Las primeras comunidades cerámicas de la Cuenca de México.

El territorio de los lagos en la Cuenca de México fue especialmente fructífero para las primeras poblaciones humanas, que aprovecharon tanto los recursos lacustres como la abundancia de grandes mamíferos, como los mamuts. De estos animales se han encontrado numerosos restos fósiles, algunos de los cuales presentan evidencias de haber sido cazados. Sin embargo, aún existen importantes lagunas de conocimiento sobre cómo se dio la transición de las sociedades cazadoras-recolectoras hacia las agrícolas y aldeanas.

A pesar de estas incertidumbres, las evidencias materiales que han salido a la luz son significativas. Una de las más notables es la rica tradición cerámica, que revela aspectos de la vida cotidiana de estas sociedades, incluyendo detalles sobre sus vestimentas, aditamentos y costumbres funerarias. Estas piezas, muchas veces asociadas con contextos funerarios, han servido para aproximarnos a su organización social y cultural.

Desde el siglo XIX, estas cerámicas despertaron un gran interés entre los coleccionistas extranjeros. Fascinados por sus características estilísticas, calificaron sus rasgos como «arcaicos». Muchas de estas piezas fueron halladas en pueblos alrededor de la Ciudad de México, como en Copilco, donde los viajeros documentaron la existencia de restos arqueológicos bajo el Pedregal de San Ángel. Algunos incluso llegaron a vincular estas evidencias con la recién identificada cultura olmeca.

Los primeros trabajos serios sobre los vestigios arqueológicos de la Cuenca de México se llevaron a cabo gracias a la doctora Zelia Nuttall en 1902. Nuttall destacó las diferencias entre estos vestigios y los mexicas, marcando un punto de partida en el estudio de estas antiguas culturas. Más tarde, en 1909, Manuel Gamio retomó la investigación con un enfoque científico, como lo demuestran sus excavaciones en San Miguel Amantla, Azcapotzalco. Allí, a través de análisis estratigráficos, identificó un orden cronológico descendente que incluía vestigios mexicas, teotihuacanos y lo que los primeros especialistas denominaron «Civilización de los Cerros». Este término surgió al hallarse figurillas en las lomas y montañas circundantes a la Ciudad de México.

Inicialmente, Gamio propuso que estos vestigios pertenecían a las poblaciones otomíes, considerados como los habitantes originarios de la cuenca. Por otro lado, Herbert Spinden planteó una teoría diferente, vinculando estas evidencias con un proceso civilizatorio más amplio relacionado con la sedentarización basada en el cultivo del maíz, que podría abarcar desde Mesoamérica hasta Sudamérica.

En la década de los veinte, se produjeron avances significativos gracias a los trabajos de Byron Cummings en Cuicuilco, donde sus excavaciones revelaron cerámica asociada a este antiguo asentamiento. Esto fue complementado por investigaciones de Manuel Gamio y George Vaillant en sitios al norte de la Ciudad de México, como Zacatenco, Ticomán y El Arbolillo. Estos lugares fueron identificados como más antiguos que Copilco, proporcionando un marco cronológico más amplio para comprender el desarrollo de las primeras culturas de la cuenca.

A partir de 1928, George Vaillant exploró estos sitios localizados en las faldas de la Sierra de Guadalupe iniciando con Zacatenco, enfrentándose a problemas significativos en la preservación de los vestigios debido a su ubicación en bancos de barro explotados por ladrilleras. Este mismo problema afectó otros sitios como Tlatilco, y la urbanización posterior también contribuyó a la pérdida de un contexto arqueológico importante.

En Zacatenco, considerado el más antiguo de los tres sitios según los estudios estratigráficos, predominaba la cerámica de color bayo con superficies lisas. Principalmente se producían cajetes, algunos decorados con incisiones. También sobresalía la creación de figurillas antropomorfas, caracterizadas por rasgos faciales exagerados logrados mediante pastillaje o incisiones.

Con el tiempo, la cultura Zacatenco experimentó cambios significativos en sus prácticas cerámicas. Se incorporaron arcillas de colores blanco, negro y amarillo, algunas de origen foráneo, mientras que la cerámica roja se mantuvo como base. Este periodo vio una diversificación en las formas de vasijas y un declive en el uso de los cajetes. Además, las figurillas comenzaron a mostrar rasgos olmecoides, lo que evidencia un aumento en los contactos culturales con otros pueblos, reflejando una mayor integración dentro de las redes de interacción regional en Mesoamérica.

Entre 1929 y 1930, George Vaillant llevó a cabo exploraciones en el sitio de Ticomán, considerado el sucesor de Zacatenco por las evidencias de avances en la manufactura cerámica. Este desarrollo se observa en un aumento en la producción de ollas, lo que está relacionado con una mayor dependencia de una dieta basada en el maíz y una disminución de la recolección de alimentos del entorno natural. Además, destaca la presencia de cerámica roja sobre amarillo decorada con esgrafiado.

La evolución de la habilidad alfarera de los habitantes de Ticomán permitió una diversificación tanto en los acabados de las piezas como en los tipos de utensilios producidos. Entre los objetos elaborados se encuentran sellos, canicas, orejeras, silbatos, cuentas de collar y cucharas. Este aumento en la producción cerámica y la variedad de objetos fabricados reflejan el arraigo del modelo de vida aldeano, donde una parte de la población se dedicaba al cultivo de la tierra y otra se especializaba en la producción alfarera.

El auge de la alfarería en Ticomán sugiere que sus habitantes comenzaron a integrarse en las nacientes rutas de intercambio, marcando un avance significativo en la complejidad socioeconómica de la región y consolidando su lugar dentro de las redes de interacción mesoamericanas del periodo Preclásico.

El siguiente sitio analizado por George Vaillant fue El Arbolillo, contemporáneo de Zacatenco, pero con características que lo distinguen. Una de las principales diferencias es la mayor presencia de cerámica negra, que coexistía con la cerámica rojiza. Además, este sitio muestra un aumento significativo en la cantidad y calidad de figurillas humanas, las cuales presentan un mayor desarrollo técnico y estilístico en comparación con las de Zacatenco. Se considera que estas comunidades fueron precursoras tanto de la cultura de Tlatilco como de las poblaciones que posteriormente habitaron Teotihuacan.

Estas culturas cerámicas florecieron entre el 1500 y el 400 a.C., un periodo en el que la región comenzó a integrarse en una creciente red de intercambio con las áreas circundantes. Un ejemplo de esta interacción es Gualupita, en Morelos, donde se ha encontrado cerámica vinculada al estilo de Ticomán. Se piensa que uno de los principales motores de estos intercambios fue el acceso a los yacimientos de obsidiana ubicados al norte de la Cuenca de México.

La posición estratégica de la región favoreció la confluencia de dos importantes tradiciones en expansión durante el Preclásico: la olmeca, con su bastión en Tlapacoya, Ixtapaluca, y la de Chupícuaro, cuya influencia predominó en el occidente y norte de la Cuenca. Por ello, en las culturas cerámicas de esta región es común observar, en distintos periodos, elementos de ambas tradiciones, reflejando la diversidad y complejidad cultural del periodo.

Gracias por su atención y los espero en la siguiente lectura.

Federico Flores Pérez.

Bibliografía: Eduardo Noguera Auza. La ceramica arqueologica de Mexico.

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Imagen:

Izquierda: Figurilla antropomorfa, Zacatenco, Ciudad de Mexico, Preclasico medio.

Centro: Figurilla antropomorfa, Ticoman, Ciudad de Mexico, Preclasico medio.

Derecha: Figurilla antropomorfa, El Arbolillo, Ciudad de Mexico, Preclasico medio. 

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