Mi marido es infiel con mi hija.

Mi marido estaba besandose con mi hija. Los observé en silencio con lágrimas en los ojos. Lucia era hija de mi matrimonio anterior.


Francisco era mi jefe. Estaba casado cuando lo conocí y luego formalizamos. Yo dejé a mi esposo y él, a la suya. 


Pero ver a mi hija de 18 años junto a él, me dió una patada en el corazón. Mis ojos se cristalizaron y salí corriendo tocando mi corazón.


Llamé a Esteban, mi ex pareja. Él era un hombre amable y bueno. Siempre se había preocupado no solo por mi, sino por mi hija. 


-Ana ¿Qué pasó? -su pregunta de preocupación causó un suspiro en mí. Siempre pude contar con él, a pesar del tiempo. 


-Luci… 


-¿Qué pasa con nuestra hija? -preguntó con un tono preocupado.


-Es…. Es amante de Francisco.


El silencio del otro lado, me hizo dudar si él seguía en la línea.


-¿Estás ahí?


-Lo estoy… Yo…


Sus palabras me hicieron comprender lo obvio.


-Si sabías -susurré y mis ojos se cristalizaron. -¿Por qué no me lo dijiste? .


-No quería meterme en sus asuntos.


-¡Eres un traidor! -grité con el pulso acelerado. -¿Cómo has podido?


-Voy por tí.


Cuando llegó, yo estaba caminando hacia otra dirección solamente con una cartera. Él bajó la ventanilla y aunque estaba reacia, subí.


-Me siento molesta.


-Vamos a casa.


Sus palabras me dejaron muda y lo observé con una ceja levantada.


Segunda parte—:


Me llevó a su casa, un pequeño pero acogedor departamento al que siempre había sido bienvenida. Sin embargo, esta vez, la sensación era diferente. Había algo en su mirada, en la forma en que esquivaba mis ojos, que me ponía aún más nerviosa. Me senté en el sofá, abrazando la cartera como si fuera un escudo, mientras él se dirigía a la cocina y volvía con un vaso de agua para mí.


—Ana… —comenzó, pero su voz se quebró.


—No quiero excusas, Esteban. Quiero saber la verdad. ¿Desde cuándo sabías esto?


Se sentó frente a mí, con las manos entrelazadas. El silencio se extendió entre nosotros como un abismo. Finalmente, levantó la mirada, su expresión cargada de culpa.


—Desde hace unos meses.


Mi respiración se cortó. Mi exesposo, el hombre en quien siempre había confiado, había sido cómplice de este infierno.


—¿Meses? —repetí en un susurro. Mis manos comenzaron a temblar, y dejé el vaso sobre la mesa para evitar que se cayera. —¿Por qué no me dijiste nada?


—Porque no quería hacerte daño. Y porque… —vaciló, como si las palabras le quemaran en la garganta—, porque Lucía me lo pidió.


Me quedé helada.


—¿Lucía te lo pidió?


—Sí. Me dijo que si te lo contaba, se iría de mi vida. Y Ana… no podía soportar eso. Es mi hija también.


Mi mente giraba en espiral. No sabía qué era peor: el hecho de que él lo hubiera sabido, o que mi propia hija hubiera conspirado para ocultármelo.


—¿Por qué haría algo así? —pregunté, tratando de entender el caos.


Esteban bajó la mirada, sus manos temblaban.


—Porque quiere que termines con Francisco. Lo planeó todo.


Mis ojos se abrieron de par en par.


—¿Qué estás diciendo?


—Lucía se siente culpable, Ana. Cree que Francisco nunca debió estar contigo, que te ha alejado de ella, de tu felicidad. Cree que aún sientes algo por mí… y pensó que si te mostraba lo peor de él, lo dejarías.


El aire pareció escaparse de mis pulmones. Todo se volvió claro y, a la vez, insoportablemente turbio.


—¿Entonces… esto fue un plan? —mi voz temblaba entre incredulidad y rabia.


—Sí. Pero no de Francisco. Fue de nuestra hija.


Mis lágrimas comenzaron a caer de nuevo, esta vez mezcladas con una confusión abrumadora. Lucía no solo había traicionado mi confianza al involucrarse con mi esposo, sino que lo había hecho con una intención retorcida, convencida de que estaba haciendo lo mejor para mí.


—¿Y tú? —lo acusé con la mirada—. ¿Tú también crees que Francisco no es para mí?


Esteban suspiró, evitando mi mirada.


—Ana, siempre quise que fueras feliz. Pero nunca he creído que él pudiera darte eso.


Las palabras golpearon mi corazón como un martillo. Esteban y Lucía habían jugado con mi vida, creyendo que sabían qué era lo mejor para mí.


—No puedo creerlo —susurré, poniéndome de pie—. No puedo creer que todos hayan decidido por mí.


—Ana, espera —dijo, poniéndose de pie para detenerme.


—No —lo miré con firmeza, aunque mi interior estaba en pedazos—. No soy una marioneta. Nadie más va a decidir por mí.


Salí de su departamento, dejando atrás a dos de las personas que más había amado y confiado en mi vida. Por primera vez en mucho tiempo, estaba decidida a tomar mis propias decisiones, aunque no tuviera claro hacia dónde me llevarían.


Fin del relato.


¡Les regaló el final! Les mando un abrazo 🤗🤗 muchas gracias por siempre darle amor a mis relatos.

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