-¿Acaso eres sord4? ¡Te dije que esa comida no me gusta!
Su grito, provocó un sobresaltó que hizo cristalizar mis ojos. Pero suspiré intentando buscar la calma, que hace tiempo perdí.
Sin titubear, busqué de nuevo los ingredientes correctos para preparar de nuevo la cena. Cuando la tenía lista, la dejé en frente suyo.
El desprecio y su mirada de desagrado, recorrió mi cuerpo de pies a cabeza. Mis ojos lo observaron con una mezcla de ira cuando dijo:
-¡Demoraste una hora! -exclamó ofuscado, y movió su cabello largo hacia atrás -¡Ya no me sirve!
Asentí sin ganas de discutir para volver y guardar la comida. Miré de reojo con una sonrisa a mi hija. Era extranjera y tenía un enorme miedo de ser dep0rtada. Mi ex me decía eso continuamente.
¿Qué podía hacer yo?
Nada.
Si me deportab4n perdería la custodia de mi pequeña y no, ella era lo más importante. La amaba con mi corazón.
-¿Me escuchaste? -su pregunta provocó que está vez me asustara -¡Te hablé!
-Claro Ricardo, lo siento.
Cómo siempre era sumisa. Y así el no me molestaba ni nada por el estilo. Pero mi paciencia se disipaba.
Y mientras escuchaba sus reclamos, tomé la valentía que perdí hace tiempo. Tomé el teléfono que venía preparando con grabación y salí con mi pequeña en brazos.
Salí al exterior. Pude sentir el aire ingresar y de pronto, escuché el sonido de algo explotar detrás de mí.
Segunda parte:
El golpe de adrenalina recorrió mi cuerpo al instante. Mi corazón latía con fuerza, y la angustia me llenó de inmediato. Miré a mi hija, quien dormía tranquilamente en mis brazos, ajena al caos que se había desatado en ese preciso momento. No me atreví a voltear, el miedo de lo que podría haber sucedido me paralizó.
Tomé una respiración profunda y decidí no mirar atrás. Sabía que no podía quedarme allí, no podía permitir que la violencia se apoderara de mi vida y, mucho menos, de la de mi pequeña. Aunque sentía que no tenía el control sobre nada, había una sola cosa en la que sí tenía poder: mis pasos hacia la libertad.
Corrí lo más rápido que pude, evitando mirar atrás, con mi hija aún en mis brazos. La incertidumbre me invadía, pero había una cosa clara en mi mente: no iba a permitir que me arrebatara lo más importante en mi vida.
Dejé atrás el lugar donde había vivido tantas humillaciones, pero llevaba conmigo el único amor que me quedaba: mi hija. Mi destino ya no dependía de los gritos ni de las amenazas de Ricardo. Al final, la decisión estaba en mis manos.
Aun con el miedo palpitando dentro de mí, sentí que, por primera vez, me estaba tomando mi vida en mis manos. Y, aunque el futuro era incierto, no permitiría que el miedo lo definiera.
Fin del Relato.
Pregunta: ¿Les gustó? Les mando un abrazo.
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