Los cambios en los ritos funerarios del siglo XIX

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La Ilustración fue movimiento cultural en Europa en el que los gobiernos intentan desterrar a la religión y las supersticiones en favor de la racionalidad, presencia que llega a México desde el siglo XVIII durante el virreinato con las reformas borbónicas, destacando en el acotamiento del poder de la iglesia en favor de la conformación del poder del estado. Uno de estos cambios lo tenemos en la disposición de las tumbas, las cuales se tenía la costumbre de enterrarse en los atrios de las iglesias y que representaba un importante foco de infección debido a su posición céntrica (aunque guiada por la teoría de las miasmas), por lo que se empiezan a disponer de espacios fuera de las ciudades que servirían de cementerios, llegando a representar un profundo cambio en la forma en que se conmemoraban a los muertos.

Uno de los primeros cementerios fundados en la Ciudad de México fue el de Santa Paula en 1784, siguiendo los ideales la ilustración al ponerlo en un sitio alejado de la zona urbana y en un sitio ventilado para impedir que la “pestilencia” se propagase. Esta iniciativa a pesar de tener la aprobación del clero no impidió que tuviese rechazo popular, ya que rompía con sus tradiciones y sobre todo afectaba la idea de prestigio que daba el ser enterrado en la cercanía del altar mayor de la iglesia o acabar con la protección sobrenatural que ofrecían los muertos. La oposición popular, la falta de recursos para trasladar los cementerios fuera y la prioridad que se dio a otros rubros como la guerra provocaría que algunas poblaciones lograran ampararse para la implementación de los cambios, además de que los religiosos no estaban dispuestos a perder los recursos que les podían proporcionar las limosnas por los servicios funerarios.

Con la llegada de la independencia, la nueva clase política estaba imbuida en los ideales racionales y pensaban implementar muchas de las iniciativas borbónicas que quedaron sin cumplirse, como fue el caso de los cementerios que solucionaron con la construcción de capillas para poder servir a los servicios religiosos. La racionalidad llego en la clasificación de los muertos según su edad y sexo, otorgando espacios para las tumbas que fomentaban la individualidad de los muertos en contraposición del anonimato del camposanto de las iglesias, cuyos espacios poco a poco fueron reemplazados para ceder su lugar a los modernos cementerios. La individualización de los espacios dio lugar a que surgiera la oportunidad de que hubiera una mayor creatividad para recordar al difunto, como el caso de los epitafios donde se hizo costumbre acompañarlos de un mensaje en forma de pensamiento o un poema con los deudos querían dejar testimonio sobre los que quien fue, aunque también el propio muerto en vida pudo haber dejado por escrito su epitafio. También de esta época nos llegan los primeros mausoleos que serían un importante vistazo a la arquitectura de la época, alcanzando alturas de hasta 5 m. y muchas veces simulando capillas, destinados a los personajes importantes o adinerados del momento.

El temor que tuvieron los religiosos de que perderían su fuente de ingresos no llego a tal, ya que siguieron ostentando del control de los cementerios, haciendo que se convirtieran en lugares exclusivos para católicos, que en un pasado no representaba problema por los pocos visitantes extranjeros que llegaban durante el virreinato, pero la independencia abre al país para inversionistas y migrantes que no compartían la fe como los ingleses y estadounidenses, por lo que en caso de morir no podían ser enterrados en ellos. Dado este problema y que la apertura hacia el mundo haría que otras religiones llegaran a México o las arbitrariedades que cometía el clero como el negar el espacio a los que no cubrían los gastos del entierro, los liberales también ponen en su agenda la de despojar del control de la iglesia los cementerios para que pasasen al control del estado, cosa que se logra con las leyes de Reforma aduciendo la necesidad sanitaria de ofrecer un espacio donde se sepulten a todos, aboliendo el monopolio iglesia y permitiendo que tanto particulares como comunidades extranjeras establecieran los suyos propios.

El estado pasa a ser administrador de los cementerios y de su cuidado como de su mantenimiento, pero sin dejar de lado la necesidad de dar lugar a las ceremonias religiosas correspondientes, aunque estas estaban a cargo de un capellán que a pesar de ser sacerdote trabajaba para el estado. Fue en 1859 cuando Benito Juárez profundiza las disposiciones y empieza a quitar toda clase de control de la iglesia sobre esos espacios, dejando entrever que los cementerios podrían ser usados por cualquier persona sin importar su religión, provocando las protestas de los religiosos que argumentaban la necesidad de que el camposanto retuviera su carácter católico. Para ir fortaleciendo el nacionalismo alrededor del estado y no de la religión, el gobierno empieza a formar espacios en los panteones civiles donde serian enterrados las personas que lucharon por el país, naciendo las “Rotondas de los Hombre Ilustres”, siendo el primero el del Panteón de Dolores en 1872, apuntalando al nacionalismo como la nueva ideología en la que los mexicanos.

El primer panteón privado al que se le dio la concesión fue al de La Piedad en la Ciudad de México en 1871, siguiendo el de Dolores y los de diferentes comunidades extranjeras como el Panteón Español, el Frances, el Guadalupe-Tepeyac terminando con el Americano, el Monte Sinaí y Alemán en Tacuba. Esto dio lugar a que nacieran nuevas empresas privadas que se pudieran dedicar al sector funerario y que aseguraba a las familias un espacio donde tenían asegurado podía estar los restos de sus difuntos, aunque también dio lugar a que se generaran contratos que iban a determinados años o a perpetuidad y ofreciendo espacios que fuesen dignos, higiénicos, elegantes y de buen gusto para que los muertos sean homenajeados como se debe. En esta segunda mitad del siglo XIX desaparece la costumbre de los epitafios y se empiezan a erigir tumbas más ornamentadas, haciendo que el oficio de escultores y canteros fuese más requerido ante el aumento de la construcción de mausoleos y criptas con esculturas dando espacio a la arquitectura neogótica, completándose la misión de secularizar la muerte por parte del gobierno.

Gracias por su atención y los espero en la siguiente lectura

Federico Flores Pérez

Bibliografía: Alma Victoria Valdés Dávila. Tumbas y cementerios en el siglo XIX mexicano, del Boletín de Monumentos Históricos, Tercera Época, no 19.

Imagen: Panteón Civil de Dolores, Ciudad de México, mediados de siglo XIX. Fuente: https://www.mexicodesconocido.com.mx/panteones-que-tienes-que-conocer-mexico.html

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