Recuerdo claramente como él entró a la sala en donde estaba trabajando. Su confianza y arrogancia eran palpables, y yo me pregunté qué clase de tipo era. ¿Una persona poderosa? ¿Un hombre que acostumbra a tener lo que quiere? El dinero se derramaba en su pelo y vestimenta.
Nos sentamos, hablamos, coqueteamos. Algo en él estaba distinto, y yo me preguntaba si estaba suficientemente diferente como para hacer que la puesta de sol desapareciera del horizonte. Él se fue y yo continué con mi trabajo, pero después me dijo que me quedaría hasta tarde en su apartamento de negocios privados. La curiosidad y la lujuria lideraron mi decisión
Nos sentamos y miramos juntos el ocaso en su apartamento, con el mundo en nuestras manos. Los colores dorados y naranjas se extendían por el cielo, pero yo solo tenía ojos para él. Entonces, tomó mi mano y me besó.
“He estado pensando en ti”, susurró. “Y quiero hacerte sentir lo especial que eres”.
-¿Lo estás insinuando? –pregunté con timidez, aunque estaba muriéndome por escuchar más.
Él se acercó más, con una mirada en la cara que apenas contenía su fervor.
“Lo sé”, dijo, susurrando en mi oído. “Y yo pienso hacerlo”.
Sus palabras corrieron por mi cuerpo y ascendieron a todo mi fuego interior.
Nuestros labios se encontraron, cualidos en el ambiente que había estado sembrando durante toda la noche. Fue como si toda la tensión se rompiera a la mitad mientras nuestras manos se deslizaban por nuestros cuerpos.
“¡Oh, Dios!”, suspiré, mientras mi cuerpo se prendía de él.
Él se detuvo para mirarme a los ojos.
Su boca se abrió contra la mía mientras sus manos comenzaban a bajar a mi pecho. Levantó mi blusa y me desabrochó mi sujetador, dejando mis pezones expuestos a su mirada lasciva. Entonces, con un movimiento decidido, tiró mis trenzas hasta la mesa mientras me guiaba hacia atrás.
Pude sentir su cuerpo ardiente contra mí y su respiración se estaba convirtiendo en un suspiro ronco. Podía sentir que la comida del trabajo se calentaba con la calidez de nuestros cuerpos unidos. Su calor era una fogata, y su mano se adentraba en mi cadera, rasguñándome con sus uñas.
“¡Por favor”, lo supliqué. “No aguanto más”.
Me la quitó mi falda y me agarró ambos brazos y me jaló hasta la mesa. Entonces se quitó los pantalones, y yo pude ver sus ojos fijos en mí.
“Te quiero ahora mismo”, dijo, murmurando las palabras en mi oído.
Y entonces me metió con un movimiento súbito, gritando mientras su p3ne entraba en mí.
Fue como una herida que se abría para que los fluidos y las emociones que habíamos estado guardando por tanto tiempo pudieran finalmente salir.
“Sí”, grité al sentir sus caderas golpeando mías. “Sí, sí”.
Cada vez que las sacudíamos, parecía que estuviéramos subiendo juntos una escalera de círculos infinitos.
Estábamos tan absorbidos el uno en el otro que casi no podíamos respirar. Él se arrastró dentro de mí y no podía evitar un suspiro profundo, como si cada parte de mí estuviera sintiendo su toque.
“¡Te amo!”, grité mientras llegamos a nuestras cimas.


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