiceros, como si los jóvenes hubiesen interrumpido una clase en curso. Se quedaron mirando la escena un instante antes de pasar. Todo lucía normal salvo por las palabras escritas en la pizarra.

—Unas instrucciones —señaló Estefany antes de comenzar a leerlas en voz alta.

«A los estudiantes se les recuerda que el elevador de la derecha está averiado. Deben usar el de la izquierda, pero este no podrá llevarlos hasta el último piso, solo deben usarlo hasta el piso once, luego deberan subir por las escaleras. Algunos escalones están dañados, por favor tomen sus precausiones».

—Pero no existe piso doce… —expresó luego de terminar de leer.

—Puede ser que si exista —intervino Naira —, aquí todo es posible.

—¡Entonces vamos! —exigió Victoria, aunque todos la detuvieron en el acto.

—No, no y no, cálmate Victoria —Edgar la detuvo bloqueando la puerta con la mano —. No sabemos donde estamos ni quien escribió eso. No podemos creerle a todo lo que vemos.

Mientras hablaban, Gabriel caminaba con cautela entre los pupitres, mirando con atención las páginas en blanco «si esto es un juego ¿qué tipo de juego es? Si es una carrera deberíamos tomar el elevador y subir al piso once… pero ¿podemos confiar en las instrucciones que nos da?» Gabriel intentaba dilucidar el enigma, pretendiendo pensar más rápido y mejor que la entidad que los tenía cautivos. Victoria, por otro lado, estaba impaciente, deseosa que correr hacia afuera y subirse al elevador.

Se sentían como en un callejón sin salida hasta que Gabriel notó en la esquina de un cuaderno un apunte diferente. Tres palabras simples escritas de forma rápida, casi garabateada, pero lo bastante clara como para leerlo.

«¡No le Crean!», rezaba aquella nota y cuando Gabriel se dispuso a leérsela a los demás en voz alta, los cuadernos se cerraron con violencia, helándole la sangre a todos y obligándolos a correr fuera del aula de clase, perseguidos por un zumbido fuerte que no cesó hasta que Edgar cerró la puerta con fuerza detrás de él, maldiciendo su suerte por haber ido a parar a ese lugar sobrenatural.

Si hubiesen podido detenerse claro que lo hubiesen hecho, pero todos sabían que iban contra reloj; había que seguir abriendo las puertas, esperando encontrar una puerta en lugar de una bestia salvaje. Muchas puertas estaban cerradas, otras eran clones exactos del aula al que habían entrado. Nada diferente hasta que llegaron al final del pasillo.

Naira temblaba y sus pies no dejaban de moverse mientras se quitaba el sudor de la frente. Estaban de pie frente a la puerta que llevaba a las escaleras exteriores «aquí fue donde vi a Diego, intente alcanzarlo, pero las sombras me persiguieron» explicó mientras Estefany intentaba abrirla; estaba trabada.

—Era de esperarse —susurró Gabriel mientras se daba la vuelta hacia la última puerta a la derecha—. Aquí tiene que haber una subida.

Puso su mano sobre el pomo y comenzó a girarlo con lentitud; estaba frío como si al otro lado hubiese un congelador. Del interior un pequeño chirrido, similar al de un pupitre arrastrándose sobre el suelo los petrificó. Gabriel no soltó el pomo de la puerta, solo se quedó estático hasta que Estefany hablara unos segundos después.

—Ábrela ya o ciérrala, pero no nos quedemos aquí.

—Esto está tardando demasiado, deberíamos… —Victoria iba a decir algo que todos pensaban, pero Edgar no se demoró en detenerla.

—Nada de separarnos.

Inhalaron profundo y Gabriel abrió la puerta sin saber qué esperar.

Un olor pestilente salió disparado del lugar casi en el acto, como si alguien hubiese estrellado docenas de huevos podridos sobre el suelo y las paredes de la habitación. La cerámica estaba sucia y el interior no tenía luz; ni siquiera la que provenía del pasillo lograba penetrar en la insondable oscuridad.

Victoria no demoró en sacar el teléfono de su bolsillo y con la linterna ilumino hacia el frente. A penas podía distinguirse una silueta… una camilla de patas oxidadas ¿y sobre ella? Resaltaba un bulto de gran tamaño; un humanoide recostado sobre la camilla, cubierto por una sabana manchada de rojo y marrón.

—Hay que buscar del otro lado del pasillo —indicó Gabriel cerrando la puerta casi de inmediato.

—Ni siquiera revisamos, Gabriel ¿y si la subida está ahí dentro? —lo retó Naira, frenándose frente a la puerta.

—No lo creo, yo vi y…

—Estaba demasiado oscuro ¿revisaste bien? —lo interrumpió Naira.

Todos, incluyendo a Gabriel, dudaron por un segundo y se devolvieron de mala gana, dispuestos a abrir la puerta de nuevo, pero ni bien Gabriel toco el pomo un par de golpes resonaron desde el interior. Una visita no deseada que quería entrar al pasillo con ellos, gruñendo y clamando con una voz gutural y agonizante.

—¡Déjenme salir! ¡Por favor! ¡Estoy vivo! ¡Déjenme salir! ¡No les haré daño! ¡Niños! ¡Por favor!

Un sentimiento de pánico colectivo los golpeó a todos, desequilibrándolos mientras un sudor frío les recorría la espalda. Gabriel fue el primero en detenerse un instante a escuchar la súplica que venía del otro lado de la puerta, y sobreponiéndose al miedo, al nudo que tenía en la garganta, preguntó, tartamudeando por el nerviosismo.

—¿Qu-quien eres?

—¡No recuerdo mi nombre! Llevo mucho tiempo aquí. ¡Por favor, sácame de este maldito juego, te lo suplico muchacho! ¡Por favor! —gimoteaba el supuesto hombre al otro lado de la puerta.

Gabriel por un segundo pensó en abrir la puerta y ante la mirada estupefacta de sus alumnos, puso la mano encima del pomo una tercera vez, aunque rápidamente a su memoria volvió el escrito que leyó minutos atrás «¡No le creas!». Su mano se alejó de inmediato del pomo para disgusto del hombre tras la puerta.

—¡¿Por qué?! ¡¿Por qué me abandonas?! ¡¿Por qué te vas?! ¡Vuelvan! ¡Vuelvan!

Lo que comenzaría como un trote suave pronto se convirtió en una carrera desesperada cuando las paredes, las puertas y el techo crujían y temblaban como si un terremoto sacudiera el edificio. Los fuertes golpes tras las puertas y el rugir del hombre al final del pasillo eran ensordecedores, repitiéndose una y otra vez «¡ábranme!», clamaba mientras ellos dejaban sus piernas y alientos en escapar de aquel pasillo, de regreso a la pequeña zona de mesas que habían dejado atrás.

Hubiesen seguido corriendo, pero una barricada de mesas y madera podrida evitaba el paso al pasillo de la derecha. A su vez, la escalera de bajada había desaparecido tras otro muro tosco… todos los caminos estaban bloqueados salvo por el lobby de los ascensores, donde estaba el elevador de la izquierda, que había subido solo y seguía con las puertas abiertas, invitándolos a ascender.

Aunque los gritos y el temblor habían cesado en un agónico aullido, un malestar en el estómago les dejaba claro que no estaban a salvo… mucho menos cuando oyeron el rechinar de la puerta abriéndose al fondo del pasillo que habían dejado atrás. Voltearon con dificultad, en un intento de ser valientes, pero no lograron ver a nadie, solo una puerta abierta, y otra que se abría con lentitud frente a ellos, la primera aula a la que habían entrado.

La reacción inmediata fue retroceder a toda velocidad hasta que estuvieron pegados de la pared, pero a medida que pasaron los segundos y ningún enemigo salía al encuentro de ellos, se fueron acercando para ver lo que había en el interior.

Lo que fuese un salón iluminado con cuadernos y bolsos se había deteriorado hasta ser irreconocible. Las paredes estaban cubiertas de un limo asqueroso que emanaba un olor pestilente, los asientos estaban oxidados, la madera estaba podrida por la humedad y las ventanas estaban selladas con bolsas negras.

En el centro del todo había una barra metálica que conectaba hacia arriba a un orificio redondo que goteaba un líquido rojo y aceitoso, y hacia abajo un hoyo oscuro, macabro como la fosa por el cual había caído el ascensor minutos atrás.

—La subida que estábamos buscando —Habló Naira con disgusto.

Gabriel se acercó con cautela y estiró la mano con precaución para tocar la barra, oscurecida por el óxido. «Está seca… podríamos treparla. Creo que todos podrán» Volteó a mirar a Naira, que aunque lucia cansada también se veía resuelta, capaz de realizar aquella labor física… «Pero ¿quién subirá primero?» Esa la pregunta que podía interpretarse en sus rostros, aunque nadie se aventuraba a hacerla.

—Deberíamos bajar —intuyó Edgar.

—Te volviste loco —Naira no demoró un segundo en increparlo mientras señalaba a la fosa— ¿entrar ahí?

—Si esto es un juego para él, como tú dices, el payaso o lo que sea querría confundirnos. Es obvio que él sabe que no nos subiremos al ascensor… pero ¿y si nos quiere hacer creer que debemos subir? En el cuaderno decía «No le crean».

—Seguro se refería a que no le creyésemos al hombre del final del pasillo —intervino Estefany, asegurándose de que la puerta estuviera bien cerrada.

—Claro, pero ¿y si en realidad esa pista no es del payaso? Gabriel, dijiste que la letra era fea, escrita con prisas, y apenas la leíste nos ahuyentaron de la habitación.

—Sí.

—¿Qué tal si la pista no nos la dejó el payaso? ¿Y si más gente ha estado atrapada en este juego?

El razonamiento de Edgar era lógico, pero Naira no tuvo que decir mucho más para contradecirlo. Se levantó la blusa a la altura de la costilla, mostrando un rasguño profundo que los desalentó de inmediato.

—Aprendí bastante pronto que el payaso no necesita engañarnos, si quiere matarnos lo hará.

Poco podía responder Edgar a eso, por lo que se quedó en silencio, aunque su mente seguía maquinando. Algo no estaba bien y él lo sabía, lo sentía.

Gabriel sostenía la barra con firmeza. Sentía que era su responsabilidad ir primero; si alguien caería en una trampa mortal en ese juego perverso, tenía que ser él… y aunque en su interior estaba resuelto a hacerlo, sus músculos no respondían. Nadie se movió hasta que un grito lejano, agudo y desgarrador, los sorprendió a todos.

—¡Ya basta! —Victoria no cupo más dentro de sí y se puso en acción.

De inmediato comenzó a trepar aquella barra mientras los demás temblaban preguntándose si ese que grito había sido Diego, o si ese era un presagio del funesto final que compartirían. No tenían tiempo para hacerse tales preguntas, pues otro miedo los invadió; Victoria había terminado de subir y pasaron algunos segundos en los que no dijo nada.

—¿Qué ves, Vicky? —preguntó Gabriel, bastante preocupado.

—Suban, no puedo ver nada y no encuentro mi teléfono.

Se pusieron en marcha tan rápido como pudieron y cuando llegaban arriba se tomaban de las manos, angustiados por la idea de que algo fuera a jalarlos, a separarlos y sumergirlos en la penumbra. Escuchaban sonidos sutiles, pero lo bastante claros como para disuadirlos de encender las lámparas… aunque en sus corazones clamaba por el más mínimo destello. De haber sabido lo que verían hubiesen deseado que las luces jamás se hubieran activado.

Un zumbido tenue sobre ellos antecedió el paulatino encendido de la luz fluorescente, dejando a plena vista el gran número de alimañas que pululaban a su alrededor. Numerosas ratas deformes y sin pelo, de jorobas horribles y garras temibles compartían alimento con escolopendras largas como un brazo, que reptaban por las paredes y por el techo podrido, amenazando con caer sobre ellos con sus cientos de patas rojas y antenas como cuernos.

Todos se quedaron petrificados para no alterar a las hórridas criaturas, mientras miraban alrededor buscando una salida.

En una esquina, amontonadas sin cuidado, se encontraban numerosas bolas negras y abultadas amarradas con cinta de embalaje. De ellas chorreaba un líquido marrón pestilente, y las ratas roían con ímpetu pequeños huesos con carne podrida adherida a ellos. Los pupitres oxidados del piso anterior habían sido reemplazados por astillas y trozos filosos de metal carcomido, y a la izquierda de ellos, junto a la puerta, los restos de una pizarra con un dibujo hecho con tiza blanca; un pictograma con cuatro personas de cabeza que Edgar contempló con cuidado.

Tal vez porque estaban demasiado absortos ante el terrible panorama no se percataron de los vapores tóxicos que los rodeaban. Un olor ácido y penetrante que hasta que no comenzó a quemar los vellos de sus fosas nasales no lograron percibir. Era como si un malintencionado hubiese volcado en ese instante un bote de cloro sobre una cubeta de lejía, dejándolos encerrados con la mezcla mortal. De inmediato cubrieron sus bocas con los brazos, y trastabillando avanzaron hacia la salida, empujando la puerta con fuerza antes de comenzar a venirse en vómito en el pasillo.

Todos se hallaban demacrados, aunque Estefany y Edgar un poco menos, tal vez por subir últimos… Victoria, Naira y Gabriel, por otro lado, estaban en el piso intentando recuperarse. Estefany quiso ayudarlos a ponerse en pie, pero de momento era imposible; la exposición al gas había sido intensa, estaban mareados y demasiado fatigados.

Edgar, tambaleándose, comenzó a analizar los alrededores con la linterna de su teléfono en la mano, iluminando con cautela cada esquina y recoveco. Aún no estaba dispuesto a rendirse, aunque la situación se había vuelto, si se podía, más desalentadora.

Era como si todas las paredes de concreto y los mosaiquillos hubiesen sido reemplazados por roñosos muros de cartón-piedra, mientras las baldosas del suelo estaban salpicadas de sangre y heces. En el aire había un aroma rancio y nauseabundo, semejante al de un baño público, pero al menos se podía respirar, por lo que no titubeo demasiado antes de seguir avanzando.

Solo tuvo que dar un par de pasos para notar que las escaleras en este nuevo piso si existían, pero tanto la subida como la bajada estaban bloqueadas por toscas rejas de hierro fundido, grises y oxidadas. La de subida parecía posible de forzar, pues estaba torcida y desencajada, pero pronto desistiría de aquella idea, ya que arriba a la derecha, pintarrajeado sobre una placa metálica que colgaba a duras penas, estaba señalado un número.

Estefany tardó solo un par de segundos en unirse a él, preocupada al verlo tan concentrado en un punto de la pared.

—Mira eso —le susurró Edgar al notarla a su lado.

Ella miró el cartel detenidamente sin decir nada; habían saltado del piso uno al piso menos siete. Tal vez se detuvo a pensar la implicación de aquello, intentando darle sentido a lo que estaban viendo, a lo que estaban viviendo, pero la realidad era que no tendría tiempo de decir nada, pues la mente que los había atrapado en esa dimensión no les daría mucho tiempo de descanso.

Un crujido poderoso, como si una viga colapsara, rompió la aparente paz que gobernaba el lúgubre pasillo, obligando a los demás a incorporarse aunque fuese trastabillando. Pronto los cinco volvieron a estar juntos y se agarraron con fuerza de las rejas para evitar caer por las vibraciones violentas que sacudían el edificio ¿un terremoto? El estrépito era ensordecedor y Estefany cerró sus ojos con fuerza esperando que pasara lo peor, pero tras unos segundos el temblor se detuvo, mas no los sonidos.

De hecho nuevos ruidos se unieron a ese festival caótico, un rechinar horrible como si piezas metálicas se rozaran una y otra vez dentro de los pasillos, donde no podía distinguirse nada.

—¿Qué cosas se ocultarán ahí? —preguntó Naira para disgusto de todos, señalando descaradamente a la oscuridad.

Esa era una pregunta que nadie quería hacerse mientras mantenían la mirada fija en las puertas que daban hacia las escaleras exteriores, con la esperanza de ver a Diego a través de las pequeñas ventanas.

Eran demasiadas ideas juntas, todos estaban confundidos y no sabían que era más abrumador, si el chirriar de aquellos mecanismos invisibles o el constante movimiento afuera del edificio.

Avanzaron hasta quedar frente al pequeño lobby de los ascensores, y ahí Estefany se acercó con cautela hacia el muro lleno de orificios que había al fondo. Tenía miedo, estaba aterrada, pero miró hacia el exterior.

Una densa neblina gris impedía la visión hacia el resto de Caracas, pero no evitaba que viera hacia abajo, de donde provenía un constante pisoteo. Una jauría bestial de huargos rabiosos no dejaba de dar vueltas alrededor del edificio. El techo del pasillo que cruzaron corriendo para entrar al edificio había desaparecido, y el camino de cemento fue reemplazado por tierra roja y grama marchita salpicada por escombros de lo que antes fuera la facultad de derecho. Se quedó embobada por unos segundos viendo el espectáculo hasta que una silueta temible bloqueó su visión. Un ciempiés acorazado de escala titánica pasó por encima del muro, haciendo sonar sus numerosas patas sobre el concreto y cubriendo por completo cada orificio con su colosal exoesqueleto.

Estefany retrocedió sin dejar de ver al frente, pero algo la tomó por el tobillo haciéndola trastabillar. Se fue de espaldas al mismo tiempo que una de las patas filosas del insecto atravesaba un orificio en la pared, cortando su brazo, pero no su cuello. Por suerte había sido solo un rasguño, profundo, sí, pero estaba viva. Por el rabillo del ojo logró ver algo moviéndose cerca del ascensor de la derecha. Justo en ese momento el ascensor de la izquierda volvió a abrirse, invitándolos a entrar.

—¡¿Qué está pasando?! —clamó Victoria a los cielos mientras socorría a Estefany, que se apretaba el brazo con fuerza.

—Estoy bien, tranquila, estoy bien —le insistió Estefany mientras enfocaba su mirada en el ascensor de la derecha, intentando distinguir si alguien o algo se escondía en la penumbra.

Cada vez se sentían más arrinconados y aunque el edificio ya no temblaba, susurros agresivos, voces provenientes de la oscuridad les causaban un gran agobio, aunado a la maquinaria chirriante que no cesaba de trabajar y las patadas de las bestias que caminaban libremente por las paredes de FACES.

Gabriel no sabía qué hacer más que mantenerse en guardia aunque fuese en vano. Las manos y las piernas le temblaban, en ese momento era incapaz de lanzar un solo golpe aunque le fuera la vida en ello.

—¡Los sonidos no paran! —exclamó ya en su limite, sintiendo que en cualquier momento un enemigo invisible se le echarían encima a él o a sus compañeros.

—¡Y no van a parar! ¡No somos los únicos aquí! —respondió Naira a su lado—. Debemos seguir subiendo pisos, no podemos pararnos aquí. Creo que la reja de atrás puede forzarse, vamos.

La chica estaba poniéndose en marcha y Victoria iba a seguirla sin miramientos, pero Estefany las detuvo, sujetando a la primera de la muñeca antes de que pudieran dar un paso más.

—Naira, no sabemos a dónde nos llevarán al subir esas escaleras, entiende. Solo subimos un piso y mira donde estamos, no creo que la respuesta sea seguir subiendo. Lo mejor será volver a bajar, como dijo Edgar.

—¿Y como vamos a encontrar a Diego si no subimos? El juego de la escalera es claro, tenemos que llegar al último piso antes que él —fue la respuesta inmediata de Naira—. Yo sé que tú lo entiendes Victoria. Es tu novio, decide que deberíamos hacer. Yo solo quiero que salgamos de aquí.

—Yo pienso… —iba a intervenir Gabriel, más lo interrumpieron casi de inmediato.

—¡No! ¡Victoria decide! Ella es la que más está sufriendo por esto ¿cierto? —volvió a preguntarle Naira con firmeza, buscando su apoyo por todos los medios.

Victoria sintió de pronto el peso de todas las miradas sobre ella, incapaz de dar una respuesta rápida. Miró a Edgar, este a su vez observaba a Naira y Gabriel, de espaldas a ella, solo analizó a Naira unos segundos antes de seguir vigilando los pasillos oscuros. Estefany estaba boquiabierta, patidifusa ante lo que sucedía y entonces.

—Bajemos. Estamos cayendo en una trampa, tenemos que volver a bajar —expresó Victoria tras algunos segundos.

El descontento de Naira era evidente, su ceño se frunció y de mala gana siguió al resto del grupo mientras andaban hacia la tercera puerta del pasillo izquierdo, intentando por cualquier medio no separarse ni un centímetro del otro. La suciedad de aquel lugar impuro había pasado a ser el menor de los problemas, pues aunque las linternas de los teléfonos iluminaban el camino, era imposible vislumbrar algo a más de dos metros.

Ahí, desde las sombras, donde sus ojos no alcanzaban a distinguir ni la más mínima silueta, risas burlonas se escapaban de la boca de niños diabólicos. Gabriel iba de primero en aquella marcha lamentable, pisando con cuidado y con los puños bien apretados, esperando el momento justo para responder un ataque que no terminaba de llegar. Desde el lobby de los ascensores hasta la tercera puerta no había más de treinta metros, pero a todos les pareció que avanzaron kilómetros.

Finalmente la mano de Gabriel se aventuró en el vacío hasta tocar el pomo de la puerta, girándola sin mayores miramientos, aun a sabiendas de las criaturas asquerosas que aguardaban en el interior. Estaba claro que, entre el alboroto de risas, susurros, amenazas, pisadas, maquinaria y más, no puso atención a los chillidos provenientes del interior ni a los rasguños sobre la madera.

Ni bien se abrió un pequeño espacio, del salón abandonado se asomaron muchas escolopendras reptando a toda velocidad y las cabezas de tres ratas grandes como perros, sin pelo, enloquecidas. Sus ojos rojos y la espuma sanguinolenta en sus bocas acompañaban a la perfección los chillidos frenéticos que emitían; como el grito agónico de personas pidiendo auxilio. Edgar y Estefany de inmediato se unieron a Gabriel e intentaron cerrar la puerta para evitar el escape de las criaturas, mientras Victoria las pateaba para echarlas para atrás. Una nube de miasma los mareó a todos y cuando al fin la puerta estuvo cerrada las carcajadas misteriosas continuaron. Naira volvió a insistir.

—¡Se los dije! ¡Tenemos que subir, no bajar! Ven Vicky, confía en mí.

Edgar se estremeció al escucharla y la miró fijo mientras tomaba la otra muñeca de Victoria, intentando jalarla hacia él y que Naira la soltara. Victoria permanecía firme, incómoda por la presión de ambos, hasta que finalmente retrocedió algunos pasos, y él se interpuso entre ambas.

—¿Cuánto llevas aquí atrapada, Naira? —le preguntó con la voz quebrada.

—Como una semana ¿Qué pasa?

—¿Por qué no querías que bajáramos?

—¿Qué? Todos estábamos de acuerdo.

—¿Recuerdas cuánto tiempo llevabamos sin entrenar?

—¿Estás loco? ¿Por qué me haces preguntas?

—¿Cómo te hicieron ese corte en la costilla si tu blusa está perfecta?

—Yo no sé cómo…

—¿Cómo se llama nuestro maestro de Kung Fu?

Con una sonrisa temblorosa, Naira se encogió de hombros, incapaz de articular una sola palabra. Edgar no retrocedía en su interrogatorio aunque todos tenían miradas confusas puestas sobre él.

—No entiendo por qué desconfías de mí, si yo estoy tratando de que todos salgamos de aquí, incluso Diego y Alison.

—¿Por qué no me contestas? ¿Cómo se llama nuestro maestro?

—También pensé que podrían ayudarme. Todos estamos juntos en esto ¿Por qué me miras con esos ojos? Todos nos hemos portado raro. Sé que estoy un poco impaciente ¡pero no es razón para desconfiar de mí! —explicó Naira, haciendo que todos de inmediato la miraran.

A Estefany se le enterneció el corazón ante aquellas palabras e incluso Edgar titubeo un poco al ver los ojos llorosos de su compañera, más algo en su interior lo hizo insistir. Con voz firme y afianzando cada palabra volvió a preguntar.

—¿Cómo se llama nuestro maestro?

Naira, con lágrimas en los ojos, levantó el dedo y señaló a Gabriel sin titubear.

—Ya basta, Edgar. Es obvio que es ella —dijo Estefany—. Todo este mundo es raro y hay cosas que no tienen explicación. No la atosigues.

Por un segundo Edgar pensó como Estefany, incluso iba a disculparse con Naira. Había señalado a Gabriel, pero entonces ¿por qué sus dudas no se iban? ¿Por qué ese temor entre pecho y espalda no desaparecía? Gabriel puso una mano sobre su hombro e hicieron contacto visual por algunos segundos.

—Lo siento, Naira… pero si no eres tú, entonces es alguien más. Lo presiento.

—¿Lo presientes? ¡Por favor, Edgar! ¡¿Acaso estás escuchándote?! —Le recriminó Estefany con impaciencia.

—¡Sí, Estefany! ¡Me estoy escuchando! Al menos ya sé que sigues siendo tú; con esas ganas de pelear que tienes ¡Nadie es tan buen actor!

—¡No quiero pelear, pero estás dividiendo al grupo! Siempre hemos estado juntos ¿en qué momento pudimos ser reemplazados?

—En los baños, cuando las luces se apagaron.

—¡Bajo esa lógica pudieron haber reemplazado a cualquiera, incluso a ti, Edgar!

—¡Todos estábamos en silencio, no tiene sentido pensar en eso, Edgar! ¡Tenemos que seguir o nos quedaremos atrapados para siempre! —Gritó Victoria.

—¡Justo ese es mi problema, todos estábamos en silencio! ¿Quién sabe si…?

—Dejen de gritar muchachos —intentó apaciguarlos Gabriel, haciendo gestos con las manos para que bajaran el tono. Funcionó.

Hubo un segundo de silencio, de absoluto silencio. Los cinco se miraron fijamente y una brisa gélida, cargada de un olor pútrido, los envolvió lentamente.

—Cuanta paz —susurró Gabriel.

—Ni risas… ni las maquinas, nada —aseveró Naira.

—Esta maldita cosa se está divirtiendo con nosotros —dijo Edgar con impotencia, sintiendo a un ojo invisible sobre ellos—. Victoria… ¿Cómo sabes que nos quedamos en silencio en el baño de hombres?

Ante aquella pregunta todos se quedaron quietos como estatuas, mirando a Victoria de reojo. Ella, que se mostraba preocupada, acelerada, llena de rabia y frustración, de pronto se dio una palmada fuerte en la frente y se mostró tranquila y sonriente; incluso se notaba algo burlona mientras negaba con la cabeza.

—Tengo que admitirlo, me atrapaste, y me sorprende mucho que lo hicieras; se me da bien interpretar estos papeles… además, los jugadores suelen estar tan nerviosos que no se dan cuenta de los pequeños detalles. Tú, en cambio…

Victoria… la falsa Victoria estiró su mano y acarició al petrificado Edgar, que no podía mover un músculo, ya fuese por el miedo o porque cadenas invisibles lo sostenían. La palma de aquella mujer se sentía demasiado caliente, como si colocaran una plancha de metal al rojo vivo sobre su mejilla. De su boca a penas pudo salir un quejido mientras intentaba concentrarse en otra cosa que no fuera el dolor. Victoria habló.

—Tienes una vista muy fina, Edgar. Es una lástima, pensé que podría jugar más con ustedes, pero creo que ya nos estamos acercando al final. Naira no les ha mentido, las condiciones son las mismas. El juego acabará cuando lleguen al último piso… pero ¿cuál es el último piso? —Soltó una fuerte carcajada—, si lo descubren los dejaré ir a ustedes, a Diego, incluso a esas dos niñas, Victoria y Alison. Vamos, los reto… pero, eso sí, se les acaba el tieeeeempo.

Lentamente, su risa fue en aumento, volviéndose más histriónica y ronca hasta que llego a su cúspide con una retorsión violenta de su cuello y brazos. Un crujido de huesos y cartílagos rompiéndose dominaron el ambiente mientras ella se iba reptando por el pasillo como si fuera un camaleon ante sus miradas atónitas. Gabriel intentó seguirla, pero un rasguño hórrido en el pecho lo frenó en seco. Su camisa estaba intacta, mas su pecho estaba lacerado, como si una garra con cuatro uñas hórridas se hubiesen clavado en su piel.

—¡Victoria detente! —suplico Estefany, pero era más que evidente, por la risa ronca y profunda que le contestó, que lo que fuese que los había estado acompañando no era Victoria.

Tal vez fuese una trampa maliciosa, una pista confusa, o lo más probable, una coincidencia, pero mientras intentaban divisar en la oscuridad a la atacante, al fondo, a través de las pequeñas ventanas de la puerta, pudieron ver a Diego. Los ojos de todos se iluminaron de inmediato.

El joven parecía absorto y resultaba extraño, pues lo vieron caminar escaleras abajo antes de que algo cubriera la ventana de la puerta a toda velocidad. La primera reacción de todos fue correr hacia él, pero el rasguño que había recibido Gabriel sirvió como presagio de lo que pasaría si pretendían cruzar aquel pasillo diabólico. Estaban atrapados entre la espada y la pared, lo que se hizo más evidente cuando unas uñas filosas se clavaron en la pantorrilla de Edgar.

Este respondió de inmediato con una patada hacia la oscuridad, pero era un despropósito. Lo que fuese que lo había lastimado era más rápido que cualquiera de ellos.

—¡Rápido, forcemos la reja! —indicó Gabriel mientras corría hacia las escaleras que iban hacia arriba.

Entre los cuatro intentaron doblarla y resultó más sencillo de lo esperado… pero mientras lo hacían, Estefany notó que algo no iba bien. Una calma extraña que no se correspondía al caos vivido cuando quisieron abrir la puerta del salón.

—Estamos yendo a donde quiere que vayamos; que subamos, que bajemos, todo da lo mismo, tenemos que hacer algo diferente. Además, Diego iba de bajada.

—Sí, pero no sabemos si ese era Diego ¿y si quiere confundirnos? Además, no tenemos a donde más ir —replicó Gabriel.

Al parecer las conversaciones habían aburrido al maestro de aquel sádico juego, pues al trote y sin darles oportunidad de hablar, una bestia salvaje semejante a un oso gris, sin ojos ni orejas, rodó escaleras abajo y se abalanzó sobre la reja babeando sangre. De inmediato intentó pasar por el hueco que ellos habían logrado abrir, pero era demasiado grande. Los jóvenes estaban en shock, mas basto que la bestia arremetiera una vez contra la reja, haciendo temblar las bisagras, para que Edgar y Gabriel con todas sus fuerzas intentaran sostenerla a riesgo de que la criatura les arrancara las manos de un mordisco. Cualquier cosa con tal de detenerla al otro lado.

Con los pasillos bloqueados por garras invisibles, las escaleras de bajada por una reja tosca y el salón lleno de ratas rabiosas, Estefany y Naira corrieron a la única vía lógica de escape.

El lobby de los ascensores estaba libre e incluso se filtraba una leve luz rojiza por los huecos del muro del fondo. El ascensor de la izquierda permanecía ahí, con las puertas abiertas de par en par esperando que ellos subieran. La última salida, la única escapatoria, Naira estaba por gritarles a los muchachos que corrieran hacia ellas a toda prisa, pero Estefany no estaba dispuesta a morder ese anzuelo.

Teniendo frente a ella la puerta del ascensor abierta de par en par, se dio la vuelta y con toda su energía forzó la puerta de la derecha, abriendo con dificultad el ducto del ascensor y luego procedió a llamarlo con insistencia.

—¡¿Qué haces?! —La increpó Naira creyendo que iba a saltar al vacío. La sujetó por la herida y Estefany se sacudió con violencia.

—¡Confía! —le gritó, y entre ambas mantuvieron abierta la puerta.

Un sonido delicado; un timbre leve sonó al mismo tiempo que el hueco del ascensor parecía agitarse, como si un amasijo de metal chocara contra las paredes. Todo ese ruido se unió a la orquesta de rugidos y los gritos de los muchachos que, espantados, veían como la bestia sedienta de sangre les ganaba la batalla. El ascensor a sus espaldas que los estuvo acosando desde que entraron al edificio comenzó a temblar y sacudirse, la luz blanca que iluminaba su interior se tornó negra ante la mirada aterrorizada de Naira, en tanto una silueta oscura se proyectaba tenuemente, una persona de más de metro ochenta de altura las veía a ambas con ojos amarillos y brillantes. Estefany sentía esa mirada en la nuca y fue justo eso lo que le dio el último empujón. Estefany, dando el salto de fe más grande de su vida, dio un paso hacia la oscuridad del ducto.

Naira estiró la mano, tomándola por el brazo para evitar que cayera al vacío, pero no hizo falta, pues una luz carmesí se encendió iluminando el ascensor de la derecha, mientras el ascensor a sus espaldas se estremecía con violencia y comenzaba a subir dando tumbos violentos.

—¡Vengan, rápido! —exigió Estefany mientras Naira se montaba con ella y el edificio se sacudía.

Una sinfonía de rugidos y rasguños, golpes y alaridos mientras Gabriel y Edgar corrían. No habían terminado de cruzar la esquina cuando la reja se reventó ante la fuerza desmesurada de la bestia salvaje, que si no se les echó encima de inmediato fue porque la sangre y el vómito en el suelo lo hizo resbalar. Gabriel no había terminado de montarse, sintiendo la respiración húmeda y pesada del oso detrás de él, cuando Estefany ya estaba comenzando a presionar repetidas veces el botón de cerrado para que la criatura mal formada no se subiera con ellos.

Quedaron justo los cuatro apretados en el ascensor, y aunque la puerta se había cerrado eso no impedía que la bestia intentar forzarla con sus golpes titánicos. Aquello no era más que una jaula metálica oxidada con un bombillo rojo sobre sus cabezas que iluminaba parte del ducto, paredes toscas cubiertas por baba marrón, ventiladores potentes sonaban al fondo y una sierra de carnicería que parecía estar rebanando huesos. El tiempo se agotaba, pues la puerta poco a poco parecía abollarse ante el envite de la criatura.

El panel de controles, donde debían estar los pisos del uno al siete, era en realidad un juego confuso con cien botones distintos, algunos pocos reconocibles y otros, pictogramas indistinguibles de un garabato hecho por un niño.

—¡¿Y ahora?! —Naira temblaba ante la idea de que la puerta cediera.

Miraron el botón que marcaba el piso doce, pero cuando Estefany iba a presionarlo Edgar la detuvo.

—¡No!… la maldita cosa que nos trajo aquí está jugando con nosotros. El último piso, tenemos que ir al último piso. Recuerda lo que había en la pizarra, no le hagamos caso, ni once ni doce… pero ¿Cuál es el último piso?

Edgar meditaba la situación intentando interpretar de alguna forma los botones, su ceja se arqueaba y se llevaba la mano a la barbilla mientras los demás veían fijamente a la puerta ceder un poco más tras cada golpe.

—Edgar, no sé qué estás pensando, pero apúrate por favor —insistió Gabriel mientras se interponía entre la puerta y los demás.

«Pasamos del piso uno al piso menos siete… ¿Cuándo subimos del lobby a qué piso subimos? ¡¿Por qué no me fije?! Algo me falta, no entiendo este lugar ¿estamos de cabeza? Si, ese dibujo en la pizarra… Si estamos de cabeza… ¿A dónde debemos ir?», se preguntaba acelerado mientras veían uno por uno los botones, reconociendo entre ellos una rueda, un siete, un catorce, un ocho, cuatro figuras de cabeza y mucho más.

—¡Edgar! —le gritó Estefany.

—¡¿A dónde iba Diego?! —preguntó al ver la primera uña sanguinolenta del oso atravesar el metal.

—¡Abajo, bajaba las escaleras! —chilló Naira.

Un instante después Edgar intento girar la figura de los cuatro de cabeza en un intento extraño por resolver el rompecabezas, pero no podía hacerlo, el botón estaba fijo. Por lo que simplemente lo presiono y luego de eso presiono el piso siete. El piso más alto que se suponía, tenía el edificio de FACES.

De pronto el mecanismo se puso en marcha, sacudiéndose y chirriando mientras el ascensor poco a poco comenzaba a descender, temblando con fuerza mientras los cuatro jóvenes se abrazaban con fuerza. Todos cerraron los ojos esperando lo peor, todos menos Edgar que temblando miraba el tablero con los botones.

—Maldita sea —exclamó afincando cada sílaba al ver, escondido al fondo a la derecha, el símbolo que estaba buscando. Los cuatro jóvenes de pie—. Por favor, Dios, que no me haya equivocado.

Con la misma facilidad con la que se puso en marcha el elevador se detuvo, dejando que la puerta se abriera ante ellos. Parecían haber llegado a un sitio normal, limpio e iluminado, incluso podían escucharse algunas voces en el fondo. Edgar se atrevió a apretar otro botón, pero la luz se había apagado y el panel ya no le daba respuesta.

Salieron con cautela de la jaula, permitiendo que la puerta se cerrara con discreción tras ellos. Avanzaron con pies de plomo hasta poder ver hacia un lado y hacia el otro los pasillos del séptimo piso de FACES. Estefany no dejaba de estar a la defensiva, pero reconocía sin problemas ese lugar ¿habían vuelto a la realidad? Edgar no estaba tan convencido, inseguro por lo que había hecho en el panel del ascensor.

Aunque incluso si lo hubiese hecho de la forma que él creía correcta, solo era una corazonada. Nada le daba seguridad de que fuera a salir bien. Consciente de eso, cuando miró a dos maestros de mediana edad cerca de ellos, a la derecha, su corazón se estremeció con fuerza al igual que el del resto.

Los maestros por su parte hablaban mientras uno le pasaba llave a la puerta de lo que parecía una oficina. El primer instinto fue pedirles ayuda, pero explicar todo aquello hubiese sido imposible. Los jóvenes se escurrieron hacia uno de los salones y ahí se ocultaron hasta que las voces desaparecieron tras el sonido de un ascensor. Respiraron profundo, esperando que todo hubiese acabado, hasta que sintieron leve quejido en la habitación.

La reacción inmediata fue salir corriendo, pero Naira se controló y encendió la luz. En el suelo estaban Victoria y Alison, una joven blanca de cabello negro y ondulado; ambas dormidas profundamente. Estefany no tardaría en socorrerlas.

Las dos se incorporaron de golpe, asustadas y revisando sus cuerpos con palmadas fuertes, al borde del llanto, como si hubiesen despertado de una pesadilla ¿qué recordaban? Alison corroboró la historia de Naira, y Victoria explicó que en medio del apagón en farmacia sintió un fuerte tirón que la sumergió en una piscina profunda de aguas negras. No podía respirar y aunque tenía el cuerpo ligero, se hallaba atrapada en un vacío temible donde era arrastrada de un lado a otro como una marioneta.

Un repentino golpe interrumpió lo que Victoria y Alison narraban. Gabriel se asomó al pasillo se sorprendió de ver a Diego de pie tras la puerta de la escalera exterior.

Todos corrieron en su ayuda y fuese vandalismo o no, como pudieron forzaron la cerradura de la puerta para que Diego pudiera pasar. Temblaba y sudaba mientras intentaba tomar aire, apoyando las palmas sobre sus rodillas.

—Ha sido horrible, pensé que me mataría.

—¡¿También te capturo el payaso?! —Alison se vio tan atormentada como él mientras lo tomaba por los hombros.

—¡Sí! Me obligó a subir por unas escaleras extrañas siguiendo máscaras de colores, pero las escaleras poco a poco se retorcían. No me dejaba moverme por mí mismo, como si estuviera atrapado dentro de mi propio cuerpo. Me susurraba cosas… terribles, y las escaleras, Dios, el olor a podrido, y los sonidos, los gritos, las caras en los muros…

Le faltaban las palabras y el aliento para describir lo que había visto, pero no hizo falta, pues Victoria lo silencio con un abrazo fuerte.

—Vámonos de aquí, por favor —suplicó.

Para fortuna de Naira, la Victoria real tenía un par de zapatos extra. De inmediato tomaron rumbo a las escaleras interiores y comenzaron a descender a toda velocidad, no sin miedo de lo que pudiera surgir en los pisos inferiores, pero salvo pasillos vacíos no había nada hasta que llegaron al lobby del edificio, donde encontraron a tres guardias de seguridad. Pasaron caminando con calma, intentando que sus heridas no llamaran la atención hasta que llegaron a la puerta y salieron la exterior.

El ruido de la noche, el hermoso ruido de la noche les dio la bienvenida. El sonido de los grillos, gente transitando, los autos a la distancia. Caminaron hasta la intersección que iba rumbo al comedor de la universidad. En línea recta estaba la salida, el camino a casa.

Pronto se unieron a un pequeño grupo de personas dispersas que iban saliendo de la escuela de derecho, avanzando sin hablar del tema. Diego iba con Victoria agarrada de su brazo y sintió paz, se sentía tranquilo, incluso algo seguro. Luego de aquella experiencia, poder caminar con calma parecía un sueño… un sueño demasiado bueno para ser verdad. La amenazante figura de una máscara de trapo tras un chaguaramo hizo que el cuerpo de Diego se estremeciera. Abrió su boca, temeroso de hablar, pero incapaz de evitarlo.

—¿Cómo sabemos que ya se ha acabado? —preguntó provocando un silencio profundo en todos sus amigos… y las miradas funestas de las personas alrededor.

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