Una de las maneras en que los reinos de Indias se mantenían conectados con la monarquía hispánica era a través de las diversas conmemoraciones en torno a los eventos de la familia real. Aunque estas celebraciones solían realizarse con varios meses de desfase debido a las largas distancias de los viajes interoceánicos, nunca faltaban los actos cívicos y religiosos en honor a acontecimientos como el nacimiento de un príncipe, el matrimonio real, la coronación de un nuevo monarca, o el luto por la muerte de algún miembro de la familia real, incluido el propio rey.
Estos actos consistían, generalmente, en que las autoridades virreinales o el sacerdote de la comunidad anunciaban el evento, seguido de la celebración de misas para pedir por el bienestar del monarca o, en caso de fallecimiento, para rogar por la salvación de su alma. Las ciudades con un mayor nivel económico solían añadir a estas ceremonias obras de arquitectura efímera, como arcos de triunfo en celebraciones alegres o catafalcos reales y túmulos funerarios para conmemorar las muertes. Estos monumentos temporales no solo honraban a la familia real, sino que también reafirmaban la conexión simbólica entre las colonias y la monarquía española.
Estas estructuras piramidales de madera, conocidas como catafalcos o túmulos funerarios, estaban adornadas con pinturas religiosas que incluían representaciones de santos, vírgenes, y retratos de los difuntos. Uno de los elementos más curiosos de estas conmemoraciones era la inclusión de escenas satíricas que representaban a la muerte en diferentes situaciones cotidianas, o bien, mostraban al difunto en su forma cadavérica. Estas representaciones provenían de la tradición medieval del memento mori, un concepto que recordaba a las personas la inevitabilidad de la muerte, destacando que, tarde o temprano, esta llegaba a todos, desde campesinos y menesterosos hasta los más poderosos monarcas.
Durante la Edad Media, estas imágenes de la muerte cazando a las almas de los vivos fueron muy populares, ya que simbolizaban la igualdad frente al destino final. Con el tiempo, la costumbre de levantar túmulos funerarios trascendió el ámbito de la realeza y comenzó a utilizarse para honrar a figuras políticas y religiosas locales. Además, las cofradías populares, en especial aquellas dedicadas a asegurar una “buena muerte” para sus miembros, también adoptaron esta práctica, elaborando sus propios túmulos funerarios para recordar a sus difuntos y reforzar la conexión con la idea de la mortalidad compartida.
En España, se han llevado a cabo estudios que analizan numerosos ejemplos de túmulos funerarios a lo largo de la península, mientras que en México han perdurado algunos casos notables, como la pira de Taxco o la de Toluca. En estas representaciones se pueden observar muchos de los elementos que todavía aparecen en las ofrendas modernas, los cuales tienen sus raíces en el barroco español. Las escenas representadas en estos túmulos seguían un discurso preestablecido, donde la muerte jugaba un papel central como la gran igualadora social.
La muerte era mostrada de diferentes formas, desde una figura amigable que guiaba a los buenos cristianos hacia un destino seguro, hasta una cazadora aterradora que condenaba a los pecadores al purgatorio o al infierno. Una de las representaciones más curiosas era la de la muerte vestida como un doctor de la iglesia o con ropajes reales, simbolizando la importancia de “saber morir”. Estas imágenes transmitían el mensaje de que, aunque la muerte era infalible y poderosa, no podía superar a Dios. Este punto quedaba claro en la representación de la resurrección de Jesús, donde la muerte era derrotada, demostrando que no podía extinguir la llama de la fe en Cristo y que había un poder superior que la trascendía.
El túmulo funerario representaba el ataúd del difunto, con varios niveles forrados con telas negras sobre las que se colocaban pinturas religiosas. Uno de los elementos más impactantes era la calavera con bonete y gola, que cumplía una función aleccionadora para los asistentes. Esta imagen de la muerte no se mostraba como una adversaria de Dios, sino como una maestra que guiaba a los vivos en el camino de la buena muerte, enseñándoles cómo alcanzar el cielo cuando su momento llegara.
La riqueza y ornamentación que adquirieron los túmulos los convirtieron en un símbolo de estatus, volviéndose tan costosos que las autoridades llegaron a prohibirlos o a imponer multas por su elaboración. No obstante, las familias adineradas podían permitirse estos gastos sin problema y los pagaban para exhibir su prestigio. Originalmente, estos túmulos consistían en biombos colocados de manera teatral alrededor de un ataúd simbólico. Sin embargo, con el tiempo adoptaron una forma piramidal, lo que facilitaba tanto su instalación como el desmonte de sus componentes.
A medida que esta tradición se arraigó entre los novohispanos, los elementos caros fueron paulatinamente reemplazados por decoraciones más accesibles. Así surgieron detalles como el papel picado con imágenes de la muerte y las figuras de alfeñique, que hoy en día son fundamentales en la tradición mexicana del Día de Muertos. Este proceso refleja cómo un elemento que inicialmente rendía culto al rey se adaptó al contexto local, integrándose en las costumbres populares.
Gracias por su atención y los espero en la siguiente lectura.
Federico Flores Pérez.
Bibliografía: Benito Rodríguez Arbeteta. Notas sobre los catafalcos de la monarquía hispánica y su simbolismo, a la luz de sus ejemplos físicos (siglos XVII y XVIII). El conjunto pictórico de Taxco, del Boletin de Monumentos Históricos. Tercera época no. 37
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Imagen:
Izquierda: Catafalco de Toluca, siglo XVIII
Derecha: Túmulo funerario de Torre Esteban Hambrán, España, siglo XVIII.



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