Perdí a mi bebé el día de mi boda.

Mis piernas temblaban, y mi mente estaba nublada. Todo lo que podía escuchar era mi propio grito interior, una mezcla de desesperación y culpa. Mi bebé… mi Wanda…

La policía comenzó a hacer preguntas, pero yo apenas podía responder. Todo era un torbellino. Liam intentaba calmarme, pero su voz sonaba lejana, casi irrelevante en ese momento.

—¿Qué ropa llevaba puesta? —preguntó uno de los oficiales.

Me esforcé por recordar.

—Un vestido amarillo… amarillo con flores —respondí, con la voz quebrada. Sentí que las piernas me fallaban, y me dejé caer al suelo. Mi madre intentaba consolarme, pero yo solo podía repetir el nombre de mi hija, como si eso pudiera traerla de vuelta.

—La camioneta negra que mencionó, ¿recuerda algún detalle más? —insistió otro oficial.

Me llevé las manos a la cabeza, tratando de visualizarla. Había sido rápida, demasiado rápida.

—Tenía vidrios polarizados… y una placa… creo que la placa comenzaba con “Z”. —Me odié por no recordar más.

Liam se adelantó, hablando con los policías. Parecía tan perdido como yo, pero eso no calmaba mi furia. ¿Cómo podía haber dejado que algo así pasara?

Las horas se volvieron interminables. La iglesia, que debía ser el lugar de mi felicidad, ahora estaba vacía. Solo quedábamos nosotros, la policía, y mi desgarradora sensación de pérdida.

—Hemos activado una alerta Amber —dijo uno de los oficiales—. No se preocupe, señora Domínguez, vamos a encontrar a su hija.

Sus palabras no lograban consolarme. Sentí que me estaba desmoronando.

—Liam —susurré, cuando estábamos solos por un momento—, si algo le pasa a mi hija… nunca te lo perdonaré.

Él no respondió. Solo me miró con ojos llenos de culpa. Era evidente que tampoco sabía cómo manejar esta pesadilla.

Pasaron días. Días que se sintieron como años. Cada llamada del departamento de policía hacía que mi corazón se detuviera, pero nunca traían noticias alentadoras. Cada vez que cerraba los ojos, escuchaba la vocecita de Wanda llamándome, como un eco de mi propio tormento.

Finalmente, una tarde, el teléfono sonó.

—Hemos encontrado algo —dijo el oficial. Mi corazón se aceleró y se detuvo al mismo tiempo.

Corrimos a la estación de policía, donde nos mostraron un zapato pequeño, amarillo. El mundo pareció desmoronarse a mi alrededor. Era de Wanda. Pero no había rastro de mi hija.

Los días se convirtieron en semanas, y las semanas en meses. La búsqueda nunca se detuvo, pero mi esperanza se apagaba con cada amanecer. No podía volver a mirar a Liam. No podía perdonarme a mí misma por no haberme girado.

Cada día, me aferraba a la idea de que tal vez, en algún lugar, mi pequeña Wanda estaba esperando que la encontrara. Porque eso era todo lo que me quedaba: la esperanza.

Fin del relato.

Pregunta: ¿Cómo se están preparando para año nuevo?

Respuestas