Con la gradual conversión al islam de los malayos en la península de Malaca y las islas de Sumatra y Java, comenzó una expansión gradual de las redes mercantes a lo largo de los archipiélagos del sudeste asiático. Los habitantes de estas regiones mantenían creencias animistas, centradas en el culto a los espíritus de la naturaleza y a los ancestros, además de tener influencias hinduistas e incluso chinas.
Para los marinos árabes, las islas más allá de las costas de China eran conocidas como al-Waqwaq, nombre derivado de una fruta mítica en forma de mujeres colgadas de los cabellos que, al madurar, producían el sonido «waq-waq», interpretado por los lugareños como augurios. También se les atribuía una gran abundancia de oro y se decía que estaban gobernadas por amazonas, lo cual refleja una influencia de la cultura grecorromana, recordando que los griegos y romanos las conocían como el «Quersoneso dorado».
Durante mucho tiempo, los archipiélagos más allá de Java y Sumatra carecieron de importancia para las redes comerciales de India, Indochina y China, lo que dio lugar a la proliferación de historias fantásticas sobre las islas Waqwaq. La primera descripción cercana a la realidad de estas islas se encuentra en el Kitab Ajaib al-Hind, escrito en el siglo X, lo que puso fin a muchas de las leyendas en torno a estas islas. Posteriormente, estas ideas fueron retomadas en la obra de Al-Idrisi.
Con el aumento de la presencia de marinos en los archipiélagos de Indochina, surgieron historias procedentes de embarcaciones chinas que naufragaban en esas islas. Los sobrevivientes que lograban regresar describían ser recibidos por pueblos gobernados por mujeres, y se les atribuían costumbres caníbales y prácticas frecuentes de piratería. Entre las poblaciones de estas islas, los árabes comenzaron a mencionar a los llamados «Malanaw», «Melanau» o «Ma-la-nu» en chino, localizados al norte de la isla de Borneo y al oeste de Mindanao, cerca de la bahía de Lanao. Estos grupos, al entrar en contacto con las expediciones mercantes, empezaron a adoptar el islam como religión. De ellos surgieron historias sobre la supuesta «Isla de las Mujeres», donde se decía que existía una estructura de gobierno matriarcal.
Las fuentes árabes de la época sobre las islas del Sureste asiático se caracterizan por ser narraciones lúdicas destinadas a contar historias entretenidas que a menudo recogían el folclore regional. Esta situación se vio acentuada por el bloqueo de los puertos chinos a la presencia de comerciantes musulmanes en el siglo X. Por lo tanto, las descripciones que tenemos de la región se basan en gran medida en la fantasía y en relatos folclóricos.
Los primeros en detallar aspectos de los pueblos isleños fueron curiosamente los viajeros andaluces, quienes desempeñaron un papel importante en las rutas comerciales de Oriente durante la Edad Media. Uno de los más destacados fue el afamado cronista tangerino Ibn Batuta, cuya apasionante vida quedó plasmada en su diario. En este relato, Ibn Batuta narra sus aventuras por África, Arabia, Asia Central, la India y China. Durante un viaje en el que fue designado embajador del sultanato de Delhi, conoció un enigmático reino llamado Tawalisi.
Durante esta expedición, ocurrió un accidente al salir de Calicut rumbo a China. Por temor a ser castigado por este incidente, Ibn Batuta intentó llegar lo más rápido posible, partiendo desde las Maldivas. Las descripciones de los lugares que visitó en Indochina, incluyendo Tawalisi, en su diario son bastante superficiales, lo que ha dificultado su identificación y ubicación exacta. Se ha propuesto que Tawalisi podría estar en la costa de Camboya, cerca de Java, en las islas Célebes, en las Molucas o incluso en el archipiélago filipino. Es importante mencionar que el escritor y «padre» de la patria filipina, José Rizal, estaba convencido de que Tawalisi se refería a las Filipinas, específicamente ubicándola en Pangasinán. Realizó cálculos basados en los datos de la crónica y la posterior llegada a Cantón, aunque siempre fue cauteloso al ofrecer una conclusión definitiva. Su propuesta fue aceptada tanto por intelectuales nacionalistas como por el gobierno colonial estadounidense para construir un discurso patriótico filipino, aunque hasta ahora no hay evidencias concluyentes.
Otro cronista andaluz que plasmó sus vivencias en el Océano Índico fue Ibn Said, quien menciona una serie de islas y archipiélagos ubicados en los límites del mundo, en lo que se conoce como el «Mar Circundante». Entre estas menciona las «Islas de las Nubes», la «Isla del Dayyal (el anticristo)», las «Islas del Sol» y las islas «Unfuya», situadas al norte de al-Waqwaq. Ibn Said también repite algunas ideas fantasiosas, como la presencia de sociedades matriarcales (incluyendo Talawasi) y pueblos militaristas.
Se cree que el cronista que se acercó más a identificar a las Filipinas fue Ibn Jurradadbih hacia finales del siglo IX. En sus registros menciona una isla llamada Mayt o al-Mand, ubicada en la ruta de Sumatra a China. La describe como un reino rico que comerciaba aloe y perfumes, y tenía un poderoso ejército, manteniendo frecuentes contactos con China tanto comerciales como diplomáticos. Las fuentes chinas parecen confirmar esta asociación, ya que mencionan un lugar llamado Ma-i que coincide con el nombre prehispánico de Mindoro, «Mait», y con el nombre aristocrático «Gatmaitan». Esto evidencia la presencia comercial china en el archipiélago, donde podían adquirir algodón, dado que las Filipinas eran el único lugar en el sudeste asiático donde se producía.
Todo esto sugiere la existencia de dos rutas marítimas utilizadas por los comerciantes musulmanes para llegar a China: una que pasaba por las costas de Indochina atravesando Champa, y otra que pasaba por Borneo y atravesaba el archipiélago filipino. Incluso hay evidencia de esta última ruta en el registro de una embajada de Ma-i que llegó a la corte del emperador hacia el año 982, posiblemente utilizando naves árabes para su viaje. Sin embargo, el problema con esta teoría es que las fuentes arabo-persas no mencionan una conexión entre Ma-i chino y Mayt. Es posible que la ruta a través del archipiélago filipino no haya sido seguida por árabes y persas, sino por chinos musulmanes, como los Hui, a quienes el gobierno imperial chino encomendó la tarea de encargarse del comercio marítimo. Esto podría explicar la influencia china en las Filipinas y en Brunei.
Además, es importante considerar la influencia cultural en las tradiciones folclóricas, como el caso del mítico pájaro Roc de los persas y el ave Sarimanok de los maranao. Estos elementos son evidencia de los posibles contactos esporádicos que los comerciantes musulmanes mantenían con los indígenas filipinos. Estos encuentros casuales explicarían la persistencia de elementos fantásticos en las descripciones que dejaron sobre estas islas.
Gracias por su atención y los espero en la siguiente lectura.
Federico Flores Pérez.
Bibliografía: Isaac Donoso Jiménez. El Islam en Filipinas (Siglos X-XIX).
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Imagen: Carlos «Botong» Francisco. La princesa Urduja, 1957.



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