Las haciendas, pueblos, villas y ciudades del siglo XVII

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El punto intermedio lo representaron las haciendas, donde la producción estuvo encabezada por los españoles u órdenes religiosas quienes dedicaban a administrar y dirigir la mano de obra de los indígenas que buscaban tener mayores ingresos. En un inicio, empezaron a proliferar en las cercanías de las grandes ciudades, pero conforme fue creciendo el avance del dominio español y las epidemias ejercían sus efectos, fueron expandiéndose a lo largo del territorio virreinal llegando a todos sus rincones, siendo las de tierra caliente las que se especializaron en el cultivo de la caña y el cacao, las del Bajío y Jalisco para los cereales, las de Zacatecas, San Luis Potosí y Parral en la minería de la plata y las del norte en la ganadería. Al poseer grandes extensiones de tierra, así como la infraestructura necesaria les permitía ser autosustentables y además tener una producción que les permitiese vender en los mercados locales o mandar a las grandes ciudades si su producción era muy grande.

Su división laboral se dividía principalmente en peones que los constituían principalmente indígenas que recibían un pago ya sea en dinero o en especie, los trabajadores especializados como cañaveleros o vaqueros que lo formaban españoles pobres, mestizos, negros libre o mulatos, los aparceros, arrendatarios y aparceros quienes les rentaban las tierras disponibles a las haciendas, los trabajadores estacionales que por realizar los trabajos de la hacienda se les permitía cultivar las tierras a manera de pago y los mayordomos quienes estaban a cargo de la hacienda en caso de que se ausentase el patrón y echaba de mano de los capataces para mantener todo funcionando. 

La importancia que tuvieron fue tal que llegaron a constituir verdaderas comunidades que dependían del trabajo que generaban, llegando a requerir los servicios de párrocos de forma permanente. A pesar de que según la región los niveles de explotación no fueran iguales, trabajar en ellas constituía una mejora en comparación de las repúblicas de indios, ya que las haciendas podían asegurarles una mejor alimentación, vestido, vivienda o atravesar mejor las crisis agrícolas que las propias comunidades.

Las ciudades se constituyeron en base a la influencia regional que ofrecía, ya sea como continuidad de las viejas estructuras prehispánicas como fue el caso de México, o de nuevas fundaciones por parte de los españoles como paso con Puebla o Zacatecas. Para que pudiesen ser autosuficientes necesitaban de una red de abasto que les permitiese adquirir productos tanto de los alrededores como de otras regiones vecinas o incluso provincias, por lo que tenían que establecer un sistema tributario entorno a ellas que les permitiese mantener influencia política sobre diferentes comunidades. Esta tendencia se revierte para el siglo XVII cuando se cambia el polo de desarrollo hacia lo económico dejando en segundo plano lo político, por lo que se convirtieron en puntos donde fuera posible encontrar toda clase de productos que se requiriesen en otras partes, asi como las instituciones educativas, tribunales y trabajos especializados.

Esto permitía formar una relación entre el campo como punto de abastecimiento y los pueblos, villas y ciudades como los centros donde pudiesen encontrar lo que no producían las comunidades, por lo que ambos complementaban las deficiencias del otro. Las redes comerciales que entablaban hicieron que solo llegasen a tener importancia regional y en el otro extremo tenemos a las grandes ciudades como lo fueron México y Puebla, cuyas redes trascendían lo regional e iban a parar todo lo que se producía en el virreinato, lo que hizo que pudieran diversificar su economía con la manufactura de productos de lujo, haciéndose dependientes del abasto de materias primas (tanto alimentos materiales de producción), que por la cantidad de ganancias que generaban no representaba problema alguno.

Gracias por su atención y los espero en la siguiente lectura

Federico Flores Pérez

Bibliografía: Ivonne Mijares. El abasto urbano: Caminos y bastimentos, del libro Historia de la vida cotidiana en México, tomo 2

Imagen: Eugenio Landesio, Vista de la hacienda de Matlala, 1857

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