Pancho Villa y el reparto agrario.

Si bien el movimiento villista, tras la Convención de Aguascalientes de 1914, aceptó adoptar los postulados agraristas de Emiliano Zapata y su Plan de Ayala, desde el punto de vista de su gente y su tropa, no podían replicarse en el contexto norteño las propuestas sureñas de reparto de tierras. Los villistas no consideraban justo que se otorgaran tierras a los campesinos que no participaban en la lucha armada, viendo esto como un privilegio exclusivo para quienes combatían, siendo este el principal aliciente para el reclutamiento de tropa.

Una de las carencias del villismo desde sus inicios fue la falta de una ideología coherente, algo que compartía con otros movimientos regionales que se levantaron contra el régimen porfirista y la dictadura de Victoriano Huerta. Sin embargo, una de las ventajas que articuló el liderazgo de Villa fue la construcción de un aparato productivo en las haciendas, manteniéndolas operativas y generando ingresos suficientes para adquirir armamento en la frontera.

Esta diferencia social entre Chihuahua y Morelos fue significativa. Morelos tenía una población eminentemente rural y una baja población urbana, que huyó con el avance zapatista. En contraste, Chihuahua tenía una mayor concentración de habitantes en las ciudades y muy pocos campesinos. Las haciendas capturadas por los villistas no solo proporcionaban una fuente de efectivo, sino también mantenían a la población desempleada de las ciudades a través de su producción.

Gracias a esta administración, las haciendas ganaderas bajo el control villista lograron reducir los precios de la carne vacuna. Además, los vaqueros que habían quedado desempleados por los despojos de tierras fueron recontratados para sostener este esfuerzo y mantener el aparato productivo. Al restaurar el modo de vida en el que la hacienda era el sostén de la región, se reafirmó el desinterés de los chihuahuenses por el reparto agrario.

Sin embargo, había un sector dentro del villismo que sí abogaba por el reparto agrario: los ex-colonos militares. Villa llegó a un compromiso con ellos, permitiéndoles recuperar las tierras que les pertenecían y otorgándoles una porción adicional de tierras expropiadas a las haciendas. Además, diseñó un sistema de créditos de bajo interés financiado por la producción agrícola, haciéndolos accesibles para los campesinos pobres.

Dentro de las fuerzas villistas, los ex-colonos constituían una parte importante de la tropa que combatía en el frente. Por ello, resultaba fundamental recompensarlos generosamente por sus esfuerzos en la guerra. Villa admiraba el sistema de colonias militares y consideraba instituirlo como el modo de vida del ejército federal, concibiéndolo como un pueblo adiestrado en las armas y preparado para ser movilizado cuando se les llamase.

Años antes de la revolución, Villa se había relacionado con una de estas colonias militares, el pueblo de San Andrés. Este grupo se había destacado por ser fieros guerreros que derrotaron en varias ocasiones a los apaches, participaron en la rebelión de Tomochic y se convirtieron en uno de los focos rebeldes contra el acoso del gobierno chihuahuense de Creel hacia 1908, debido al aumento de impuestos. Sus rifleros le brindaron a Villa la confianza necesaria para hacerlo su líder al estallar la revolución.

El colono militar había constituido una sociedad muy particular como producto del avance de la conquista española en el septentrión. Por un lado, debían ser hábiles agricultores y ganaderos que sabían buscarse la vida en un medio ambiente precario. Por otro, mantenían su instrucción marcial constante para estar preparados ante los sorpresivos ataques de los apaches. De este modo, nacía en ellos un sentimiento de orgullo al sentirse defensores de la civilización ante los bárbaros.

A diferencia de la relación desigual existente entre el hacendado y el campesinado del centro-sur del país, el contexto chihuahuense, en un ambiente de guerra externa, generó una mayor equidad con los colonos militares. Los hacendados los necesitaban para defenderse de los nómadas, por lo que, una vez terminada la guerra apache en 1885, esta relación cambió y los colonos perdieron sus prerrogativas.

Esta situación no fue generalizada, ya que, aunque algunos hacendados rompieron con esta simbiosis con los colonos en favor de aumentar sus riquezas, otros mantuvieron estas relaciones durante el Porfiriato. Una vez estallada la revolución, hubo una posición ambigua por parte de los rebeldes. Castigaron a los hacendados «malos» que se dedicaron a despojarlos de sus derechos, mientras que los «buenos» fueron respetados. Esto contrasta con la animadversión de los zapatistas hacia los hacendados.

Los extensos páramos chihuahuenses les garantizaron a los colonos mayores oportunidades de mantenerse independientes y generar riquezas de forma individual, diferente al igualitarismo campesino del sur. Cada colono tenía la libertad de vender sus tierras o no, naciendo así una clase media agraria única en el país. Las costumbres de los colonos permeaban en la estructura villista y eran la razón del derecho de la tropa a hacerse con las tierras tomadas. También explicaban la cultura de la violencia propia de la guerra apache, como las ejecuciones masivas de prisioneros y la guerra sin cuartel, muy presentes en las acciones del mismo Villa.

El contexto propio del noroeste del país hizo que Villa mantuviese una posición independiente al del agrarismo zapatista. Aunque consideraba la estructura de las colonias militares como un modelo para replicarse en el país, el desarrollo propio de Chihuahua a finales del siglo XIX y principios del XX le permitió no olvidar las necesidades de la población urbana, a quienes mantuvo bien abastecidos.

La figura de Pancho Villa combinaba características del pensamiento del siglo XX con el caudillismo del XIX. A pesar de sus orígenes humildes y de su oscuro pasado como bandido, supo atender las necesidades de los sectores chihuahuenses afectados en los últimos años y construyó un liderazgo fuerte donde cada demanda tenía lugar dentro de la División del Norte. Su carisma como líder era indiscutible y le ganó el cariño de los sectores populares, a pesar de la violencia con la que manejó sus campañas. Su voluntad por resolver los problemas de los más desfavorecidos, desviando recursos de los esfuerzos de guerra, hizo que ganase el clamor de las masas, un reconocimiento que todavía se mantiene hoy en día.

Gracias por su atención y los espero en la siguiente lectura

Federico Flores Pérez

Bibliografía: Frederich Katz. La guerra secreta en México.

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Imagen: Gustavo Casasola. Francisco Villa recibiendo a la comision zapatista en Guadalupe, Zacatecas, 1914. Fuente: https://inehrm.gob.mx/es/inehrm/villa#pid=23

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