Con el paso del tiempo, las diferencias entre peninsulares y criollos se intensificaron, acompañadas de descalificaciones y acusaciones mutuas. Mientras los peninsulares veían a los criollos como débiles, estos últimos reivindicaban su derecho a participar en el gobierno. Fue esencial para los criollos resaltar los logros de sus compatriotas, incluyendo los alcanzados por los pueblos prehispánicos, como argumento para igualarse a los españoles.
Es importante señalar que los reclamos de exclusión total no eran completamente ciertos, ya que los criollos ocupaban las principales magistraturas judiciales y muchos de ellos optaban por la carrera eclesiástica, ocupando la mayoría de los puestos, con la excepción de los cargos más importantes que eran exclusivos de los peninsulares.
Integrar el pasado prehispánico como parte de la identidad criolla resultó especialmente complicado debido al desconocimiento real de la cosmovisión de los pueblos prehispánicos, que además menospreciaban. Por ello, los criollos se vieron en la necesidad de recurrir a relatos que pudieran asemejarse a los relatos cristianos para establecer un vínculo con la cultura dominante. Aprovecharon la existencia de relatos sobre un dios blanco (actualmente puestos en duda al comparar con otras fuentes), y en el caso novohispano, ese papel lo ocuparía Quetzalcóatl.
El sabio criollo Carlos de Sigüenza y Góngora vinculó a Quetzalcóatl con el apóstol Santo Tomás, intentando así quitar el carácter idolátrico a las civilizaciones indígenas y promover la idea de que fueron uno de los primeros pueblos en recibir el evangelio. La profecía del regreso de Quetzalcóatl y la coincidencia de fechas con la llegada de Cortés en un año dedicado al dios contribuyeron a explicar su carácter providencial y el recibimiento por parte de Moctezuma, estableciendo así una conexión con el occidente cristiano.
El siguiente mito fundamental que respaldaba las reivindicaciones criollas era el de la Virgen de Guadalupe, cuyo relato se extendió hasta 1648, desencadenando una fiebre por la construcción de iglesias y capillas en su honor. El origen de la imagen se atribuye alrededor del año 1532. La santidad de su aparición fue cuestionada por las órdenes mendicantes, las cuales limitaron la proliferación de su culto entre los indígenas. Sin embargo, este empezaba a ganar adeptos en la población española de la Ciudad de México, lo que condujo a un crecimiento gradual del culto local.
El relato de que la aparición se le hizo al indio Juan Diego y que la misma Madre de Dios decidiera manifestarse en las nuevas tierras otorgaba tanto a la Nueva España como a los nativos un papel providencialista. Esto exaltaba la importancia de los criollos al considerarlos herederos de aquellos que presenciaron la manifestación divina.
Gracias por su atención y los espero en la siguiente lectura
Federico Flores Pérez
Bibliografía: David Brading. Los orígenes del nacionalismo mexicano.
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Imagen: Patricio Suárez de Peredo. Alegoría de las autoridades españolas e indígenas, 1809.



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