Las labores políticas para la integración mexicana de Guatemala.

En julio de 1822, Vicente Filísola emitió su primera proclama dirigida a la sociedad guatemalteca, en la que informaba acerca de los compromisos del imperio para defender los principios de la trigarancia. Principalmente, negaba la posibilidad de que el nuevo orden mexicano cometiera los mismos errores que España, asegurando la garantía de libertades que no se experimentaron durante su mandato.

En especial, reconocía a la incipiente clase política chapina como capaz de hacer valer sus derechos en el nuevo orden político. Confirmaba la continuidad con los procesos democráticos surgidos del constituyente de Cádiz, asegurando su debida representación dentro del Congreso mexicano para permitirles participar activamente en la política imperial.

Esta apertura fue aprovechada por las provincias guatemaltecas rebeldes, las cuales se acogieron a la promesa de autonomía para integrarse en el orden mexicano. Esto se evidenció con Chiapas, Nicaragua y Comayagua, que consideraron válidas estas disposiciones y solicitaron la misma asignación de representantes. Esta solicitud fue aceptada, formalizando así su ruptura con Guatemala.

La única provincia que logró garantizar la presencia de sus representantes fue Chiapas. La cercanía geográfica, el respaldo de Oaxaca y las intervenciones de Manuel Mier y Terán y Juan Francisco de Azcarate aseguraron la participación de los diputados de Ciudad Real (San Cristóbal de las Casas), Tuxtla, Chiapa, Comitán y el cabildo eclesiástico. Con esto, se formalizaron las intenciones de consolidar la adhesión definitiva a México.

Sin embargo, las demás provincias centroamericanas no tuvieron la misma suerte debido al bloqueo guatemalteco. La única excepción fue San Salvador, que desde un principio contó con el respaldo de Juan de Dios Mayorga. Aprovechando su posición como diputado de Chiquimula, informó en el Congreso los reclamos de la oposición salvadoreña. No obstante, los representantes de Honduras y Comayagua no tuvieron éxito al intentar superar el obstáculo impuesto por las autoridades guatemaltecas. Este contratiempo resultó en que no llegaran a la inauguración de las sesiones, quedando excluidos de las primeras disposiciones. No se hizo ningún intento mínimo para exigir a Guatemala que permitiera su paso o para retrasar los trabajos legislativos. Esto provocó la protesta del diputado por Quetzaltenango, Cirilo Flores, quien formaba parte del movimiento para separar los Altos de Guatemala y abogaba por el autonomismo centroamericano en favor de México, abandonando su curul.

El resto de los representantes centroamericanos llegaron después de la inauguración del Congreso en febrero de 1822. Como resultado, la delegación guatemalteca tuvo que ser representada por suplentes mexicanos y solo contaba con la presencia del coronel salvadoreño Pedro Lanuza y el párroco costarricense Florencio del Castillo. Las demás provincias guatemaltecas y los territorios autónomos llegaron en julio, ya que carecían de recursos para realizar el viaje.

Dado que el gobierno guatemalteco exigía que los diputados costearan sus propios viáticos para presentarse en la Ciudad de México, se dificultaba que Centroamérica pudiera cubrir la cuota asignada de 40 diputados. Esta cifra, exagerada y determinada por el gobierno guatemalteco, buscaba tener la mayor representatividad posible. Se basaba en el criterio de Cádiz, que otorgaba un diputado por cada 27,000 habitantes, conformando la quinta parte del Congreso. Con esto, Iturbide buscaba ganarse la adhesión de Centroamérica. Sin embargo, los representantes centroamericanos nunca ocuparon los lugares asignados y solo lograron llegar 21, número que se redujo debido a enfermedades, abandono o persecución por parte de Iturbide cuando disolvió el Congreso en octubre.

Uno de los problemas a resolver dentro del legislativo mexicano fue garantizar la autonomía de las provincias centroamericanas con respecto a Guatemala, ya que esta autonomía fue la premisa para aceptar la anexión a México. Sin embargo, dentro de las dinámicas de las élites chapinas, se esperaba que al aceptar la adhesión, Guatemala pudiera mantener su supremacía sobre Centroamérica.

Por un lado, la Junta de Guatemala reafirmaba su soberanía sobre las provincias rebeldes, desconociendo los plebiscitos de adhesión realizados un año antes. Aumentando la incertidumbre, el Congreso no reconocía oficialmente la autonomía de estos territorios, a pesar de los esfuerzos de sus diputados por cumplir con este requisito. Uno de los puntos más delicados fue la asignación de tropas mexicanas en Guatemala para sofocar la rebelión salvadoreña. Lanuza exigía la llegada de 35,900 efectivos, algo que Carlos María de Bustamante debatiría, ya que solo estaba dispuesto a enviar 20,000. Los guatemaltecos manejaron a su favor la importancia de llevar a cabo la «Doctrina Iturbide», donde Centroamérica jugaba un papel primordial en la posición geopolítica del imperio.

A medida que pasaba el tiempo, se hacía evidente que las promesas hechas por Iturbide eran irrealizables debido a la multiplicidad de intereses locales que habían respaldado su gestión de adhesión. La única provincia que logró consolidar su adhesión a México fue Chiapas, reconocida previamente por la Soberana Junta Provisional gracias a los esfuerzos de Mier y Terán.

En ese contexto, comenzaba a surgir un sector que abogaba por una integración efectiva de Centroamérica. Por un lado, Mayorga defendía los intereses de los salvadoreños, abogando por el respeto a la voluntad popular a través de medios pacíficos. Por otro lado, Bustamante se oponía al modelo monárquico y al liderazgo de Iturbide, calificándolo de tirano.

Finalmente, el Congreso ratificó la unión de las provincias del Reino de Guatemala al imperio, pero la posición con respecto a la rebelión salvadoreña quedó ambigua. Este asunto sería tratado de manera personal tanto por Iturbide como por parte de su séquito, que pertenecía a la élite chapina.

Gracias por su atención y los espero en la siguiente lectura.

Federico Flores Pérez.

Bibliografía: Mario Vázquez Olivera. El Imperio Mexicano y el Reino de Guatemala. Proyecto político y campaña militar, 1821-1823.

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Imagen: Anónimo. Ilustración de un águila con las alas extendidas, parada en su pata derecha sobre un nopal y portando una bandera con la leyenda “Livertad”, principios de siglo XIX.

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