El Rey que Nació Maldito – Parte IV

Robert no era de los que respetaban protocolos; hablar con palabras rimbombantes, hacer reverencias, mantener conversaciones prolongadas, esperar a ser presentado de manera formal. Todos eran detalles que el príncipe pasaba por alto, y por eso Anabelle se quedó petrificada cuando, sin invitación ni demora, él se acercó con confianza y la saludo de manera tan casual.

«Se ha vuelto loco», pensó la princesa bajo la mirada atenta de su padre, de los nobles y la sonrisa amarga del rey Robert. Nadie podía decirle que hacer, ni siquiera su fiel guardiana, envuelta en una armadura de placas y con una hermosa espada en su cinto; una experta en el uso de las armas, pero no tanto en el uso de las palabras.

—El gusto es mutuo, príncipe Robert —contestó con firmeza y frialdad, disimulando a la perfección el nerviosismo y la presión que sintió ante la atenta mirada de su interlocutor.

—Príncipe Robert, por favor —acudió de inmediato un siervo.

Robert, que pretendía entablar una conversación informal con la princesa, hablando de su viaje o de su nación, soltó un suspiro y se dio la vuelta de mala gana. El siervo le señalaba el lugar donde debía pararse, a la izquierda de su padre, frente al trono.

—Como tener grilletes en el tobillo ¿no princesa? Espero que podamos charlar más pronto que tarde, sin tantas presiones —le dijo en voz baja.

Anabelle se ruborizó ante esas palabras, no sabiendo bien si era por la osadía del príncipe, su rebeldía o si estaba intimidada ante su temeridad.

«Se ha vuelto loco. No le preocupa la mirada de su padre… ni los susurros de los nobles». La princesa, que tenía las manos cruzadas sobre el regazo, levantó la diestra y se la llevó al pecho, fingiendo que se agarraba el guardapelo cuando en realidad estaba sintiendo cómo el corazón se le había acelerado un poco. Una sensación cálida le llegó desde el pecho hasta la nuca; quería voltear a ver al príncipe Robert, saber si sus miradas se cruzarían, pero también le atemorizaba la idea. Para su fortuna el tropel de pensamientos en su cabeza sería interrumpido por el estruendo de tres fanfarrias que anunciaban que el rey hablaría. Una vez las fanfarrias se detuvieron, él rey comenzó con voz solemne.

—Amigos, compañeros, señores de tierras lejanas, gracias por aceptar mi invitación y movilizarse hasta aquí hoy. Como en tantas otras ocasiones les doy la bienvenida a mi hogar. Para los que lleguen a mi morada por primera vez, sepan que mis puertas siempre están abiertas para los aliados de este reino y para cualquiera que venga con buenas intenciones —la voz del rey se esparcía por toda la sala del trono, rebotando hasta el fondo.

Una alfombra púrpura recorría el centro de la sala, desde la entrada principal hasta los pies del trono. El techo tenía veinte metros de altura, siendo soportado por ocho gruesas columnas de mármol, cuatro a cada lado de la sala. Detrás del trono un tapiz hermoso con el escudo de la familia Lorien era iluminado por la luz de una vidriera que estaba por encima; a los costados había estatuas imponentes de cuatro metros de guerreros y reyes, con sus leyendas grabadas a sus pies. Todos los elementos en aquella sala reforzaban la riqueza y la fuerza casi divina que siempre quisieron proyectar los reyes del reino de Veloria.

Cuando el rey hablaba todos procuraban guardar un ceremonioso silencio, escuchando el largo discurso introductorio que dedicaba a los dioses, a los antepasados y al futuro de los reinos de Veloria y Lefrey; ni siquiera respirar fuerte o toser estaba bien visto. Y, sin embargo, alguien en la sala, cercano a él, no tenía reparo en demostrar su aburrimiento. El príncipe Robert se veía inquieto al lado de su padre. En lugar de mantenerse firme se apoyaba sobre una pierna o sobre la otra con frecuencia, cada cierto tiempo le era imposible contener sus bostezos y tenía la mirada perdida, explorando con ella las paredes del palacio, decoradas con banderas, escudos de armas y pinturas hermosas, mucho más altas que él.

La princesa Anabelle había sucumbido a sus deseos y lo miraba de reojo cada poco tiempo; aquellos gestos de rebeldía la confundían. Sin darse cuenta había comenzado a fruncir el ceño. Las manos le temblaban al verlo desvariar con la mirada perdida en los candelabros pomposos del techo.

—Hoy, la presencia de todos ha coincidido con un evento que a ninguno dejara indiferente. Déjenme compartir con ustedes la alegría de dos padres. A mi derecha está un hermano de nuestra gran nación, líder de un pueblo tan grande como el nuestro. El rey Teutan del reino de Lefrey y yo hemos acordado unir nuestras familias.

Tanto el príncipe Robert como la princesa Anabelle dieron un paso al frente mientras sonaba el estruendo los aplausos precipitados. Saludaron al conglomerado de nobles y burgueses mientras fanfarrias sonaban con fuerza en la sala.

—Es con gran alegría que hoy les anunciamos el compromiso de la princesa Anabelle Georgina de Lefrey y el príncipe Robert Alexei IV de Lorien ¡Larga vida a los príncipes!

La voz del rey Robert se perdió entre los aplausos pomposos de la nobleza y los vítores de la burguesía. «¡Larga vida, larga vida!», clamaban con locura, como si alguien les hubiese asegurado que el que más celebrara la unión de los príncipes recibiría el beneplácito de ambos reyes.

—Prepárense para esta noche por favor. Los siervos los dirigirán a sus aposentos donde podrán descansar y comer. Esta noche brindarnos juntos por la unión de dos jóvenes, ¡y la hermandad de dos reinos!

Anabelle se mantenía erguida, solemne, cambiando su postura solo para hacer una elegante reverencia a cualquier noble que reconociese entre el público. Estaba cómoda en aquella situación, mas le era imposible no sentirse extraña al ver de reojo a Robert, que al igual que ella se mantenía de pie, algo torcido, demasiado confiado, como si no le importara.

Poco a poco la sala fue desalojada y los príncipes fueron dirigidos a sus respectivas habitaciones. Lo que no sabía el príncipe Robert es que alguien lo seguía de cerca desde que salió de la sala de trono. Una mano firme se posó sobre su hombro, haciéndolo darse la vuelta en medio del pasillo que llevaba a su cuarto.

—Maestro Ymar, que gusto —lo saludó Robert con alegría, aunque el cansancio en su mirada diera a entender lo contrario.

Frente a Robert se erguía un hombre un poco más alto que él, con muchas canas tanto en el cabello como en la barba. Una túnica verde olivo cubría su cuerpo y en su mano resaltaba un cetro con perlas doradas incrustadas en la punta.

—Muchacho, han pasado muchos meses ya ¿cómo estás?

—Cansado.

—Puedo verlo, espero que tu condado no te esté dando muchos problemas, pero no nos concentremos en eso ahora. Felicitaciones por tu compromiso… debes estar muy feliz —le dijo el hechicero mayor Ymar en un tono neutral.

Si Robert no hubiese conocido tan bien al hechicero tal vez no se hubiese dado cuenta de que aquello era sarcasmo.

—En realidad no estoy tan descontento como podrías creer, Ymar.

—¿A no? Eso es una sorpresa ¿Entonces por qué te vi tan inquieto en la sala del trono?

—Bueno… me molesta que mi padre decidiera eso de manera tan arbitraria.

—Si lo piensas bien, en realidad se había tardado demasiado —contraargumentó Ymar.

—Él dijo exactamente lo mismo que tú —tras esas palabras el príncipe soltó un suspiro e introdujo sus manos en los bolsillos—. Ni siquiera nos dejaron intercambiar cartas antes de comprometernos.

—Bueno, príncipe Robert, supongo que tu padre tendría buenas razones para no dejarle… asustar a la princesa Anabelle.

—Por favor, Ymar ¿tú también crees que estoy loco acaso? Yo no actuaria mal con ella.

—No, no, para nada, príncipe, pero debes admitir que has tenido ciertas actitudes con otras mujeres de la nobleza que te han alejado del compromiso.

El príncipe Robert se engoció de hombros. No iba a darle la razón a Ymar, pero tampoco podía negar que había tenido un lenguaje algo confuso y agresivo en ocasiones.

—Ha sido difícil lidiar con mis emociones cuando conozco doncellas interesadas en mí. Supongo que tengo miedo de…

—¿Dé?

Robert guardó silencio unos segundos. Seguían de pie en el pasillo, iluminados por la luz que entraba por las altas ventanas. Una brisa fresca entraba por la más alejada, moviendo las gruesas cortinas doradas que hacían juego con el tapiz azul cielo de las paredes y las baldosas color crema. Rodeado de tanta belleza, el príncipe se sintió empequeñecido.

—¿Cómo alguien tan miserable y con tan mala suerte como yo podría hacer feliz a alguien, Ymar? Tengo miedo de que mis problemas compliquen la existencia de quienes me rodean. Que al casarme con alguien, bueno… mi oscuridad termine inundando su vida.

—Mmm… pues, tal vez está pensando de forma muy negativa, príncipe Robert. Recuerde que cualquier sombra del pasado puede desaparecer con suficiente luz… ¿Quién sabe qué pueda pasar en el futuro? Ya le digo que ni usted ni yo tenemos ese poder. En lugar de creer que usted será sombra para la vida de la princesa Anabelle, debería tener esperanza en que ella será luz para la de usted.

La mano de Ymar se aventuró al hombro del príncipe, dándole algunas palmadas de ánimo que lograron reconfortarlo. Robert sonrió con tranquilidad, levantando la mirada que hasta entonces había estado clavada en las botas del hechicero.

—¿Crees que debería visitar los aposentos de Anabelle? Ya sabes, intentar charlar con ella. Llevarnos bien por ahora —preguntó Robert.

—Eso iría contra todos los protocolos. En teoría cualquier interacción entre ustedes debe ser supervisada…

—No me estás diciendo que no.

—Príncipe Robert —Ymar sonrió, incluso soltó una carcajada— ¿cuándo usted ha escuchado a alguien más que no sea usted mismo? Haga lo que quiera y asuma las consecuencias. Yo estaré esta noche en el banquete y brindaré por esta hermosa unión… tengo un buen presentimiento.

Y dicho esto se dio la vuelta, comenzando a alejarse en dirección contraria.

—Los invitados están en el ala este del palacio, tú sabes, cerca de la torre de honor. Oh y… lamento mucho la muerte de Augusto. Sé que era tu amigo.

—Sí… lo era.

—Y aun así lo mataste —susurró una voz a espaldas del príncipe, haciéndolo poner una mueca dolorosa.

—Tranquilo Robert. Esas cosas pasan… la vida es así. Ten la frente en alto y no dejes que las sombras de la tristeza y el dolor te asfixien.

—Son sombras nada más —completó el príncipe con una sonrisa a medias.

—Sombras nada más —correspondió Ymar antes de marcharse.

Robert inhaló profundo cuando un soplo de aire fresco pasó a su alrededor. Movió el cuello de un lado a otro para estar un poco menos tenso y suspiró con fuerza, dejando ir con algunas lágrimas el sentimiento de culpa que lo embistió en ese momento. Secó sus lágrimas con un pañuelo y se encaminó al ala este.

El príncipe había vivido toda su vida en el palacio, viajando en contadas ocasiones. Conocía cada habitación, salón, estudio, cada recoveco, cada pasadizo. Por eso sabía bien que alguien del estatus de Anabelle sería ubicada en la habitación real donde en su momento durmiera su hermana, Arianna. Era así, o en el peor de los casos tocaría a la puerta equivocada y algún noble enojado saldría a su encuentro.

«Me tiene sin cuidado quien pueda molestarse… no, no hay manera de que me equivoque. Ella está en esa habitación. Es perfecta», se dijo mientras avanzaba sin ninguna oposición. Había bastante movimiento en los pasillos, nobles y doncellas que iban y venían; el ala este se convirtió en una especie de hotel de clase alta y mientras se acomodaban en sus habitaciones, lo veían campar a sus anchas. Los guardias no se molestaron en preguntar que hacía ahí, después de todo era el Príncipe de Veloria y aquel era su hogar… Al menos hasta que estuvo de pie ante la imponente puerta doble de madera de roble con un tallado que emulaba un árbol floral.

Recordó con algo de nostalgia como estaba decorada la habitación de su hermana, con paredes color malva adornadas con pinturas de rosas púrpuras y marcos de ébano de los que colgaban lienzos con obras fantásticas de tierras lejanas; reflejos de lugares paradisiacos más allá del Mar de las Agujas.

«Arianna amaba la naturaleza» pensó antes de dar un paso al frente, pero ni bien pretendió golpear la puerta alguien llegó a su encuentro desde la derecha. No lo tocó para detenerlo, pero estuvo a punto de hacerlo por lo cerca que se puso de él.

—Príncipe Robert, disculpe mi intrusión, pero esa es la habitación de la señorita Anabelle. Debería retirarse —explicó con voz calmada y palabras simples su guardiana. Una guerrera de piel pálida y ojos grises; la misma que se había mantenido de pie al lado de la princesa en cada instante de la ceremonia donde anunciaron su compromiso.

Robert le devolvió la mirada sin decir nada. No arqueo las cejas ni movió los hombros, no hizo nada más que verla por un segundo antes de estirar su mano y golpear la puerta un par de veces.

La guerrera se puso roja de enojo. Insensato, imprudente, mequetrefe, mimado, testarudo y terco eran algunos de los adjetivos más amables con los que se refirió a él dentro de su cabeza hasta que el rechinar de las bisagras los hizo voltear a ambos.

—Por favor, Yuríz, no necesitas tocar la puerta para entrar… —decía Anabelle con voz relajada, al menos hasta que vio de frente a Robert, con la mirada resuelta y una leve sonrisa.

Anabelle, como si hubiesen presionado el botón de un mecanismo dentro de ella, paso de estar tranquila y de hombros caídos a ponerse tensa. Sus hombros se echaron hacia atrás, haciendo que al instante se viese más erguida. Con un rápido movimiento de la mano derecha se acomodó el cabello, que lo tenía suelto, apartando de su rostro cualquier mechón descontrolado. En el semblante se le dibujó una sonrisita formal que temblaba por los nervios y la mirada se le hizo aguda.

—¡Príncipe Robert! Esta visita es inadecuada —recriminó la guerrera con vehemencia antes de que él pudiera saludar.

Robert soltó un suspiro, frustrado, o al menos eso parecía, ya que no perdió su semblante tranquilo aunque lo habían interrumpido.

—No debería serlo —contestó de inmediato, sin dejar de ver a la princesa Anabelle—. Nos han comprometido hoy… Quiero saber con quién me voy a casar ¿puedo pasar?

Anabelle en el fondo tenía clara su respuesta; dejaría pasar a su guardiana y cerraría la puerta, pero antes de darse cuenta se estaba mordiendo el labio por la intriga que le generaba Robert. Rápido corrigió su gesto, recobró la compostura y, contra todo lo que esperaba su guardiana, lo dejó pasar.

—Será una charla rápida y solo porque yo también quiero saber quién eres.

Robert pasó al interior, sintiendo en la nuca la mirada fría y desaprobatoria de Yuríz. Era desagradable, pero esa sensación desapareció de inmediato al ver que la habitación estaba igual que en sus recuerdos.

—No venía aquí hace mucho tiempo —dijo en voz baja, con una sonrisa nostálgica mientras tocaba la madera del poste de la cama.

—Es una habitación hermosa… se nota que su hermana tenía buen gusto, príncipe Robert.

Robert se volteó a mirar a Anabelle. En su rostro se veían marcadas las ojeras, pero la princesa solo se fijó en los hoyuelos que se formaban en las mejillas del príncipe cuando sonreía.

—Sí, lo tenía. Dígame, princesa Anabelle ¿cómo ha sido su viaje? Lefrey no queda muy lejos de aquí, pero me han dicho que el viaje por el Mar del Norte es muy movido.

—Lo es ¿nunca ha ido a Lefrey, príncipe?

—No. Rara vez he salido del reino.

—¿Bailes? ¿Banquetes?

—Los evito.

—Es un poco aburrido ¿no cree? —le reprochó Anabelle mientras se encaminaba a la peinadora, sentándose en un banco acolchado.

—No soy dado a los protocolos. Si los eventos fueran más… amigables, tal vez me propondría a compartir más con los nobles, pero son justo lo contrario. Es muy agotador mantener las formas en todo momento —confesó Robert, dejando extrañada a Anabelle.

Lo que no decía el príncipe era las razones de este agotamiento. Cuando había que mantener más las formas era el momento donde las sombras más lo atacaban. Los susurros, gritos, órdenes y burlas lo hacían equivocarse con frecuencia, haciéndolo quedar en ridículo más de una vez. Con el paso de los años había terminado odiando los bailes y las reuniones pomposas.

Al notar que la princesa no decía nada, Robert se acercó un poco a ella. No encontró otro asiento así que se mantuvo de pie, próximo a la cama.

—¿A ti si te gustan ese tipo de reuniones? —preguntó.

—Solo cumplo con mi papel. No me gustan ni me desagradan… pero a diferencia de ti, sé respetar los protocolos.

El príncipe sintió un pequeño ataque en aquellas palabras. Arqueó una ceja sin dejar de mirarla. Anabelle parecía inmutable, era fácil para ella disimular sus emociones, aunque la realidad era que tenía el corazón acelerado. Algo en Robert estaba logrando exasperarla.

—Esta reunión incumple con cualquier regla social. Puedes hablar con libertad, princesa, no tienes puesto el grillete y dudo que tu amiga vaya a decir algo —se mofó Robert mientras señalaba con el pulgar a Yuríz, firme al lado de la puerta.

Al oírlo, Anabelle sintió que las orejas se le ponían calientes; sin verse en el espejo sabía que su piel blanca porcelana se había puesto roja. Sintió emoción y enojo, se sintió ligera y confundida. «Si realmente no tengo que cumplir ningún protocolo, si de verdad puedo hablar con sinceridad, sin presiones…»

—Siento… siento decírtelo, pero eres grosero ¿por qué tienes esa necesidad de irrespetar a tu padre? ¿Por qué necesitabas irrespetar ese momento del que se desprende nuestro futuro juntos? Bostezando cada poco, como si no quisieras estar ahí ¿Tú crees que yo quiero estar aquí? ¿Tienes idea de los rumores que he escuchado de ti? Estoy muy preocupada, Robert.

—Amigo, esta chica te odia —se carcajeó una voz burlona desde la espalda del príncipe.

—No puedes recriminárselo. Tú le dijiste que fuera sincera… si le das la oportunidad todos admitirán que te odian —insistió otra voz, más ronca y seria.

—Sí, la verdad puede hacerme a la idea de lo que dicen. Nunca he sido convencional. No te arrepientas princesa, dijiste lo que querías decir —la tranquilizó al ver que se tapaba la boca avergonzada.

—No, no príncipe, lo siento, de verdad lo lamento. No es correcto que me exprese así… creo, creo que es hora de que se marche. Ya tendremos más tiempo para conversar.

Yuríz en ese momento abrió la puerta. El rechinar de las bisagras le hizo entender que aquella corta visita había terminado. Robert hizo una pequeña reverencia y con una sonrisa tranquila se retiró de la habitación.

—Ha sido un desastre, vaya que eres un galán.

—¿Qué esperabas que pasara?

—Patético.

Robert batallaba para no tambalear mientras avanzaba por el pasillo, ante la mirada atenta de los nobles. En su interior se estaba librando una batalla para no confundir a las personas alrededor con las sombras amenazantes que se burlaban de él. Le resultaba difícil distinguirlas hasta que un firme llamado lo detuvo.

—¡Príncipe Robert! —clamó alguien a sus espaldas, logrando que se diera la vuelta—. Príncipe Robert —repitió con voz suave la princesa Anabelle.

La mujer se detuvo en seco frente a él, a unos cuantos metros, pero lo bastante cerca para extenderle la mano, dándole un pequeño guardapelo.

—Úselo por favor… úsalo esta noche en el banquete. Ya sé que no te gustan las «reuniones pomposas» —dijo citándolo—, pero… tal vez podamos pasar una noche amena.

Las sombras enmudecieron ante la leve sonrisa de ambos príncipes. Robert asintió suavemente apretando el guardapelo en su mano. Se dieron la vuelta y cada quien tomó su rumbo, teniendo grabada la mirada del otro en su memoria.

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El próximo capítulo lo subiré el 28 de mayo. Lamento la tardanza entre capitulos, intentaré reducirlo a 4 dias e intentar publicar otra historia de por medio.

Si te gusta como escribo por favor déjame tú me gusta o un comentario, eso me ayudaría mucho. También te recomiendo leer Escudos Rotos y Dentro del Puño de Hierro, pues suceden dentro del mismo universo de esta historia. Un saludo y un abrazo sí llegaste hasta aquí.

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