Las resistencias contra la reelección de Juárez.

Desde el inicio de su presidencia interina en 1857, que asumió por ser el presidente de la Suprema Corte, Benito Juárez hizo todo lo posible por mantenerse en el poder y, con ello, garantizar la consolidación del nuevo orden constituyente. Además de enfrentar la resistencia armada de los conservadores y de los invasores franceses, tuvo que lidiar con los mismos liberales, quienes también deseaban hacerse del poder en el ámbito político.

Contra viento y marea, Juárez logró mantenerse al frente del liderazgo de la nación y poner fin a los conservadores, derrotando al Segundo Imperio al entrar en la capital en julio de 1867. Este hecho le generó una gran popularidad dentro de la sociedad, además de contar con el respaldo de los militares republicanos que, a lo largo de la guerra, respetaron su autoridad y lo mantuvieron al mando debido a las extraordinarias circunstancias en las que se encontraba el país. Una excepción fue el caso de Jesús González Ortega, quien en 1865 intentó convocar a elecciones, lo que dio a Juárez motivos para despedirlo de su cargo, condenándolo a su exclusión de facto de la política.

Según los tiempos políticos de entonces, el mandato de Juárez debía terminar el 30 de noviembre de 1865. Sin embargo, la crisis que se vivía en el país hizo que los mandos militares decidieran mantenerlo como presidente para darle solidez a la causa republicana y evitar divisionismos políticos.

Con miras a restaurar el orden constitucional, Juárez convocó a elecciones para diciembre de 1867, las cuales fueron organizadas por el mismo Congreso y decidieron otorgarle la reelección. En esta contienda apareció por primera vez la figura del general Porfirio Díaz, quien, confiado en su prestigio y en las hazañas alcanzadas durante la guerra, pensó que serían suficientes para iniciar su carrera política. Sin embargo, la realidad era que el país estaba muy agradecido con quien había logrado expulsar a los invasores.

Así, Juárez pudo mantenerse al frente de los esfuerzos para lograr la restauración republicana. Se iniciaron algunos proyectos de reconstrucción económica nacional, como la construcción de las líneas ferroviarias de Tehuantepec y México-Veracruz. También se ordenó la liquidación de la deuda interna, se destinaron fondos a los gobiernos municipales y se sentaron las bases para la educación pública superior y profesional.

Lamentablemente, la actitud de Juárez dejó mucho que desear, ya que aprovechó su posición de poder para eliminar a sus opositores políticos. Su primer objetivo fueron los conservadores, quienes, tras diez años de lucha estéril, abandonaron su participación en la política. Sin embargo, también tuvieron que enfrentar la persecución del gobierno, que, aunque conmutó las penas de muerte, exilió a una gran mayoría, confiscó sus bienes o los encarceló. Solo algunos conservadores arrepentidos fueron premiados con puestos honoríficos, lo cual provocó el descontento de los liberales.

Dentro del partido liberal, si bien la candidatura de Díaz fue marginal y tuvo poco apoyo, esto permitió que Juárez iniciara una persecución política contra quienes lo respaldaron y contra aquellos que se manifestaron como opositores. Además, surgió un discurso oficialista que otorgaba todo el mérito del triunfo de la guerra al presidente, lo cual molestó a varios militares republicanos que se sintieron menospreciados.

Para la elección de diputados del Congreso y de poderes locales, el gobierno se encargó de excluir a los políticos opositores o a quienes se asociaron con ellos, colocando únicamente a incondicionales juaristas. Esto provocó una división dentro de los liberales y surgió una resistencia que no descartaba el uso de las armas para derrocarlo, reavivando el viejo vicio de la anarquía política.

El primero en intentar hacer frente a Juárez fue el veterano general y expresidente Antonio López de Santa Anna, quien quiso regresar a la vida política al intentar desembarcar en Sisal, Yucatán, en julio de 1867. Sin embargo, el barco de vapor en el que viajaba fue interceptado por un buque del gobierno y Santa Anna fue llevado a San Juan de Ulúa para ser juzgado como traidor a la patria. No obstante, la figura senil y patética del general hizo que decidieran enviarlo al destierro en lugar de ejecutarlo.

El conflicto sostenido entre el gobierno y los liderazgos locales provocó que las primeras rebeliones antijuaristas comenzaran en puntos distantes entre sí. Un ejemplo de esto fue a inicios de 1868 en Yucatán, con la sublevación de Marcelino Villafaña, y en Sinaloa, donde los coroneles Ángel Martínez, Adolfo Palacios, Jesús Toledo y Jorge García se alzaron contra el gobernador Domingo Rubí. Ambas rebeliones fueron rápidamente sofocadas, la primera por el general Ignacio R. Alatorre y la segunda por el afamado Donato Guerra.

A partir de entonces, comenzaron a proliferar una serie de pronunciamientos en contra del régimen. Entre ellos destacaron el de Felipe Mendoza en Perote, el de Aureliano Rivera y Miguel Negrete en Puebla, el de los coroneles Francisco Aguirre y Pedro Martínez en San Luis Potosí, y los de Trinidad García Cadena y Amado Guadarrama en Zacatecas y Jalisco. Además, hubo otros levantamientos de menor importancia en el Estado de México, Hidalgo y Morelos. Incluso el hijo de Santa Anna, Ángel Santa Anna, intentó alzarse en armas contra Juárez desde Xalapa.

A pesar de esta serie de pronunciamientos, su carácter aislado y la falta de coordinación facilitaron al gobierno de Juárez su supresión. Contaba con el respaldo de una pléyade de generales del ejército liberal, como Ramón Corona, Sóstenes Rocha y Mariano Escobedo, quienes se encargaron de coordinar los movimientos de represión.

Para tratar de calmar los ánimos, en 1870 se expide una ley de amnistía para los enemigos políticos, que incluía tanto a los imperialistas (con excepción del arzobispo Pelagio Antonio Labastida y los generales José López Uraga y Leonardo Márquez) como a los recién levantados. Esto provocó que el partido liberal comenzara a dividirse de cara a las elecciones de 1871 y eligiera a sus candidatos para disputarle el poder a Juárez.

Por un lado, estaba Sebastián Lerdo de Tejada, quien se había mantenido cerca de Juárez durante la guerra y había demostrado sus dotes como político, proponiendo las principales acciones del gobierno itinerante. Era considerado un gran estadista. Por otro lado, se encontraban los militares partidarios de la candidatura de Díaz, mientras que el ministro de Guerra, Ignacio Mejía, proponía la reelección del presidente.

Así, Juárez decidió participar para seguir manteniéndose en el poder, aprovechando el prestigio que aún conservaba al ser visto como el protector de la patria. Además, confiaba en la fuerza que le brindaba el ejército para eliminar a sus oponentes. Sin embargo, esto no evitó que crecieran las simpatías hacia Lerdo dentro del sector gubernamental y hacia Díaz entre los veteranos.

Gracias por su atención y los espero en la siguiente lectura.

Federico Flores Pérez.

Bibliografía: Ignacio Manuel Altamirano. La Guerra Civil de 1867-1871 original de la “Revista histórica y política. México desde 1821 hasta 1882” y reeditado en la revista Relatos e historias en México no. 134.

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Imagen: Anónimo. A dos garrochas no hay toro valiente, 03-08-1871.

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