Los o’odhams y el simbolismo del venado.

Los grupos que hablan la lengua o’odham se dividen en dos etnias: los pimas y los pápagos, que habitan entre los estados de Sonora y Arizona. Las diferencias entre ellos son principalmente dialectales. En la cosmogonía de los o’odham, el venado y su cacería son elementos fundamentales, similar a lo que ocurre en otras etnias de la familia yutonahua, como los yaquis, huicholes y tarahumaras.

Para los o’odham, la cacería del venado (ma’m’aga) tiene un significado profundo y se utiliza en ceremonias de sanación. En este contexto, la evocación del venado se lleva a cabo mediante cantos conocidos como wúsotas. Estos cantos se emplean para aliviar diversas enfermedades, incluyendo la “enfermedad parada”, que se caracteriza por comportamientos inusuales hacia objetos peligrosos. La sanación de esta condición implica rituales que incluyen bailes y cantos.

En los relatos o’odham se encuentra una estructura narrativa similar a la de la danza del venado de los yaquis, donde se narra la historia de un venado que deja su hogar ideal para explorar el mundo terrenal. Sin embargo, este viaje lo convierte en la presa del cazador principal a medida que se adentra más en este nuevo entorno. La muerte del venado simboliza el momento en que se cura la “enfermedad del venado”, lo cual se celebra a través de una ceremonia que se extiende desde el anochecer hasta el amanecer.

Este relato mitológico se despliega en una serie de 16 cantos que describen los episodios de la primera caza del venado. Está lleno de metáforas cosmogónicas; por ejemplo, la presencia de abejas y mariposas que aparecen cuando el cazador se acerca al venado, así como el vuelo de las lechuzas desde un árbol florido, que simboliza el puente entre el cielo y la tierra.

Además, se presenta el concepto del desdoblamiento del venado, que se convierte en su propio cazador. Esta idea también se refleja en las narrativas yaquis y huicholes, donde existe la figura del “criador de venados”, lo que sugiere un profundo entendimiento de la interconexión entre la vida, la muerte y la espiritualidad en estas culturas.

La figura del cantador es esencial en la ceremonia de curación y en las cacerías de venado, aunque estas últimas son menos frecuentes. El cantador actúa como el principal guía para los jóvenes, preparando un envoltorio ceremonial que simboliza al venado, confeccionado con elementos rituales. Esta preparación incluye una danza que se lleva a cabo la noche anterior a la cacería, lo que refuerza el vínculo espiritual entre el grupo y el venado.

La caza comienza al amanecer, momento en el que los cazadores se disponen a atrapar al venado. Una vez capturado, el venado es llevado al “árbol florido”, donde se le estrangula para evitar que derrame sangre, lo que es considerado un aspecto importante en el ritual. Posteriormente, se traslada al lugar donde se celebrará la fiesta, y su carne se cocina sin sal, lo que refleja una práctica cultural específica.

Un elemento clave en este proceso es la cola del venado, que se reserva para el cantador. Esta parte del animal se considera un elemento mágico, utilizado en las curaciones, lo que subraya la conexión entre el acto de cazar, la medicina y la espiritualidad en la cosmovisión o’odham.

Uno de los elementos artísticos que manifiestan esta idea es el diseño laberíntico plasmado en la cestería o’odham. Este diseño simboliza el relato mitológico de Hermano Mayor I’itoi, quien es asesinado por los ancestros de los o’odham debido a su relación con las muchachas que participaban en un rito de pubertad. I’itoi resucita cuatro veces para continuar con sus acciones hasta que finalmente es confinado en un lugar en el oriente.

Tanto en el relato de I’itoi como en el de la caza del venado, hay elementos comunes que reflejan la cosmovisión o’odham. Por ejemplo, el lugar cosmogónico donde se realizaba la ceremonia de las muchachas es descrito como un inframundo llamado wuagua, que se traduce como “el lugar debajo del amanecer”. Este lugar se presenta como un espacio festivo, lleno de danza y con abundancia de tunas, donde siempre hay celebración.

Los relatos indican que durante estas ceremonias, a las muchachas se les ofrecía una arcilla especial que contenía polvo de huesos humanos mezclado con plumas de lechuza pulverizadas. Este ritual tenía un propósito significativo: transformarlas en habitantes del inframundo, lo que incitaba a I’itoi a buscarlas y llevarlas al mundo terrenal.

Según las fuentes del siglo XIX y principios del XX, tanto la caza del venado como la guerra compartían un vínculo profundo para los o’odham. Los enemigos eran transfigurados en venados, y su caza se realizaba con la misma ritualidad. Antes de entrar en batalla, los guerreros pasaban por días de ayuno y desvelos, acompañados de oraciones, buscando asegurar el éxito en sus acciones.

Esta identificación entre guerrero y enemigo reflejaba una conexión similar a la que existe entre el cazador y el venado. Así, los guerreros se convertían en una misma figura con el venado, al igual que I’itoi, quien se asocia con el venado en el contexto mitológico. Este proceso de transformación y conexión era fundamental para el significado de ser un héroe o sisiakam dentro de la cultura o’odham.

La muerte de los prisioneros se realizaba al amanecer, simbolizando un renacer. Tras su muerte, el guerrero que había capturado a un enemigo era recluido, lo que representaba su propia transformación. Durante este periodo, solo consumían agua y tunas, cuyo nombre en o’odham coincide con el término para “corazón”. Esto establecía un vínculo directo con I’itoi, y el destino de los prisioneros era paralelo al de los venados, ya que sus carnes eran colgadas en postes, simbolizando el “árbol florido”.

Gracias por su atención y los espero en la siguiente lectura.

Federico Flores Pérez.

Bibliografía: Phylip E. Coyle, La cacería de venado de los yuto-nahuas centrales, del libro Por los caminos del maíz. Mito y ritual en la periferia septentrional de Mesoamérica.

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Imagen: Cestas o’odham con los patrones en referencia a I’itoi

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