Lenguaje del dolor

Marcas invisibles decoran mi cuerpo, un mapa de mi trayectoria, hablan de mis guerras

que no dejan cicatrices al aire, sino surcos en el alma, profundos y cerrados.

Son silencios que gritan en la quietud, son sombras que bailan cuando la luz es demasiado clara.

Cada nudo en la garganta es una palabra sin decir, cada insomnio un verso escrito a medianoche.

El dolor tiene su propia gramática: sus verbos son temblores, sus sustantivos son ausencias,

sus adjetivos son los colores que ya no veo en el cielo.

No necesita voz para ser entendido — se lee en el encogerse de hombros, en la mirada que se aleja,

en el gesto de llevar la mano al pecho cuando el recuerdo golpea con fuerza.

Es un idioma antiguo, heredado de quienes también cargaron mundos en sus espaldas.

Y aunque nadie lo traduzca del todo, en los ojos de otro que ha sentido lo mismo,

se entienden las frases sin pronunciar, se descifra el código de lo que nos ha hecho fuertes

a pesar de todo, a pesar de las heridas que nunca se muestran.

 

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