Los olmecas ¿La cultura madre? La problemática actual de su concepto.

Durante mucho tiempo, la historiografía mexicana ha presentado una visión simplificada de la historia de los pueblos prehispánicos que habitaron el territorio nacional. Esta perspectiva se ha centrado principalmente en las culturas que dejaron vestigios espectaculares, como los mayas, los mexicas y, en este caso, los olmecas. Sin embargo, el concepto de lo “olmeca” ha evolucionado a lo largo del tiempo, dependiendo casi por completo de las interpretaciones que los arqueólogos han dado a los vestigios hallados, ya que no existen fuentes directas provenientes de los religiosos españoles ni de los propios indígenas que expliquen de manera detallada a esta civilización.

Este proceso de construcción histórica resalta cómo las ideas sobre los olmecas han estado sujetas a los cambios en las teorías y metodologías arqueológicas, así como a los valores y prejuicios de cada época. Como resultado, nuestra comprensión de esta cultura sigue siendo dinámica y en constante transformación.

El conocimiento sobre la cultura olmeca se remonta al año 1862, cuando el explorador José María Melgar descubrió el “Monumento A” de Tres Zapotes, una espectacular cabeza colosal que despertó el interés de la comunidad científica. Años más tarde, durante la intervención francesa en México, una expedición científica acompañó al ejército de ocupación en la región de Veracruz. Investigadores como Jean Baptiste Fuzier, el anticuario Eugene Boban y el coronel Louis T.S. Doutrelaine documentaron estos hallazgos en sus trabajos de exploración, aunque no lograron realizar un estudio detallado de los mismos.

Fue hasta 1905 cuando la pareja conformada por Caecilie y Eduard Seler-Sachs visitó el “Monumento A” y vislumbró la posibilidad de encontrar más piezas relacionadas con esta cultura. Sin embargo, no sería hasta 1925 que se iniciarían los primeros estudios más formales, gracias a la expedición de Franz Blom y Oliver La Farge. Durante su investigación, descubrieron el sitio arqueológico de La Venta, en Tabasco, aunque no lograron identificar con certeza a los autores de los monumentos encontrados.

Por la ubicación de los vestigios, el antropólogo alemán Eduard Seler se atrevió a identificar a esta cultura con el pueblo histórico de los olmecas, señalado en las fuentes españolas como los habitantes de la región al momento de su llegada. Esta misma conclusión fue compartida por su colega George Vaillant. Sin embargo, esta identificación generó una gran confusión entre los arqueólogos, quienes llegaron a considerar que estos vestigios podían ser contemporáneos tanto de los mayas como de los mexicas.

Esta perspectiva fue cuestionada por el investigador amateur y artista Miguel Covarrubias. A través de un análisis estético, Covarrubias determinó que los rasgos olmecoides eran anteriores a las demás culturas mesoamericanas. Además, propuso un árbol genealógico que rastreaba la evolución de lo olmeca hacia otras culturas mesoamericanas. Su propuesta desató un debate académico con el destacado mayista Eric Thompson, quien consideraba inconcebible que la cultura maya pudiera descender de los olmecas.

El debate fue finalmente resuelto con el hallazgo de la Estela C de Tres Zapotes. Esta pieza contenía inscripciones de la Cuenta Larga con una fecha del año 32 a.C., un registro más antiguo que cualquier otro encontrado previamente entre los mayas. Este descubrimiento otorgó la razón a Covarrubias y cimentó la idea de los olmecas como la “cultura madre” de Mesoamérica.

A medida que avanzaron las exploraciones en el territorio nacional, se descubrieron más vestigios asociados con los olmecas. Sin embargo, muchas de estas piezas carecían del carácter monumental de los hallazgos iniciales y, por ello, fueron catalogadas como resultado de la influencia comercial, cultural o militar de los olmecas del sur de Veracruz y el oeste de Tabasco. Esta región fue designada como su “zona nuclear” debido a la concentración de vestigios de gran escala y complejidad.

No obstante, poco antes de su muerte en 1957, Miguel Covarrubias revisó su propia interpretación inicial. Basándose en análisis detallados de los vestigios de la “zona nuclear”, concluyó que estas piezas no representaban las manifestaciones más antiguas de esta cultura. Covarrubias atribuyó una mayor antigüedad a los vestigios encontrados en los estados de Guerrero y Oaxaca. Con esta evidencia, propuso que el origen de lo olmeca debía ubicarse en la región del Pacífico, desplazando la primacía tradicionalmente otorgada a la región del Golfo.

Sin embargo, la falta de interés institucional en explorar esta región montañosa, debido en parte a las dificultades logísticas que implican los trabajos arqueológicos, provocó que durante muchos años quedara en el olvido y a merced de los saqueadores. Esta situación comenzó a revertirse gracias al esfuerzo de arqueólogos como Román Piña Chan y Guadalupe Martínez Donjuán, quienes realizaron investigaciones en distintos puntos del estado de Guerrero.

En la década de 1980, Martínez Donjuán descubrió la ciudad prehispánica de Teopantecuanitlán, donde identificó arquitectura monumental de carácter cívico, religioso y de infraestructura para el riego. Este hallazgo puso en entredicho la idea tradicional del origen olmeca en la costa del Golfo, al presentar una cronología similar a las ciudades de La Venta y San Lorenzo, datadas alrededor del año 1200 a.C.

Aunque los recursos siguen siendo limitados, las exploraciones en Guerrero continúan, revelando más vestigios significativos. Un ejemplo de ello es la tumba olmeca descubierta en Chilpancingo, datada entre los años 1200 y 400 a.C., así como el sitio arqueológico de Tlaxmalac, con una datación de aproximadamente 800 a.C.

Además, se han realizado importantes trabajos en la zona arqueológica de Chalcatzingo, en Morelos, donde se pensaba que los bajorrelieves encontrados eran elementos rituales relacionados con comerciantes. Sin embargo, los estudios han demostrado que en realidad representan un complejo ceremonial que data desde el 1300 a.C.

En Oaxaca, se ha descubierto que la ciudad primigenia de San José Mogote fue ocupada por grupos emparentados con los olmecas, con una cronología que coincide con la época de esplendor de la zona nuclear olmeca. Por último, en Chiapas, el sitio arqueológico de Chiapa de Corzo no solo presenta la misma temporalidad que otras ciudades olmecas, sino también una ubicación espacial similar a la de La Venta, lo que refuerza las conexiones culturales entre estas regiones.

Las dificultades en infraestructura, el nivel de desarrollo cultural y la logística hacen complejo pensar que los olmecas de Veracruz y Tabasco fueron un pueblo expansionista que dejó su huella en gran parte de Mesoamérica. La existencia de diferentes ciudades que florecieron en el mismo período de tiempo plantea dudas sobre la vinculación de lo olmeca a una etnia o nación específica. En consecuencia, el origen y concepto de lo olmeca siguen siendo objeto de debate.

Algunos estudiosos proponen que lo olmeca podría haber sido un estilo artístico compartido por diversas civilizaciones a lo largo de un mismo período. Esta perspectiva refleja lo cambiante y dinámico que resulta el estudio del pasado mesoamericano. Los descubrimientos recientes pueden modificar las interpretaciones previas y mostrar que lo que se pensaba sobre una cultura o civilización puede ser replanteado a medida que emergen nuevos hallazgos y teorías.

Gracias por su atención y los espero en la siguiente lectura

Federico Flores Pérez

Bibliografía:

Ann Cyphers, ¿De dónde vienen los olmecas?, revista Arqueología Mexicana, edición especial no. 94

Mario Córdova Tello y Carolina Meza Rodríguez. Chalcatzingo, Morelos. Un discurso sobre piedra, revista Arqueología Mexicana no. 87.

Thomas A. Lee Whiting. Los olmecas en Chiapas, revista Arqueología Mexicana no. 87.

Kent V. Flannery y Joyce Marcus. Las sociedades jerárquicas oaxaqueñas y el intercambio con los olmecas, revista Arqueología Mexicana no. 87.

Rosa María Reyna Robles y Paul Schmith Schoenberg. El estilo olmeca en Guerrero, revista Arqueología Mexicana no. 82.

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Imagen: Cabeza colosal no. 1, La Venta, Tabasco

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