El Cuaternario representó un período complejo, con gran parte del norte del continente euroasiático y americano cubierto de hielo. Sin embargo, el entorno mediterráneo mantuvo condiciones templadas que facilitaron la llegada de migraciones de homínidos provenientes de África, a través del Medio Oriente. Estas rutas migratorias permitieron que algunos grupos se desplazaran hacia Asia y otros hacia el oeste, rumbo a Europa, siendo la península ibérica uno de los lugares más favorables para establecerse.
Las evidencias arqueológicas indican que la presencia de homínidos en la península ibérica data de hace aproximadamente 1.4 millones de años. En la sierra de Atapuerca, se han hallado numerosos restos de la especie conocida como Homo antecessor, que data de hace unos 800,000 años. Se considera que esta especie fue precursora de los neandertales y que, además, mostró las primeras señales de pensamiento complejo, como evidencian los entierros y las prácticas de canibalismo selectivo.
Con el tiempo, los Homo antecessor fueron siendo reemplazados por los neandertales. A medida que cambiaban las condiciones climáticas, llegaron también los Homo sapiens, quienes siguieron rutas migratorias similares y se adaptaron al entorno europeo, dando lugar al «Hombre de Cromañón». Este grupo, que vivió entre los 100,000 y 35,000 años atrás, representa ya a los primeros seres humanos modernos en Europa.
Para finales del Paleolítico Inferior, alrededor del 100,000 a.C., las evidencias muestran la proliferación de poblaciones humanas en toda la península ibérica. Estas comunidades aprovecharon las condiciones favorables del medio ambiente para subsistir, tanto mediante la cacería como la recolección. Se estima que la recolección fue fundamental para su supervivencia, representando aproximadamente el 70% de su dieta. Este equilibrio con la naturaleza permitió a los humanos integrarse en su entorno de manera efectiva y fomentar un mayor desarrollo material.
El progreso en la tecnología de supervivencia es evidente en el perfeccionamiento de herramientas como las puntas de lanza, que evolucionaron conforme a las necesidades y tipos de fauna disponibles en cada período. A su vez, se desarrollaron otros utensilios para realizar las actividades cotidianas, adaptándose a los cambios en su entorno.
Durante la última glaciación, conocida como Würmiense, en torno al 35,000 a.C. durante el Paleolítico Superior, la península ibérica contaba con condiciones más favorables para albergar poblaciones humanas, lo que propició su crecimiento. Este período impulsó la explotación de recursos marinos y fomentó un mayor desarrollo cultural, incluyendo creencias religiosas, como evidencian las numerosas manifestaciones de arte rupestre que datan de este tiempo.
Este periodo de evolución cultural en la prehistoria europea, conocido como la cultura Magdaleniense, se desarrolló en los actuales territorios de España, Francia, Alemania y Suiza, comenzando entre el 17,000 y el 15,000 a.C. En el norte de España, especialmente en Cantabria y Asturias, se concentra una gran parte del patrimonio paleolítico de esta cultura, que floreció en cuevas, lugares asociados con lo sagrado y lo sobrenatural.
En estas cuevas, los artistas magdalenienses plasmaron imágenes de los animales de su entorno de manera naturalista, acompañadas de algunas expresiones abstractas que aún no han sido descifradas. También incluyeron símbolos mágicos para invocar la fertilidad y asegurar el sustento, reflejando un intento de conectar con el mundo espiritual y solicitar su ayuda para la supervivencia de las comunidades.
Hacia el 10,000 a.C., se produjo un cambio cultural en las poblaciones de la península ibérica, abandonando el estilo naturalista magdaleniense en favor de expresiones más abstractas, dando lugar al “arte esquemático levantino.” Este nuevo estilo, caracterizado por figuras antropomorfas sencillas en escenas de danza y guerra, se realizaba en cuevas al aire libre y representa una transición hacia formas de expresión artística con un simbolismo más simplificado.
Aunque la península ibérica contaba con recursos suficientes para sostener a poblaciones humanas, estos no bastaron para impulsar el desarrollo de sociedades agrícolas avanzadas como las que surgieron en Egipto o Mesopotamia hacia el VIII milenio a.C., donde se gestó el nacimiento de la civilización. En cambio, en la península ibérica, el desarrollo de pueblos sedentarios y complejos comenzó alrededor del IV milenio a.C. Este avance tuvo un precedente en el periodo conocido como el Neolítico superior, hacia el 5,000 a.C., etapa a la que corresponde el asentamiento de Cova de l’Or en Alicante, una de las primeras comunidades sedentarias.
Aunque la ubicación de estos yacimientos en áreas costeras puede sugerir la influencia de ideas externas en la creación de asentamientos permanentes, no se descarta que esta transición a la sedentarización haya derivado de un proceso evolutivo local. Las primeras poblaciones sedentarias vivían en cuevas, como en Carigüela en Granada y Chaves en Bastarás y Huesca, donde se evidencia un notable avance tecnológico, incluyendo la fabricación de herramientas más sofisticadas y el desarrollo de cerámica. Con el tiempo, las sociedades nómadas de la región comenzaron a adoptar un modo de vida más estable y sedentario.
Con el tiempo, las comunidades que habitaban en cuevas dieron paso a asentamientos con viviendas rudimentarias en las llanuras de los ríos, impulsadas por el crecimiento de la agricultura y la ganadería, actividades traídas desde Oriente. La práctica de estas actividades requería un control más preciso de los recursos para sostener una vida sedentaria. La adopción de la agricultura y la ganadería trajo consigo importantes transformaciones sociales, permitiendo la acumulación de recursos y el surgimiento de una estructura social jerárquica.
Esta evolución dio origen a una élite político-religiosa responsable de redistribuir la producción entre la población. Los miembros de estas élites comenzaron a incluir ofrendas de sus bienes en sus entierros, diferenciándolos del resto de la comunidad. Un claro ejemplo de esta práctica es la aparición de megalitos, estructuras construidas en honor a los muertos que formaban parte de la identidad colectiva de las comunidades. Existe un debate sobre si este concepto megalítico fue una importación de una tradición paneuropea o un desarrollo local, aunque su ausencia en la región de Valencia plantea interrogantes. Sin importar su origen, este fenómeno marca el comienzo de la evolución de las sociedades peninsulares.
Gracias por su atención y los espero en la siguiente lectura.
Federico Flores Pérez.
Bibliografía: Gonzalo Bravo. Nueva historia de la España Antigua. Una revisión crítica.
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Imagen:
Izquierda: Representaciones de caballos en la cueva de Tito Bustillo, Asturias, España, ca 33,000 al 10,000 a.C.
Derecha: Ser fantastico en las pinturas del santuario Pla de Petracos, Alicante, España, ca 8,000 a.C.



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