—No entiendo por qué me elegiste, Elara —murmuró Liam, mirando hacia la ventana del pequeño cuarto donde la luz de la luna se derramaba como un manto plateado. Sus muletas descansaban en una esquina, mientras él permanecía sentado al borde de la cama, sus hombros caídos bajo el peso de sus pensamientos—. No soy el hombre que mereces.
Elara dejó su cepillo sobre la cómoda y se giró hacia él, su vestido de seda aún ondeando con suavidad tras la celebración. Caminó despacio, como si temiera romper la frágil conexión que las palabras de Liam habían creado entre ellos. Se arrodilló frente a él, colocando sus manos sobre las de él, que descansaban inertes sobre sus muslos.
—¿De verdad crees eso? —preguntó, su voz cálida y suave, pero con un matiz de tristeza.
Liam cerró los ojos, sacudiendo la cabeza.
**Gisel Dominguez**
—Mírame, Elara. Estoy roto. No puedo ofrecerte la vida que mereces. No puedo… ni siquiera puedo bailar contigo sin que estas malditas muletas me sostengan.
Elara inhaló profundamente y apretó sus manos con fuerza.
—¿Sabes qué veo cuando te miro, Liam? —preguntó, obligándolo a abrir los ojos—. Veo al hombre que me enseñó lo que significa ser fuerte. Veo al hombre que, aún en medio de su dolor, me hacía reír cuando todo a mi alrededor parecía desmoronarse.
Liam bajó la mirada, pero Elara no se detuvo.
—La vida no se mide por lo que podemos hacer físicamente, Liam. Se mide por cómo enfrentamos las batallas que nos tocan. Y tú, amor mío, has enfrentado más de lo que cualquiera podría imaginar.
—Pero no soy suficiente para ti —insistió él, su voz quebrándose.
Elara se levantó y tomó su rostro entre sus manos, obligándolo a mirarla directamente.
—Eres más que suficiente, Liam. Me elegiste cuando podrías haberte cerrado al amor. Me diste tu corazón, aun cuando pensabas que no tenías nada más que ofrecer. No quiero a alguien perfecto. Te quiero a ti.
Una lágrima resbaló por la mejilla de Liam, y Elara la limpió con un dedo antes de inclinarse para besarlo suavemente.
—Bailamos nuestra primera canción con tus muletas, Liam, y fue el momento más hermoso de mi vida —dijo, con una sonrisa luminosa que llenó la habitación de calidez—. Nunca vuelvas a dudar de lo que eres para mí.
Liam la abrazó con fuerza, hundiendo su rostro en su cuello. Sus muletas podían sostener su cuerpo, pero era Elara quien sostenía su alma.
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