Los nuevos analfabetas del siglo XXI.  

Columnista invitado: Carlos alberto Arias Baquero.  

Durante siglos, el analfabetismo fue sinónimo de atraso. Hoy, en pleno siglo XXI, asistimos a una nueva forma de analfabetismo que no se mide por la lectura ni por la escritura, sino por la incapacidad de entender al otro. 

En una sociedad saturada de información, cada quien defiende su verdad como un escudo, pero pocos están dispuestos a escuchar con humildad o debatir con respeto.

El verdadero problema ya no es la falta de escuelas, sino la ausencia de aprendizaje interior.

Vivimos una epidemia silenciosa: millones de personas alfabetizadas tecnológicamente, pero emocionalmente analfabetas. Manejamos redes, pero no relaciones. 

Publicamos opiniones, pero no construimos argumentos. Leemos titulares, pero no comprendemos contextos. “Nunca en la historia tuvimos tanta comunicación y tan poca comprensión.”

Esta nueva forma de analfabetismo no se cura con diplomas, sino con conciencia. Los nuevos analfabetos del siglo XXI son aquellos que no saben convivir con la diferencia, que no toleran una opinión contraria, que confunden libertad de expresión con licencia para ofender.

Y ese fenómeno presente en las calles, en los medios y en las redes, está fracturando el tejido social con una violencia sutil, pero profunda.

El reto no es enseñar a leer más rápido, sino a pensar más despacio. La educación no puede seguir reducida a contenidos; debe volver a ser el arte de formar seres humanos capaces de discernir, de dialogar y de construir tejido social en comunidad. 

Si no formamos ciudadanos empáticos, terminaremos rodeados de expertos que saben de todo, menos de humanidad.

No hay progreso posible si la inteligencia emocional no camina junto a la técnica. Podremos tener ciudades inteligentes, gobiernos digitales y universidades virtuales, pero si no aprendemos a mirar al otro sin prejuicios, seguiremos siendo una sociedad fragmentada, informada pero insensible, hiperconectada pero sola.

El siglo XXI no necesita más títulos, necesita más humanidad. Porque el conocimiento sin ética, y la opinión sin respeto, solo alimentan la arrogancia de los que creen saberlo todo.

La verdadera alfabetización de este tiempo no pasa por los libros, sino por la capacidad de dialogar sin destruir, de disentir sin odiar y de convivir sin excluir.

Solo una sociedad educada en la empatía podrá reconstruir la confianza. Y esa será la gran revolución pendiente: pasar del saber al comprender, del pensar al sentir, del discurso a la acción. 

Porque en el fondo, los nuevos alfabetos del futuro no serán los que escriban más, sino los que construyan juntos un lenguaje de respeto, convivencia y esperanza en medio de la diferencia. 

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