Los inicios de la revolución en Sinaloa.

El trabajo proselitista de los maderistas hacia 1910 en las poblaciones más recónditas de la sierra sinaloense daría frutos cuando estalla la Revolución. Gracias a su complicada orografía, la región se convierte en una fortaleza infranqueable, lo que impide que las tropas porfiristas puedan reprimir eficazmente el creciente descontento. La sierra sinaloense se convierte en un importante foco rebelde que sirve de ejemplo para el gradual crecimiento de la insurgencia.

El aumento de las guerrillas despierta la suspicacia tanto de las autoridades locales como de la población civil, que temen que los insurgentes lleguen a sus pueblos y provoquen desmanes. Esto genera una paranoia generalizada, donde cualquier persona que se adentre buscando trabajadores es vista con temor ante la posibilidad de ser un caudillo revolucionario. El asalto a Gómez Palacio en Durango por parte de Benjamín Argumedo aumenta las sospechas sobre su implicación, lo que enciende las alarmas entre los grupos sinaloenses.

Inicialmente, la prensa de Culiacán no había identificado a los guerrilleros ni les había asignado alguna denominación, pero localizó el foco de su surgimiento en Badiraguato, Topia y Tamazula en Durango. Utilizando su conocimiento del terreno, los insurgentes provocaban a las fuerzas federales, llevándolas a cabo persecuciones estériles para desgastarlas. A medida que la rebelión crecía entre las diferentes asociaciones maderistas a nivel nacional, los diversos caudillos guerrilleros determinaron que lo mejor era reunir a los diferentes grupos para facilitar su defensa y apoyarse mutuamente en los asaltos a las minas, especialmente porque las autoridades de las poblaciones limítrofes entre Durango y Sinaloa ya se estaban organizando para rechazar y perseguir a los guerrilleros. Un ejemplo de esto se ve en las acciones de Juan Banderas, quien colaboró estrechamente con otros grupos guerrilleros de la zona serrana. Con ello, la guerrilla comenzó a expandirse por los distritos de Tamazula en Durango, San Ignacio, San Dimas, Cósala, El Fuerte, Badiraguato y empezó a alcanzar el de Sinaloa, llegando hasta Mocorito.

El crecimiento de los grupos guerrilleros tuvo como primer logro la toma de Culiacán del 20 al 31 de mayo de 1911. Este acontecimiento sirvió de incentivo tanto para conectar con los rebeldes de Durango como para extender el campo de acción hacia el territorio de Tepic. Los insurgentes tuvieron presencia en el pueblo limítrofe de La Concepción antes de dirigirse hacia Ixtlán del Río, Acaponeta, Rosamorada y Santiago bajo la dirección del caudillo Martín Espinoza de El Rosario.

Una situación similar ocurrió en la sureña Escuinapa, donde los “revoltosos” de El Quelite empezaron a hacer acto de presencia en los ranchos cercanos a Mazatlán, generando verdaderos problemas para las autoridades porfiristas al no lograr pacificar a los rebeldes.

Los guerrilleros no solo reclutaron a rancheros desencantados del sistema porfirista, sino que también se valieron de la leva llevándose a personas indeseables de las poblaciones, desde vagabundos hasta criminales y presos en los ayuntamientos. Sin embargo, esta misma práctica era llevada a cabo por las autoridades porfiristas, quienes realizaban levas en la población general para combatir a los rebeldes.

Una buena parte de los rebeldes provenía de las filas de los desempleados de las minas, situación que surgió a raíz de la crisis en la industria en 1907, provocando en su momento el cierre de numerosos yacimientos a lo largo de la sierra. Cuando estas minas caían en manos de los rebeldes, hacían lo posible por reabrirlas y ponerlas a producir nuevamente para financiar el esfuerzo de guerra. Sin embargo, también tuvieron que abordar las demandas de los mineros con respecto a los salarios adeudados por los hacendados.

Este escenario se presentó en los minerales de San Dimas y Tayoltita en Durango, donde surgió el liderazgo revolucionario de Matías Pazuengo como representante de los mineros desempleados. Lo mismo ocurrió en San Ignacio, Rosario y Santiago de los Caballeros. En muchos casos, fue necesario llegar a acuerdos con los mineros, persuadiéndolos para que trabajaran y pagándoles en especie durante el conflicto, ya que pagarles en efectivo resultaba peligroso debido a la proliferación de ladrones.

Gracias por su atención y los espero en la siguiente lectura.

Federico Flores Pérez.

Bibliografía: Diana María Perea Romo. La rebelión zapatista en Sinaloa.

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Imagen: Anónimo. Campamento federal, frente al Panteón no. 2, durante el mes de Mayo 1911, Mazatlan.

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