Al verse incapaz el gobierno centralista de organizar una campaña de reconquista sobre Texas o de lograr un acuerdo que resolviera de una vez la amenaza que se cernía sobre la frontera norte, los grupos conservadores determinaron el fracaso del modelo centralista y plantearon dos opciones de gobierno: la reimplantación de una monarquía o la dictadura militar. Era evidente que el presidente tenía demasiadas restricciones para actuar con celeridad, y el Supremo Poder Conservador bloqueaba cualquier intento de reforma constitucional del legislativo.
También es importante comprender que una de las razones del fracaso de las Siete Leyes se puede observar en este periodo de crisis perpetua que vivía la nación, donde era imposible llevar a cabo cualquier reforma debido a la falta de recursos del gobierno. Esto propició que, además de la guerra con Texas, tuvieran que enfrentar la invasión francesa a Veracruz debido a la falta de pagos de préstamos. Los únicos beneficiarios de esta situación fueron el ejército y su personal, que empezaron a ocupar puestos de mayor responsabilidad dentro de la administración pública. Su presencia era imprescindible para mantener el orden restante y sofocar las rebeliones federalistas que estallaban en diferentes puntos del país.
Dentro del contexto político, los federalistas estaban en contra de optar por una alternativa monárquica, pero veían la posibilidad de establecer una dictadura militar si se garantizaba que durante su régimen se convocaría a un congreso constituyente para estructurar un federalismo reformado. Sin embargo, esta opción se desvaneció cuando Santa Anna disolvió el Congreso de 1842 para reemplazarlo por una Junta de Notables, en la cual colocó a federalistas moderados afines a la dictadura.
Durante la administración de Santa Anna, que duró de 1841 a 1843, se intentó mejorar el estado centralista creando las Bases Orgánicas por parte de la Junta hacia 1843. Esto implicó la desaparición del Supremo Poder Conservador, la eliminación de barreras para la participación en las elecciones y el otorgamiento al Ejecutivo del mando sobre el ejército. A pesar de estos intentos por resolver la situación nacional, y especialmente porque Santa Anna era una figura popular, el nuevo congreso compuesto por moderados intentaba guiar al presidente hacia un orden constitucional, algo a lo que él se negaba. El principal problema sin resolver seguía siendo la cuestión internacional, con la cada vez más evidente amenaza del expansionismo estadounidense.
Para 1844, el país carecía de los recursos necesarios para enfrentar una posible invasión, pero lo peor fue la actitud intransigente de Santa Anna al no buscar un acuerdo diplomático. Este acuerdo implicaba reconocer la independencia de Texas y comprometerse a no anexarse a Estados Unidos, con la participación de la cancillería franco-británica para garantizar la distancia de los intereses estadounidenses.
El malestar generado por las actitudes despóticas de Santa Anna fue tal que, para finales de 1844, el general Mariano Paredes inició una rebelión contra su gobierno con el objetivo de tomar la presidencia. Aunque fracasó, esta situación fue aprovechada tanto por el Congreso como por la Suprema Corte para desaforarlo y establecer un gobierno provisional liderado por José Joaquín Herrera, quien era presidente del Consejo de Gobierno.
El nuevo gobierno tenía una base federalista moderada y se fijó como meta aceptar el plan de reconocer la independencia de Texas e iniciar un proceso judicial contra Santa Anna. Sin embargo, se enfrentaron al dilema de restablecer un sistema federalista o simplemente reformar las Bases Orgánicas. Debido a la urgencia en la que se encontraba el país, el presidente Herrera optó por la segunda opción, lo que disminuyó el apoyo del bando federalista.
Lamentablemente, las acciones para resolver el problema texano llegaron demasiado tarde. Por un lado, el plan británico no se podía llevar a la práctica porque, según la constitución, el presidente estaba impedido de realizar cualquier enajenación del territorio nacional. Por otro lado, el gobierno texano ya había aceptado la anexión a Estados Unidos en julio de 1845.
Herrera tuvo la mala fortuna de verse envuelto en una serie de conspiraciones de diferentes enemigos internos. Por un lado, estaba Santa Anna, quien, aunque se encontraba en prisión en Perote, seguía organizando conspiraciones desde allí. Los moderados decidieron enviarlo al exilio. Por otro lado, estaban los liberales radicales, que se empoderaron con el regreso al congreso de su líder, Valentín Gómez Farías.
Para empeorar el panorama, los conservadores también estaban llevando a cabo otra conspiración para establecer una monarquía dirigida por un Borbón. En este plan estaban involucrados el ministro español Salvador Bermúdez de Castro, con el apoyo de Lucas Alamán y del jesuita Lorenzo Carrera. El proyecto estaba tan avanzado que la corona española estaba realizando labores diplomáticas para lograr el reconocimiento de Francia y Gran Bretaña a principios de 1846.
Otro actor desestabilizador de la situación interna era Mariano Paredes, quien buscaba obtener la influencia que ostentaba Santa Anna como una forma de venganza e imponer un gobierno dictatorial donde solo los propietarios tuvieran derecho al voto. Aunque Herrera conocía las pretensiones de Paredes, confiaba en que su patriotismo podría prevalecer en este momento de crisis y trató de neutralizarlo al darle el mando de la división de Reserva de San Luis Potosí.
Sin embargo, esto no detuvo la ambición de Paredes; por el contrario, se vio alimentada al obtener más fuerzas y al entrar en contacto con los monarquistas. Se sumó al proyecto con la perspectiva de obtener un préstamo del gobierno español y de los usureros gubernamentales. Esto llevó a que el gobierno de Herrera se quedara sin aliados. Además, la situación internacional se volvió en su contra ante las pretensiones estadounidenses sobre el territorio en disputa de Oregon.
Al ver la debilidad del gobierno mexicano, la cancillería británica, liderada por el conde Aberdeen, decidió pactar el fin de los intereses británicos sobre Oregon y estableció que, en caso de conflicto, Gran Bretaña se mantendría neutral. Por lo tanto, solo sugirió al gobierno de Herrera que no declarara la guerra y se mantuviera neutral para que la ocupación estadounidense fuera considerada ilegal.
Gracias por su atención y los espero en la siguiente lectura.
Federico Flores Pérez.
Bibliografía: Josefina Zoraida Vázquez. México y la guerra con Estados Unidos, del libro México al tiempo de su guerra con Estados Unidos (1846-1848).
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Imagen: William Henry Hudle. Rendición de Santa Anna. 1886.



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