Los días de muertos del mundo náhuatl

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El problema principal que pasa cuando se quiere analizar el pasado mesoamericano es la desigualdad que hay en cuanto a fuentes documentales que se escribieron en la conquista. Como lo llego a mencionar el arqueólogo Wigberto Jiménez Moreno, la investigación del pasado prehispánico cuenta con un sesgo que favorece a la cultura náhuatl, ya que el Centro de México gozo con una mayor cantidad de cronistas que describieron muchos aspectos de su cosmogonía, a diferencia de otras regiones como el Occidente, la Costa del Gofo o incluso el mundo maya que no contaron con los cronistas que se ocuparan de llevar un trabajo tan minucioso, por lo que para completar las pocas referencias que hay de las fuentes se rellenan con datos de los nahuas del centro, perdiéndose o alterándose detalles importantes sobre lo que pensaba cada pueblo.

A diferencia de otras creencias donde el destino de los muertos es determinado por las acciones que hicieron en vida, en la cosmogonía nahua se determinaba por la forma en que murió lo que hacía que las almas entraran en el campo de acción de cada deidad. Esto también determinaba la forma en que tenían que ser tratados los cuerpos y sobre todo, las festividades que les correspondían para conmemorar el duelo.

El Cincalco era la casa del Sol y quiere decir “la casa del maíz”, este era el hogar de las deidades solares como Tonatiuh o Huitzilopochtli, dios de la guerra. A el iban principalmente los que morían en las actividades relacionadas con la guerra como los muertos en batalla o las madres muertas en parto (que se consideraba un campo de batalla siendo el hijo considerado como un prisionero de guerra. La casa del Sol tenía su lugar para los niños pequeños donde eran amamantados por el árbol de Chichihualcuauhco para esperar a renacer en el mundo. Y algo que nos puede parecer inaceptable para nuestra idiosincrasia, el Cincalco también era el destino de los que morían por suicidio, y compartían con los guerreros el destino de convertirse en los sirvientes del Sol.

El otro destino era el Tlalocan, el hogar del dios Tláloc, ahí llegaban los que perecían por muertes relacionadas con el agua como los ahogamientos, ser alcanzado por un rayo, enfermedades como la hidropesía o fallecer a manos de los espíritus del agua como los chaneques o el ahuizote entre otras causas. Ellos estaban destinados a un buen destino al ser habitantes del Tonacatépetl o cerro de los mantenimientos, un lugar con abundante agua y comida donde las almas podían pasar tiempos de dichas. Los muertos por las causas acuosas tenían que ser enterrados en el Templo de Tláloc para asegurar su destino.

El destino menos amable de la cosmovisión nahua era el ya conocido Mictlán, el hogar del dios de la muerte Mictlantecuhtli donde iban los que morían por causas naturales. A diferencia de los otros casos, las almas tenían que pasar por penurias en los caminos del inframundo donde se iba destruyendo su identidad terrenal hasta llegar con el dios de la muerte donde solamente desaparecían del mundo. Los entierros para ellos tenían que ser en las casas del difunto, que en el caso de los macehuales por lo caro de la incineración tenían que enterrarse de cuerpo entero.

Para cada caso le correspondía una celebración diferente, siendo las más importantes para los muertos de los destinos solares, que les tocaban las celebraciones del Miccailhuitotontli o “pequeña fiesta de los muertos” y el Huey Miccailhuitotontli “la gran fiesta de los muertos”, que correspondía la primera para los niños y posiblemente los muertos por suicidio y la segunda destinada para los guerreros y madres muertas. Estas celebraciones abarcaban dos veintenas que abarcaban aproximadamente los meses de Julio a Septiembre. Sus celebraciones estaban vinculadas con las cosechas, en el festejo incluían grandes ofrendas de comida y el derribo ritual de un tronco con la imagen del dios del fuego (Xiuhtecuhtli u Otontecuhtli) que simbolizaba el fin del camino solar.

Los muertos que estaban destinados al Tlalocan eran celebrados durante la veintena del Tepeilhuitl, situado entre octubre y noviembre, y eran celebrados junto con las deidades patronas de los cerros y montes. En ella se creaban tanto las imágenes de los cerros como de los muertos con la masa creada con maíz, miel y amaranto conocida como tzoalli, con la que también se creaban imágenes de animales relacionados con la lluvia como las serpientes. Al igual que en otras celebraciones, se les ofrendaban comida y bebidas para que pudieran absorber las esencias y los aromas, que era lo que podían tomar, y a los vivos consumir los alimentos ya ofrecidos.

Para los que pasaban por el Mictlán recibían su celebración durante el mes de Tititl, que está entre los meses de Diciembre y Enero. Estas celebraciones estaban dedicadas a llamatecuhtli o Cihuacoatl, una de las advocaciones de la deidad de la tierra. En ella se preparaba una figura de palos de ocote y papel que representaba al muerto y era decorada con motivos de papel como banderillas, plumas y su correspondiente ofrenda de comida. Cabe destacar la relación que tiene esta celebración con el final del ciclo solar, formando parte de las fiestas de fin de año.

Cabe decir que las celebraciones prehispánicas tenían un periodo de caducidad, ya que en la cosmovisión mesoamericana, el alma de los muertos solo existía por cuatro años, tiempo del cual desaparecían (salvo por los guerreros que podían ser divinizados), pasado ese tiempo, ya no se conmemoraba la memoria del difunto.

Podemos apreciar que la conmemoración de los muertos en general ocurría en el ocaso del ciclo solar y estaba relacionado con el fin del ciclo agrícola. Esto va a tener correspondencia con la cosmovisión cristiana que retoma de la tradición celta las festividades de la cosecha con el culto a los difuntos. Si bien el actual Día de Muertos parte más de la tradición europea, la idea de que celebrar un día a los niños y otro a los adultos es herencia directa de la cosmovisión mesoamericana. Siguiendo esta cosmovisión, hay tres fechas que están desapareciendo de la tradición popular, el 28 de octubre dedicado a los que tuvieron una muerte súbita como accidentes o que fueron asesinados, el 30 de octubre para a los “limbitos” o bebes que no fueron bautizados y el 31 correspondiente a los niños chiquitos, si llegan a desaparecer sería una pérdida de la herencia que logro sobrevivir de la época prehispánica.

Gracias por su atención y los espero en la siguiente lectura

Federico Flores Pérez

Bibliografía:

Patrick Johansson:

La muerte en la cosmovisión náhuatl prehispánica. Consideraciones heurísticas y epistemológicas, revista Estudios de la Cultura Náhuatl no. 42 UNAM

Nenomamictliliztli: El suicidio en el mundo náhuatl prehispánico, revista Estudios de la Cultura Náhuatl no. 47 UNAM

Eduardo Matos Moctezuma, La muerte entre los mexicas. Expresión particular de una realidad universal, revista especial Arqueología Mexicana no. 52

Imagen: Perro guiando a un muerto ante Mictlantecuhtli, Códice Laud, Lamina 25, estilo Mixteca Puebla, Posclásico.

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