Los primeros asentamientos aldeanos en la costa del Pacífico.

Del 7500 al 1500 a.C., comenzó a consolidarse el modo de vida sedentario en Mesoamérica. Durante este periodo, las bandas de nómadas exploraron diversos ecosistemas de la región, identificando los lugares más propicios para establecerse. Entre estos, destacaron las costas de Guerrero y Chiapas, donde encontraron condiciones favorables para iniciar la vida aldeana, gracias a los recursos proporcionados por los manglares de las lagunas y las desembocaduras de los ríos.

Aunque los ecosistemas de ambas regiones presentaban similitudes, la orografía generó diferencias notables. En Chiapas, la mayor cantidad de lluvias resultaba en un mayor volumen de agua dulce, propiciando la formación de lagunas y estuarios más extensos. En contraste, la cercanía de la sierra a la costa en Guerrero limitaba el tamaño de los sistemas lacustres y, con ello, la extensión de los manglares, lo que restringía la capacidad para sostener grandes poblaciones.

A pesar de estas limitaciones, la costa de Guerrero, caracterizada por su naturaleza rocosa, permitió una amplia proliferación de fauna marina, equiparable a los recursos ofrecidos por los esteros de Chiapas. Esta riqueza de recursos en ambas regiones creó las condiciones ideales para el surgimiento del primer modelo de asentamientos sedentarios: los concheros.

Estas estructuras, conocidas como concheros, se caracterizan por ser montículos construidos en las orillas de zonas pantanosas. Se conformaban principalmente por conchas de moluscos y bivalvos recolectados en las cercanías, que previamente habían sido consumidos. Este material daba como resultado una plataforma artificial que permitía establecer asentamientos cerca de las zonas de recolección.

En Chiapas, se observa una notable concentración de concheros en el sistema de estuarios Chantuto-Panzacola, donde se han identificado cinco de estos montículos, siendo el más destacado el llamado Islona Chantuto. En todos ellos, se evidencia que fueron habitados por personas que llevaban un modo de vida sencillo, aún sin el conocimiento de la cerámica.

En Guerrero, se encuentra el yacimiento de Puerto Márquez, localizado en Acapulco. Este sitio ofrecía condiciones ideales al ubicarse en una pequeña bahía de aguas tranquilas, cerca de la zona pantanosa de la Laguna Negra. Los habitantes de Puerto Márquez tuvieron acceso tanto a recursos marinos como lacustres.

Una de las diferencias más significativas entre estos asentamientos radica en los periodos de ocupación. Mientras que el sistema de Chantuto fue habitado durante aproximadamente 4000 años, el de Puerto Márquez tuvo un periodo de ocupación más breve, de alrededor de 2000 años.

Los restos encontrados en estos sitios permiten determinar que sus habitantes dependían principalmente de la pesca y la recolección. Sin embargo, no se tiene certeza absoluta sobre cuál era la base principal de sus dietas, debido a que las condiciones de alta humedad en los yacimientos impiden la preservación de restos orgánicos, incluidos los humanos. Esto representa un importante obstáculo para comprender las condiciones de vida de estos pobladores.

Una pista relevante proviene de las conchas que conforman los montículos. En sitios como el Cerro de las Conchas y Tlacuachero, en Chantuto, se observa que una gran parte de los montículos está compuesta principalmente por conchas de almejas de pantano. En menor medida, también se encuentran conchas de ostiones y mejillones, así como restos marginales de huesos de peces, tortugas y otros animales de caza.

En Guerrero, los patrones de consumo son similares. Los ostiones de pantano eran los más consumidos por los habitantes de Puerto Márquez y de los concheros localizados en la Laguna de Tetitlán, en la Costa Grande. Sin embargo, en Puerto Márquez se han identificado más restos de fauna marina. Esto puede atribuirse a las facilidades que ofrecía su ubicación en una pequeña bahía, lo que permitía la pesca en colonias de arrecifes cercanos.

Los restos vegetales también enfrentan problemas de preservación debido a las condiciones de humedad en los sitios arqueológicos. Sin embargo, se han encontrado suficientes indicios para identificar las plantas que fueron aprovechadas y determinar cuándo comenzaron a integrarse cultivos de la tradición sedentaria mesoamericana.

En Chiapas, se han hallado rastros del uso del palmito mexicano, así como evidencia del consumo de maíz. Esto último se confirma con el descubrimiento de herramientas de molienda y señales de incendio en los terrenos cercanos a los pantanos, lo que indica el inicio del desarrollo agrícola y la práctica del cultivo tradicional de la milpa. Incluso se han identificado restos de algodón, lo que sugiere un aprovechamiento diversificado de las plantas.

En Guerrero, las evidencias de la presencia de maíz son mucho más tardías. Sin embargo, se ha determinado una marcada preferencia por el cultivo de calabazas, que constituían una fuente principal de alimentación. Este cultivo se complementaba con el aprovechamiento del mangle rojo. Las semillas de calabaza eran especialmente valoradas y utilizadas para la preparación de la tradicional salsa de pipián, lo que evidencia la importancia cultural y alimenticia de este producto en la región.

El modo de vida de los cazadores-recolectores implicaba una división del trabajo entre estas actividades para garantizar la subsistencia. En el caso de los concheros, existen indicios sobre su ocupación y función. En Chantuto, se ha determinado que los concheros eran centros de procesamiento de recursos lacustres. Sin embargo, brillan por su ausencia los objetos que típicamente indicarían señales de residencia, lo que sugiere que la población mantenía un estilo de vida nómada. Es probable que habitaran campamentos en los alrededores y solo visitaran los concheros para abastecerse de productos marinos. Este mismo patrón se ha identificado en la Laguna de Tetitlán, Guerrero, donde las evidencias sugieren una ocupación limitada a periodos de mes y medio o dos meses al año.

Entre el 2500 y el 1500 a.C., las condiciones comenzaron a cambiar debido a la estabilización del clima y los niveles del océano. Este fenómeno redujo la disponibilidad de recursos acuáticos como parte asegurada de la dieta anual de los grupos nómadas, obligándolos a depender cada vez más de la agricultura. Este cambio gradual resultó en un menor uso de los concheros, ya que la población se enfocó en las actividades agrícolas. Estas nuevas condiciones facilitaron el desarrollo de tecnologías como la cerámica, marcando una transición hacia un modo de vida más sedentario y agrícola.

Gracias por su atención y los espero en la siguiente lectura.

Federico Flores Pérez.

Bibliografía: Barbara Voorhies y Douglas J.Kennett. Formas de vida precerámica en la costa sur del Pacifico mexicano, de la revista Arqueología no. 62.

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Imagen: Jorge Salinas. Mural de los conchales de Longotoma, Chile (solo ilustrativo).

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