El indigenismo posrevolucionario.

El nuevo orden que trajo la revolución necesitaba de una narrativa cultural que legitimara su presencia en el poder. Durante el gobierno de Álvaro Obregón, se logró unificar la nueva ideología, limando asperezas con sectores sociales con los que Carranza se había enfrentado, como el obrero, y tendiendo puentes con antiguos enemigos como los zapatistas. Esto configuró la identidad nacional en torno al mundo rural, poniendo el eje en los indígenas como la nueva base sobre la que se refundaría el país.

Es importante señalar que esta ideología no era nueva y formaba parte de una tradición que se remonta a los primeros años de la dominación española. Los conquistadores y su descendencia comenzaron a identificarse con los pueblos conquistados como una forma de no verse como intrusos. Así, empezaron a reivindicar al imperio mexica como parte de la identidad del nacionalismo criollo, del cual derivaría el nacionalismo mexicano con la independencia. Tanto ellos como los alineados con el hispanismo veían en la conquista una proeza que “trajo la civilización” a estas tierras, desterrando las costumbres bárbaras. Por lo tanto, ambos bandos tendrían cierta aceptación de la presencia española.

Los liberales adoptaron la reivindicación del pasado indígena, mientras que los conservadores, fundamentados en la Iglesia, atribuyeron todo el mérito a los españoles. Al ganar el bando liberal con la derrota de los monarquistas, Juárez incluyó la reivindicación indígena como parte de la identidad nacional, aunque siempre con una posición crítica sobre las costumbres de los indígenas contemporáneos, considerándolas “atrasadas” y un lastre para el progreso.

La llegada al poder de Porfirio Díaz marcó un periodo prolífico para la investigación del pasado, trayendo consigo ambiciosos trabajos arqueológicos en los principales centros ceremoniales del país. Estos trabajos ayudaron a fundamentar la reivindicación de los indígenas del pasado. Los frutos de estas investigaciones, como la colección del Museo Nacional y la reconstrucción de parte de la zona arqueológica de Teotihuacán, se convirtieron en elementos centrales de los festejos del centenario en 1910, consolidando su lugar como parte fundamental de la identidad nacional.

Toda esta reivindicación del legado indígena estuvo respaldada por la intelectualidad mexicana. Uno de los primeros fue el arqueólogo Manuel Gamio, quien trabajó en las principales investigaciones en Teotihuacán y en el Centro Histórico, estudiando los primeros vestigios del Templo Mayor. En 1916, Gamio publicó su libro “Forjando Patria”, basado en sus trabajos antropológicos en los alrededores de Teotihuacán y su estudio de las comunidades indígenas de la región. Gamio enfatizaba que era obligación del gobierno conocer a fondo a las comunidades que conforman el país, aunque siempre con el objetivo principal de la asimilación de los indígenas por medio del mestizaje.

Este tema fue retomado por dos ideólogos fundamentales en la conformación del régimen revolucionario: José Vasconcelos y Moisés Sáenz. Ambos veían en la uniformidad social el eje de la civilización nacional, por lo que consideraban necesario disolver las diferentes identidades étnicas para construir el concepto vasconcelista de la “raza cósmica”, que tendría en sí todas las ventajas de los pueblos del mundo.

Sumándose a la discusión del problema indígena, llegaron los intelectuales comunistas, quienes empezaron a estudiar el tema a nivel latinoamericano. Este asunto se trató en la Primera Conferencia Comunista Latinoamericana en Buenos Aires en 1929, donde el representante mexicano afirmó que no existía un problema racial en el país, sino una lucha de clases sociales, salvo el problema de Yucatán con la “Casta Dorada”.

La siguiente reunión donde se fundamenta el indigenismo fue el Congreso de Pátzcuaro en 1940, auspiciado por Lázaro Cárdenas. Este congreso tenía el objetivo de expandir el indigenismo entre los gobiernos latinoamericanos en contraposición al imperialismo estadounidense. Durante su sexenio, esta ideología estuvo respaldada con la fundación del Departamento Autónomo de Asuntos Indígenas (DAAI) en 1935. Sin embargo, el trabajo del DAAI pronto entró en decadencia y fue sustituido por el Instituto Nacional Indigenista (INI) en 1948, como el aparato para consolidar el proyecto revolucionario mediante trabajos de investigación etnográfica y la aplicación de medidas para el desarrollo de las comunidades.

La asimilación de los indígenas se veía como una medida de “nobleza” por parte del régimen revolucionario, en contraposición a las políticas de exterminio adoptadas por algunos gobiernos, como los de Argentina o Chile. Entre los primeros objetivos del gobierno para lograrlo estaban las campañas de alfabetización y aculturación de las comunidades. Así, en el discurso nacionalista, se asumía la identificación de lo mexicano con el indígena asimilado a la patria, junto con todo su pasado. Fue fundamental el trabajo de instituciones como el INI y el INAH para construir una base firme.

Sin embargo, la muerte de sus ideólogos, como Manuel Gamio en 1960 y Alfonso Caso en 1970, debilitó el indigenismo institucionalizado al revelar que la vida de los indígenas no mejoraba con la asimilación, sino que empeoraba, y que no se lograba abatir su marginación. A partir de 1982, con la crisis económica de la llamada “Docena Trágica”, se hizo evidente el fracaso del proyecto revolucionario. Los gobiernos posteriores se fueron separando del indigenismo institucionalizado, culminando con la disolución del INI en 2003. Esto dejó una identidad indigenista en el nacionalismo mexicano algo bizarra y contradictoria, basada en una visión occidentalizada de los indígenas sin realmente entenderlos, dejándolos en el olvido.

Gracias por su atención y los espero en la siguiente lectura

Federico Flores Pérez

Bibliografía: Leif Korsbaek y Miguel Ángel Samano y Rentería. El indigenismo en México: Antecedentes y Actualidad, de la revista Ra Ximhai no. 1.

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Imagen: Diego Rivera. La mecanización del trabajo, 1924, Secretaria de Educación Pública.

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