La construcción de la Guelaguetza moderna.

El estado de Oaxaca es uno de los más ricos en cultura gracias a su diversidad étnica. Sus circunstancias históricas y geográficas le han permitido conservar una gran parte de ella, la cual permanece viva hasta el día de hoy. Mantiene 15 grupos étnicos en sus comunidades y, sumado a su patrimonio arqueológico y sus bellezas naturales, se ha convertido en uno de los destinos predilectos para el turismo nacional y extranjero.

Una de las celebraciones distintivas del estado es la Guelaguetza, palabra de origen zapoteco que alude a los actos de reciprocidad propios de las sociedades indígenas. Esta festividad tiene que ver con las fiestas comunales, como las dedicadas a los santos patronos, bodas, nacimientos y sepelios, donde toda la comunidad participa y fortalece sus relaciones personales.

Esto ha dado lugar a la construcción de una celebración en la capital con el mismo nombre. En el auditorio ubicado en el Cerro del Fortín, se presentan grupos de danza de las diferentes regiones del estado. El evento se celebra durante una semana en el mes de julio y se ha convertido en un atractivo importante para el estado debido a la gran afluencia de turistas, convirtiéndose en una fiesta generalizada para la ciudad y celebrando la cultura oaxaqueña.

Como sucede con muchos símbolos nacionalistas, la clase política ha adjudicado orígenes prehispánicos a la celebración de la Guelaguetza, asociándola con los cultos al dios del maíz, Cinteotl-Pitao Cozobi. Esta asociación refuerza la idea de una cultura indígena de «resistencia» que ha perdurado a lo largo del tiempo. Sin embargo, la realidad es que se trata de una festividad fabricada por la cúpula del nacionalismo revolucionario como parte de su intento de construir una nación basada en un indigenismo superficial.

Los antecedentes de esta celebración se remontan a los años 20, con la implementación de las políticas educativas y culturales del gobierno federal derivadas del plan de José Vasconcelos. Esta ideología tuvo una importancia significativa en el contexto oaxaqueño, ya que, de poco más del millón de habitantes que tenía el estado en ese entonces, dos terceras partes eran de origen indígena.

El 14 de enero de 1931, un terremoto devastador destruyó la capital y otras poblaciones en la región, provocando una crisis profunda. La ciudad, que contaba con 30,000 habitantes, sufrió grandes pérdidas, y muchos residentes perdieron sus hogares. Como resultado, muchos oaxaqueños tuvieron que migrar a la Ciudad de México y a otras ciudades en busca de oportunidades, mientras que también llegaron damnificados de los pueblos cercanos.

El año siguiente resultaba importante para la ciudad, ya que se celebrarían los 400 años desde que fue elevada a tal categoría por el emperador Carlos V. El gobierno estatal trató de convertir esta efeméride en un punto de partida para atraer más inversiones y sacar a la sociedad oaxaqueña de la crisis provocada por el desastre natural. Así, en noviembre de 1931 se conformó el Comité Organizador de los festejos del IV Centenario bajo el gobierno de Francisco López Cortés.

Se determinó que los festejos se llevarían a cabo del 24 de abril al 5 de mayo, centralizándose en dos eventos principales: la Exposición Regional y el Homenaje Racial. Estos eventos incluirían muestras de la cultura y costumbres del estado, además de incursiones a las zonas arqueológicas de los Valles Centrales.

La Exposición Regional se celebraría en la Hacienda de Aguilera, donde se presentarían las producciones regionales, con la participación de cerca de 473 expositores: 112 de la ciudad y 361 de otras regiones. También se exhibirían los recientemente descubiertos tesoros de la afamada Tumba 7 de Monte Albán, hallados en las excavaciones de Alfonso Caso. La inauguración de la exhibición tuvo lugar el 24 de abril y se extendió durante las dos semanas de los eventos oficiales.

Para el 25 de abril se llevaría a cabo el Homenaje Racial, concebido como una obra en tres cuadros que presentaba a los indígenas como tributarios de la capital. El evento tuvo lugar en el Cerro del Fortín, donde se aprovechó una depresión del terreno para conformar un auditorio con espacio para gradas. También se celebró el concurso “Señorita Oaxaca”, ganado por la señorita Margarita Santaella, y se eligieron las “Siete Diosas de la Fraternidad” y los “Siete Espíritus del Bien”, una por cada región.

El evento, que se volvió de interés estatal, recibió la atención de intelectuales de la Ciudad de México y de las autoridades culturales. Era precisamente lo que buscaba el nacionalismo revolucionario para construir su idea de la mexicanidad, otorgándole una base popular sustentada en las tradiciones del pueblo. Al sacarlas de su contexto cultural, estas tradiciones se convirtieron en expresiones folclóricas.

Así, el Homenaje Racial resultó ser un éxito mediático al exhibir la belleza de las culturas indígenas. Ante estos resultados, el evento se repitió al año siguiente, instaurando el llamado “Lunes del Cerro” y bautizando el evento en general como la Guelaguetza.

Con el paso del tiempo, la Guelaguetza se modernizó y fortaleció su discurso, convirtiéndose en una ventana para limar asperezas con los pueblos despojados por las élites y el gobierno mediante la exhibición de sus tradiciones. Esto la convirtió en un gran atractivo para el creciente turismo internacional, que se interesaba en el exotismo mexicano y en cómo las tradiciones seguían vivas a pesar de la modernidad.

Durante la década de los 70, se realizaron trabajos de adecuación en el anfiteatro del cerro para dotarlo de gradas para los asistentes y un escenario propio para los danzantes. En los años 80, el evento comenzó a ser coordinado por la Secretaría de Turismo estatal, revelando las intenciones de empoderar a esta industria mediante su organización, lo que llevó a un cambio en las orientaciones culturales del evento.

Aunque no se trata de un evento sincrético que sobrevivió a los procesos de colonización, la Guelaguetza es una manifestación cultural del nacionalismo moderno de los gobiernos revolucionarios. Su consolidación y vigencia en la actualidad reflejan cómo tanto el público mexicano como el extranjero se ha visto cautivado por la cultura de los pueblos originarios y su deseo de preservarla.

Gracias por su atención y los espero en la siguiente lectura.

Federico Flores Pérez.

Bibliografía: Daniela Traffano. Oaxaca y su Guelaguetza. Origen, formas y contenidos de una fiesta multicultural, de la revista Relatos e historias en México no. 129.

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Imagen: Vega. Oaxaca en el Centenario de su exaltación a la categoría de ciudad. Álbum conmemorativo, 1932.

Izquierda: Portada.

Derecha: Enedina Ruiz. Embajadora de Juchitán.

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