Los nebulosos primeros años de Pancho Villa.

Al tiempo en que Pascual Orozco estaba organizando a su gente de San Isidro para tomar Ciudad Guerrero, se había conformado un nuevo grupo guerrillero en la Cueva Pinta, en las montañas de la Sierra Azul, cercana a la ciudad de Chihuahua, conformado por miembros del Partido Antirreeleccionista, como el líder sindical de caldereros, Cástulo Herrera, quien se dispuso a organizar al grupo de rebeldes que habían seguido su llamado.

Según los testimonios, Herrera solicita a los asistentes que eligieran a quienes serían los mandos de segundo nivel: el “teniente” Eleuterio Martínez, el “comandante” Francisco Villa y seis cabos, con cuatro hombres cada uno, quedando Villa al mando de una tropa de 24 hombres.

El hecho de que el mismo Villa haya sido electo por los propios rebeldes puede desmentir las tres narrativas que giran en torno a su vida, la leyenda negra, la épica y la blanca, ya que no parece normal que estos hayan elegido a un “bandido asesino” para ponerlo como mando segundo de Herrera. Esto cobra más sentido si se considera que quienes conformaron este cuerpo revolucionario originario eran de clase media-baja de la ciudad y con cierta formación política. Además, el que lo hayan puesto para dirigir un pequeño cuerpo de 24 hombres también desmiente la idea de que se trataba de un reconocido guerrillero que atacaba las propiedades de los Terrazas.

El único dato certero de la vida de Villa antes de 1910 es que nació el 5 de junio de 1878 en el rancho de la Coyotada, en Durango, propiedad de la hacienda de los López Negrete, con el nombre de Doroteo Arango. Donde, a pesar de que el mismo Villa decía que en sus primeros años había sido aparcero, otros testimonios indican que el joven Arango se dedicaba a realizar múltiples negocios para completar sus ingresos.

La primera referencia dentro del gobierno porfirista la tenemos en un reporte del 1.º de noviembre de 1899, en San Juan del Río, donde lo acusan de bandido junto con Estanislao Mendía. Fue hasta enero de 1901 cuando es capturado por las autoridades de Canatlán por un delito menor, haber robado dos burros con sus mercancías, siendo entregado al jefe de la policía montada de Durango, Octavio Meraz, quien tenía fama de ser muy estricto y de realizar ejecuciones sin juicio mediante la “ley fuga” a delincuentes y disidentes.

Para su fortuna, un juez le da un amparo a Arango para que fuese puesto a disposición de las autoridades de Canatlán y no bajo la custodia de Meraz. Tal parece que quien lo ayudó a salir de este problema fue el cacique Pablo Valenzuela, con quien mantenía varios negocios, entre ellos la compra de ganado robado, saliendo de prisión a los dos meses por falta de pruebas.

Según los reportes, Arango era una persona conflictiva que formaba parte de la banda de Mendía, forma de vida que lo vuelve a meter en problemas dos meses después de su libertad, al ser arrestado por un asalto. Esta vez se le daría a elegir el formar parte del ejército federal para servir como soldado raso. Si bien no cumplió con la pena completa, debido a su carácter indisciplinado, al haberse fugado al año en marzo de 1902, lo aprendido le serviría en su futuro como líder rebelde.

Las leyendas donde lo ponen como un asesino a sangre fría, que estaba a salto de mata en los caminos de la sierra, se caen cuando se da cuenta de los juicios en los que fue arrestado por delitos menores, por lo que solo era un forajido más en el campo duranguense.

Con respecto a la leyenda donde se señala que el inicio de su vida delictiva se debe al abuso que comete el hacendado López Negrete con su hermana, tiene muchas variables. Si bien esta clase de tratos era común en las relaciones de los patrones sobre sus subordinados, esta historia presenta múltiples versiones: desde que el culpable había sido el mismo patrón de la hacienda, en otra que fue su hijo, el administrador de la hacienda, un alguacil e incluso otro trabajador de la hacienda. Es posible que haya sido alguno de los mandos secundarios hacia abajo el que haya cometido esta afrenta (la cual es común en todas las historias de los bandidos románticos y es usada como justificación de sus actos), siendo esta una de las razones por la que no haya sido acusado y perseguido por ello.

Otra opción sobre la factibilidad de esta historia, o sobre la razón por la que inicia Arango su vida delictiva, la tenemos en el reclutamiento forzoso o leva, la cual, en Durango, obligaba a jóvenes de las comunidades a realizar trabajos de esclavo dentro del ejército. Incluso hay señalamientos que indican cómo esta era usada por los hacendados para amañar los sorteos y deshacerse de las personas que les resultaban problemáticas.

A esto debemos sumar el clima autoritario en que habían sumido al pueblo los caciques duranguenses, quienes eran los que en realidad imponían a las autoridades locales para que sirviesen a sus intereses, dejando el cumplimiento de su deber en segundo plano o utilizándolo para fortalecer el poder del cacique. Estos llegaban incluso a desobedecer las órdenes del gobernador.

La única salida que tenían muchos para salir de la vida de miseria era mediante el bandidaje, como lo había hecho el famoso Heraclio Bernal, activo en la década de 1880, quien llegó a congregar a un nutrido cuerpo de seguidores que combinaban los atracos a las minas con indicios de rebelión política. Este era protegido por las mismas comunidades al no cometer abusos contra ellas y solo caería por la traición de uno de sus hombres, quien lo delata con el mismo Octavio Meraz y, en una refriega, muere en 1888.

Uno de los hombres que formaba parte del grupo de Bernal fue Ignacio Parra, siendo él quien recibe al joven Arango dentro de su grupo y que se mantuvo activo a lo largo de la década de los 90, hasta que también fue ajusticiado por el propio Meraz. Logró sobrevivir durante años gracias a sus relaciones de complicidad que mantenía con otros potentados duranguenses, quienes usaron sus influencias en los jueces para mantenerlo a salvo de la ley, acciones muy comunes en un contexto donde cada cacique tenía a su servicio a grupos de bandidos.

Su permanencia en el grupo de Parra hizo que Arango lograse acumular cerca de 50,000 pesos, con los cuales pudo mantener a su familia y ayudar a algunos amigos y conocidos, como fue el caso de Antonio Retana, a quien le financió una pequeña sastrería. Sin embargo, al gastarse todo su dinero, esto hizo que volviera a su vida como bandido.

Es posible que Arango haya aprendido de Parra valiosas lecciones, desde ganarse el favor popular para poder gozar de su protección, hasta hacerse de la amistad de algún potentado a quien venderle y que, a su vez, lo ayudase, como fue el caso de Pablo Valenzuela. Esto lo ayudó a separarse de Parra, con quien entra en conflicto porque, según Villa, había permitido que sus hombres mataran a un señor que se había negado a venderles pan, decisión que resultó sabia, ya que, al poco tiempo, su grupo fue ajusticiado en Parral.

Gracias por su atención y los espero en la siguiente lectura.

Federico Flores Pérez.

Bibliografía: Friedich Katz. Pancho Villa, vol. 1.

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Imagen: D.W. Hoffman. General Francisco Villa a caballo, 1912.

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