El surgimiento del orozquismo y el zapatismo en Durango y Sinaloa.

En 1912, numerosos grupos revolucionarios se sintieron desilusionados por la manera en que Francisco I. Madero gobernaba. En lugar de abordar sus reclamos y demandas, Madero optó por seguir las prácticas del régimen porfirista sin realizar cambios significativos, confiando en la letra de la ley. Esto desencadenó el surgimiento de caudillos que desempeñaron un papel crucial en el estallido del conflicto, como Pascual Orozco y Emiliano Zapata.

Muchos grupos que no formaban parte de los núcleos revolucionarios del orozquismo y el zapatismo se unieron a sus causas para justificar sus levantamientos. Un ejemplo de esto fue Benjamin Argumedo en la Comarca Lagunera. Antes de la rebelión, Argumedo estaba familiarizado tanto con los principios de Zapata como con los contactos magonistas. Para ganarse la adhesión de las masas, adoptó los ideales del zapatismo y se alzó en armas en el pueblo de El Gatuño en Coahuila, bajo los gritos de ¡Viva Zapata! ¡Tierra y libertad!

Al igual que en La Laguna, en la Sierra de Durango surgieron varios caudillos que lideraron a indígenas en su lucha contra las injusticias de las mineras. Tal fue el caso de Calixto Contreras, Orestes Pereyra y Agustín Castro, quienes lograron llegar a acuerdos con el gobierno maderista y mantuvieron su adhesión al bando oficialista. Esto generó tensiones significativas entre los rebeldes de Argumedo y los caudillos maderistas de la sierra, culminando en el ataque de las fuerzas rebeldes a pueblos como Cuencamé, bajo el control de Contreras.

Con el progreso de la guerra, estas fricciones llevaron a la definición del bando de Argumedo como orozquista, mientras que los liderazgos maderistas se unieron al movimiento de Pancho Villa. Junto a Argumedo, surgió el liderazgo de Jesús José «Cheché» Campos Luján en Mapimí. Ambos líderes lanzaron ataques contra las haciendas de la región, alentando a los peones a unirse a su movimiento y a compartir tanto las cosechas como las tierras de las haciendas, desencadenando el bandolerismo en la región.

Así fue como en el noroeste se gestó un movimiento que mezclaba el orozquismo, el magonismo y el zapatismo, adaptándolo a los intereses de los rebeldes en la región, distribuidos en La Laguna, Durango y Sinaloa. Sin embargo, esto no impidió que el movimiento contara con el respaldo de los orozquistas, dada su proximidad con Chihuahua. Aquellos que se mantenían al margen del movimiento agrarista de Argumedo eran las guerrillas de Matías Pazuengo y Domingo Arrieta, que permanecían en la zona limítrofe de Durango y Sinaloa. Estos nunca depusieron las armas al no encontrar garantías para mejorar sus condiciones de vida, dedicándose a hostilizar los distritos de San Dimas, Santiago Papasquiaro y Tamazula.

La atención se intensificó con la decepción de las últimas guerrillas maderistas en la zona, ya que descubrieron las intenciones golpistas de algunas agrupaciones adheridas a la conspiración de Bernardo Reyes y lo informaron al gobernador de Durango. Sin embargo, este no les hizo caso y su única recompensa fue la exhortación al licenciamiento, lo que provocó la salida de caudillos como Conrado Antuna en la comunidad de Topia.

El dominio de la zona limítrofe de Durango y Sinaloa resultaba crucial para los rebeldes debido a los depósitos de metales preciosos explotados por mineras privadas. Estos depósitos constituían una fuente de financiamiento y suministro de armas para los grupos guerrilleros. A diferencia de las haciendas presentes en otras regiones, en esta zona se encontraban compañías mineras que se convertían en el blanco de la guerrilla.

Dada la topografía agreste de la sierra, las compañías mineras estadounidenses se encontraban en una posición vulnerable al carecer del respaldo de las fuerzas de los gobiernos de Sinaloa o Durango. Tanto su producción como su arsenal defensivo estaban a disposición de los rebeldes, quienes asaltaban estas minas sin mayores dificultades. La sierra se transformó en un verdadero bastión guerrillero que no dejaba de expandirse, alimentado por la decepción de las comunidades al no percibir mejoras por parte del gobierno maderista. Mientras tanto, sus liderazgos se familiarizaban y adherían a los principios de los postulados orozquistas y zapatistas, siendo la presencia del orozquismo más significativa entre las comunidades de la región.

El constante contacto de los rebeldes serranos hizo que los caudillos sinaloenses de la zona limítrofe adoptaran como propios los ideales agraristas del orozquismo y el zapatismo duranguense. Francisco Quintero se adhirió en Badiraguato, y con él, comenzaron a descender hacia el resto del territorio de Sinaloa, tanto por San Ignacio como por San Dimas, expandiéndose luego hacia Mocorito, Culiacán y Navolato. En esta región, se destacó la adhesión a la causa zapatista de los revolucionarios que anteriormente habían sido maderistas. Estos se habían sentido decepcionados por el trato y la expulsión al exilio de Juan Banderas. En un acto de venganza, Manuel Vega, un seguidor de Banderas y comerciante, se levantó en armas en Culiacán bajo los postulados del zapatismo.

Este movimiento particular del noroeste se desarrolló sin un contacto directo con el núcleo morelense, adhiriéndose a los ideales de la lucha del Plan de Ayala.

Gracias por su atención y los espero en la siguiente lectura.

Federico Flores Pérez.

Bibliografía: Diana María Perea Romo. La rebelión zapatista en Sinaloa.

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Imagen:

– Izquierda: Anónimo. Conrado Antuna, 20 de abril de 1912. Fuente: https://www.facebook.com/photo/?fbid=614558824037188&set=a.593458629480541

– Derecha: Anónimo. General Banderas con sus ayudantes civiles y militares, Culiacan, 1911. 

 

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