-¿Qué significa la ausencia para ti? –me dijo un día cualquiera, sorprendiéndome lo repentino de su pregunta.
Había escuchado muchas veces hablar de la ausencia. Pero nunca la había conocido. Antes lo definía igual que un diccionario lo haría, como el estado de no estar presente. Siempre me gustó más la teoría que la práctica, en especial, cuando se trataba de conocimiento. No creía en lo inefable de la palabra, porque la base de la comunicación son las palabras, hasta que llegó ella, y comenzó a redefinir todo lo que yo sabía.
-Si solo conoces la oscuridad, no podrías notar la ausencia de la luz. –me dijo una mañana con los rayos del sol naciente alumbrando el lado de la cama que siempre fue suyo.
Pensé que era un argumento debatible, aunque solo fuera mi obstinado pensamiento intentando tener siempre la razón. Como sea, el significado de la ausencia nunca me pareció una privación. No podía perder algo que por norma fuera mío y si lo perdía es porque, en realidad, nunca me perteneció, y si no me perteneció no me hacía falta.
-Son como mis vestidos, mis blusas, mis faldas y mis zapatillas de tacón que ocupan el espacio del armario que una vez fuese tuyo. –vociferó en un tono amable, sonriéndome tiernamente.
No le dije nada. Yo sabía que, como el suyo, mis argumentos también le parecía debatibles. Teníamos eso en común; ninguno de los dos nos entregábamos a la afirmación del otro, tal vez por un inocente orgullo que no le hacía daño a nadie. Pero sus afirmaciones tenían diferentes matices a las mías. Yo buscaba la verdad a través de la lógica y la evidencia, en cambio, ella se dejaba llevar por la intuición de sus sentidos, por la trascendencia de lo invisible. No podía suponer que se trataran de dos verdades opuestas; existe una sola verdad. Lo que dividía nuestros pensamientos era la perspectiva, y vaya que existe una variedad de perspectivas.
-Me dolería si un día te ausentarás de esa silla. –esa vez estábamos sentados a la mesa, comiendo, ya olvidé si era la hora de la cena o más temprano, uno enfrente del otro.
Por supuesto, no creía que hablara literalmente, porque yo solo creía en el dolor físico, pero seguía sin entender qué es la ausencia. Mi ausencia no podía arañar su piel, tampoco ocasionarle una fisura. Tal vez, notaría una silla vacía, y solo tendría que moverla de allí para dejar de notarla.
-Igual que si un día ya no pudiera oír tu voz.
El sonido es una onda de energía que no ocupa un espacio tangible. En realidad, subsiste más tiempo en nuestra memoria que en el espacio. Podría sustituir fácilmente el recuerdo de mi voz, incluso con el zumbido de una pequeña abeja, o podría olvidarlo, porque hay recuerdos que no nos pertenecen.
-El silencio no aturde en los oídos de quien puede escuchar su propia voz. –debatí, aunque no esperaba que estuviera de acuerdo conmigo.
Le combiné una taza humeante de café y le di un beso en la frente antes de irme a trabajar. Cuando regresaba a casa, tarde en la noche, la taza estaba vacía y colocada en su sitio en la alacena.
« ¿Qué es la ausencia? » la pregunta seguía dando vueltas en mi cabeza, no porque no supiera definirla, sino por la simplicidad con que resonaba para mí. La ausencia repercutía en las costumbres, quizás sea allí donde afectaba más. Era la discontinuidad en la interacción con alguien, y sería suficiente una nueva organización o estrategia para compensar esa falta. La costumbre misma dispersaría esa ausencia.
Tal vez sea eso lo que necesito; costumbre, para aceptar su partida. Pero por cuánto más podré soportar que ya no esté. Solo ahora soy consciente de qué es la ausencia, y es algo que queda corto en palabras. Verán, las palabras definen una emoción, la delimita al alcanza superfluo del conocimiento. Solo la experiencia puede explicar esa emoción. Ahora lo entiendo.
La ausencia es ese espacio vacío de su lado de la cama todas las mañanas cuando los rayos del sol naciente atraviesan el cristal de la ventana y lo alumbraban. Es el sentimiento que está en los vestidos, en las blusas, en las faldas y las zapatillas de tacón bajo que encerré en el armario donde se empolvan cada día un poco más. La ausencia es lo que duele en el otro extremo de la mesa, en la silla que nadie más volvió a ocupar, y duele también en el sonido de mi voz que rebota en las paredes. Es saber que la taza de café caliente sobre la encimera seguirá allí cuando vuelva del trabajo.
Y si volvieras a preguntarme, mi respuesta sería: qué es la ausencia, sino el sentimiento de haber perdido.

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