Durante la Colonia, los territorios que conforman el actual estado de Morelos mantenían una compleja relación entre los comerciantes que controlaban la ruta minera de Taxco y el camino a Acapulco, los hacendados y las comunidades indígenas. Esta dinámica creó tensiones debido a los altos grados de explotación a los que eran sometidos los habitantes locales, lo que propició el surgimiento del bandolerismo en la región, especialmente en las zonas montañosas que facilitaban la actividad de los bandidos.
Uno de los primeros casos registrados de bandolerismo en la región es el de José Sánchez Guarnero, conocido como «el Príncipe de los Montes», durante mediados del siglo XVII. Operaba en un área que abarcaba los actuales estados de Morelos, Puebla y el Estado de México. Fue capturado por las autoridades virreinales en 1661 por la Santa Hermandad y ejecutado, siendo desmembrado en las cercanías del santuario de Chalma.
La tradición popular también menciona la existencia de un rebelde-bandolero llamado Agustín Lorenzo, quien se cree actuó a finales del siglo XVIII y principios del XIX en las comunidades del sur de Morelos y el norte de Guerrero. Se dice que capturó mercancía de la Nao de China y cargamentos de oro destinados a España, y que incluso se integró en la insurgencia, combatiendo a las tropas realistas durante ese período.
Para finales del siglo XVIII, los territorios de Cuernavaca y Cuautla, dentro de la Intendencia de México, experimentaron cambios profundos en las relaciones entre los pueblos y los hacendados azucareros. Los intereses de estos últimos fueron favorecidos por el gobierno virreinal, lo que incentivó la inversión de empresarios españoles en la región de Plan de Amilpas y la Cañada de Cuernavaca, facilitando la expansión de sus tierras a expensas de las propiedades comunales.
Este impulso hacia la producción agro-azucarera llevó a las haciendas a negar el acceso al agua y otros recursos naturales a los campesinos de los pueblos, además de someter a condiciones poco favorables a la población indígena, pagándoles poco por su trabajo en las haciendas y manteniendo a los españoles en una posición privilegiada en las comunidades morelenses.
Esta situación generó un gran resentimiento social hacia los españoles y criollos, quienes ocupaban las principales posiciones de poder político y económico y mostraban un alto desprecio racista hacia la población indígena, mestiza y afrodescendiente, a quienes denominaban como «gente de color».
Durante la primera década del siglo XIX, la situación en el territorio morelense estaba llena de casos de invasiones de tierra, disputas por el agua, descontento popular por la situación política y problemas personales que escalaban en violencia y desorden, aumentando tanto las rebeliones agrarias como el aumento de las gavillas de bandoleros en la región. Esto provocó la llegada del Tribunal de la Acordada para combatir a los bandidos, dejando la región sembrada de ahorcados ajusticiados.
Dentro de estos grupos de bandidos, ya estaba naciendo un sentimiento de lucha por la independencia, compartido por diferentes agrupaciones de desposeídos de los territorios de tierra caliente de la Intendencia de México. Se sabe de la presencia de estos grupos en puntos tan norteños como el actual estado de Hidalgo, aumentando la violencia tanto hacia los hacendados como hacia algunas comunidades, que también sufrían los abusos del ejército virreinal.
Así, al estallar la lucha independentista en 1810, la región tenía una gran base social que se integraría a la insurgencia para luchar contra el poder de los potentados. Sin embargo, esto trajo como consecuencia un empeoramiento de las condiciones de vida de los pueblos, quienes muchas veces se veían despojados de sus cultivos y bienes tanto por los insurgentes como por los realistas.
Las gavillas insurgentes se nutrían tanto de personas desposeídas por el sistema colonial como de delincuentes, bandidos e incluso vagos. Su presencia en ciertos territorios aumentaba los niveles de delincuencia al buscar recursos para la lucha, lo que resultó en una presencia significativa de bandoleros después de lograr la independencia, sin obtener ningún beneficio tangible por haber alcanzado dicho objetivo. Algunos jefes rebeldes se unieron a la lucha por intereses políticos, ya fuera para alcanzar poder personal o como agentes de desestabilización actuando como bandoleros en apoyo de caudillos insurgentes como Nicolás Bravo, Guadalupe Victoria y Vicente Guerrero.
En la región también surgió la figura de los guerrilleros-bandoleros que buscaban el beneficio del pueblo, como José María Larios, Manuel Ordiera, Pedro “el Negro” Rojas, Loreto Cataño, entre otros. Estos individuos participaron en la insurgencia y, después de la independencia, se dedicaron a asaltar las haciendas bajo el grito de “mueran los gachupines”.
Como resultado del movimiento Trigarante, la independencia se logró con la colaboración tanto de los intereses insurgentes como de los sectores realistas. Sin embargo, esto no cambió la situación de desigualdad existente a favor del pueblo, y el poder de los potentados se mantuvo, lo que generó tensiones entre criollos, españoles y la mayoría de los pueblos morelenses. Estas disputas se sumaron a las luchas de poder a nivel nacional. Durante la primera mitad del siglo XIX, los conflictos comunales adquirieron un componente racial por parte de los españoles, quienes continuaron calificándolos como «masas irracionales» al resto de la población. Esto provocó un periodo de continua tensión en lugares como Cuernavaca y Cuautla, ocasionado tanto por la desigualdad social como por la delincuencia.
Estos conflictos contribuyeron al trasfondo de las posiciones de los distintos sectores sociales en las luchas nacionales. Los centralistas y conservadores encontraron apoyo entre los hacendados, mientras que los liberales federalistas contaban con el respaldo de las comunidades y los bandoleros. Esto dio lugar a episodios de violencia, como la matanza de españoles en San Vicente y Chiconcuac en 1856.
Gracias por su atención y los espero en la siguiente lectura.
Federico Flores Pérez.
Bibliografía: Carlos Barreto Zamudio. Rebeldes y bandoleros en el Morelos del siglo XIX (1856-1876).
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Imagen: Anónimo. Asaltantes de caminos, siglo XIX.



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