Los bultos sagrados, el culto a los fundadores de los pueblos.

A diferencia de las muertes comunes, destinadas al olvido, las clases gobernantes gozaban del privilegio en el más allá de transformarse de simples humanos en ancestros deificados. Estas figuras pasaban a ser protectores de las poblaciones que gobernaron, o incluso eran considerados reencarnaciones o advocaciones de los dioses. Para su culto, era suficiente reunir los restos del gobernante junto con otros objetos de carácter mágico, formando así el bulto sagrado o tlaquimilolli. Esta palabra náhuatl significa “envolver en mantas” o “amortajar al muerto,” y en el caso de los dioses, estos bultos contenían objetos que se creía habían sido utilizados durante sus aventuras en la tierra. Estos objetos se convertían en reliquias que permitían entrar en contacto con lo divino.

Estos bultos sagrados eran custodiados por una persona encargada de comunicarse con el dios y portarlos en ceremonias, en el campo de batalla, o incluso durante migraciones en busca de un nuevo asentamiento. La deidad, a través de su intérprete, señalaba el lugar donde el grupo debía establecerse. Además, estos objetos sagrados tenían un papel destacado en la ceremonia del Fuego Nuevo. Se dice que los tlaquimilolli de Huitzilopochtli y Mixcóatl incluían flechas, pedernales y palos para encender fuego. Esto representa una referencia directa a las armas de Huitzilopochtli, como el xiuhcóatl o “serpiente de fuego,” otorgando un carácter sagrado a la ceremonia, en la que las familias de la Cuenca de México recibían el fuego sagrado del dios de la guerra.

Mixcóatl, como dios de la caza, era visto como proveedor de alimento para su pueblo, y su papel en los sacrificios por flechamiento era fundamental. Sus reliquias, consistentes en arco y flechas, se usaban en ritos especiales, como el de los tlaxcaltecas con Camaxtli (una advocación de Mixcóatl). En este ritual, lanzaban la flecha sagrada hacia el enemigo para predecir el resultado de la batalla: si la flecha lograba matar a alguien, era señal de victoria; si fallaba, indicaba retirada.

La presencia de los ancestros sagrados y dioses patronos era fundamental en los ritos de entronización de los gobernantes, pues legitimaba su autoridad como reyes o tlatoani. Este proceso ritual implicaba una serie de privaciones para el heredero, quien experimentaba una “muerte ritual” para renacer como encarnación de un dios. Al finalizar la ceremonia, el nuevo gobernante vestía los atuendos atribuidos a deidades, como Huitzilopochtli y Tezcatlipoca, este último considerado el dios tutelar de la nobleza entre los mexicas.

Estos bultos sagrados no solo afirmaban la autoridad del gobernante, sino que otorgaban estabilidad y cohesión a la comunidad. Como receptáculos que permitían la comunicación con los dioses, aseguraban la protección divina contra las amenazas espirituales que podían poner en riesgo su existencia. En caso de abandono de la ciudad, era necesario llevar a cabo una ceremonia de “exorcismo” de las deidades, permitiendo la movilidad del tlaquimilolli sin deshonrar a los dioses ni a los ancestros. Para ello, se realizaban varios rituales en los que se desacralizaban los edificios religiosos, permitiendo que estos fueran abandonados sin ofensa divina.

El culto a los bultos sagrados implicaba ofrecerles elementos similares a los destinados a las deidades, tales como copal, tabaco, alimentos, e incluso sacrificios de animales, como codornices, o sangre obtenida mediante autosacrificios para “revitalizarlos”. Estos objetos sagrados también ocupaban un papel central en actos de comunión entre la deidad y el pueblo. Un ejemplo significativo de ello es el ritual en el que se moldeaba el cuerpo de Huitzilopochtli con masa de amaranto y miel, lo cual constituía un momento de veneración.

Tras el periodo de culto, la estatua de masa era repartida en trozos que los miembros de la comunidad consumían. Este acto representaba una reafirmación de su identidad como descendientes de la deidad y confirmaba su pertenencia a ella. Consumir el “cuerpo” del dios simbolizaba el compromiso de la comunidad de continuar el servicio y culto a su divinidad tutelar.

Con la conquista, los frailes buscaron erradicar el culto a los bultos sagrados, destruyendo aquellos que hallaban en su camino. Un ejemplo de esto ocurrió durante la conquista del Nayar, donde quemaron la momia de un gobernante huichol que se utilizaba como bulto sagrado. Sin embargo, esta represión no logró extinguir la práctica, que pasó a la clandestinidad bajo el resguardo de ciertas familias.

Uno de los misterios pendientes es la ubicación del bulto fundacional de México-Tenochtitlan, el cual permanece oculto hasta la fecha. En la actualidad, las comunidades indígenas de zonas rurales han mantenido viva esta religiosidad mesoamericana. Un ejemplo son algunas comunidades de Guerrero, donde una familia específica se encarga de cuidar y ofrecer tributos al bulto sagrado de la comunidad, que a menudo consiste en figuras de origen prehispánico.

La religiosidad basada en los bultos sagrados de las comunidades indígenas puede abordarse desde distintas perspectivas. Por un lado, es una muestra del culto a los muertos en Mesoamérica, pero a su vez revela diferencias importantes en el homenaje recibido según el estatus del fallecido. El propósito de este culto no era recordar a todos los difuntos, sino honrar a una clase social particular que se consideraba esencial para la supervivencia cósmica de la sociedad. Pertenecer a la clase gobernante otorgaba un rol trascendental, elevándolos por encima de los demás en la estructura espiritual.

Junto a esta clase privilegiada se incluían a guerreros, sacrificados y personas fallecidas en relación con el agua, quienes mantenían el equilibrio del mundo y permanecían activos en su función espiritual después de la muerte. En contraste, el resto del pueblo común, al morir, enfrentaba una transición simple hacia el Mictlán y, finalmente, el olvido, habiendo cumplido su rol en el plano terrenal.

Gracias por su atención y los espero en la siguiente lectura.

Federico Flores Pérez.

Bibliografía: Guilhem Olivier. Los bultos sagrados. Identidad fundadora de los pueblos mesoamericanos, de la revista Arqueología Mexicana no. 106.

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Imagen: Señores presentados como bultos mortuorios con adornos rituales. Códice Nuttall, lam. 20, Posclásico Temprano, cultura mixteca.

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