La soberbia existente por parte de los franceses les hizo creer que sería una guerra rápida, donde en una breve campaña podrían tomar la Ciudad de México y, con ello, obtener un estado títere a sus intereses. Así se percibe en la estrategia del conde de Lorencez, quien, desechando las sugerencias de Juan N. Almonte y Manuel Haro y Tamariz de atacar el sur de la ciudad de Puebla por el convento del Carmen, decide tomar los fuertes de Loreto y Guadalupe para demostrar su superioridad y desmoralizar a los mexicanos, como lo experimentaron en la batalla de las Cumbres de Acultzingo.
Esto no desmoralizó a Ignacio Zaragoza, quien no deja de organizar a sus mandos militares para poder defender los principales puntos de la ciudad. Pero esto no evitaba que tuviese ciertas dudas ante la débil resistencia ofrecida a los franceses a lo largo del camino a Puebla y, teniendo estos antecedentes, no descartaba la factibilidad de que los ejércitos intervencionistas llegaran a la capital.
Uno de los factores a tomar en cuenta por el propio Zaragoza era la evidente superioridad armamentística de los franceses. Mientras sus ejércitos estaban armados con fusiles de chispa de fabricación inglesa, con diferentes calibres, y con artillería con alcance de 1500 a 2000 m, los franceses contaban con armamento desarrollado por ellos, bien pertrechados y con alcances de hasta 3000 m, por lo que era un obstáculo difícil de sortear por la defensa mexicana.
También tenían que enfrentar el problema de la falta de profesionalidad de las tropas mexicanas, al tratarse en buena parte tanto de voluntarios como de leva, por lo que era usual que no hubiese estrategias, que actuasen de manera improvisada y que, cuando se enfrentaban a dificultades, se rompiese el frente para salvaguardar sus vidas. A esto se sumaba que no contaban con una forma de aprovisionar a las tropas más que pedir víveres a los ranchos y poblaciones cercanas, sin dejar de lado la falta de paga.
En cambio, las fuerzas expedicionarias francesas contaban con años de experiencia en campañas militares tanto en Europa como en África y Asia, donde siempre resultaron victoriosos gracias a la integración de la cultura militar de las tribus de Argelia, región invadida en 1830 y donde adoptaron a los zuavos como parte de su ejército de élite, además de ayudar a la formación de unidades como los Cazadores de África y la Legión Extranjera.
Estas fuerzas tuvieron sus primeros éxitos en frentes como Crimea, contra los rusos, y en las célebres batallas de Magenta y Solferino, en Italia, contra los austriacos. De ahí que las fuerzas expedicionarias francesas tuviesen una gran diversidad, donde se encontraban franceses, argelinos, mercenarios senegaleses y de otras naciones africanas, que llegaron como parte de un potente imperio francés en expansión.
En aquel entonces, Puebla poseía una población de entre 70 y 75 mil habitantes, quienes tenían fama de ser los más antijuaristas del país y con una arraigada cultura conservadora como consecuencia de su antigua importancia durante el virreinato. De ahí que una de las personalidades del orden político poblano fuese el obispo Pelagio Antonio Labastida y Dávalos, quien fue un duro rival durante la presidencia de Ignacio Comonfort.
Según los viajeros de la época, la población poblana tenía muy arraigada la cultura católica en sus vidas y su quehacer diario estaba determinado por el orden de la Iglesia, por lo que, cuando el gobierno federal se dispuso a realizar las órdenes de desamortización de las propiedades eclesiásticas, ocasionaron una verdadera conmoción social. Ante ello, hacían lo posible por ayudar a los religiosos, dándoles asilo en otros conventos o en sus propias casas.
Esto le agregaba una dificultad mayor a las fuerzas republicanas, ante una población poblana en favor de los invasores y que, en cualquier momento, hubiese podido ayudarlos para desalojarlos. Así se muestra con el gran recibimiento que les dieron a las tropas francesas un año después, cuando pudieron tomar la ciudad.
A pesar de este panorama favorable a los franceses, se empezaron a percibir algunos problemas, como una posible traición de las fuerzas de apoyo conservadoras, provocada por una serie de destituciones promovidas por su presidente Félix María Zuloaga, quien sustituyó al general Leonardo Márquez por José María Cobos. Ahí intervendría el ministro Manuel Doblado, quien entra en contacto con Cobos y logra un acuerdo para alcanzar un armisticio, donde las fuerzas del ejército conservador se abstuvieran de respaldar la invasión, aunque manteniendo su posición antagónica ante la república de Juárez.
Con ello, las fuerzas de Cobos y el mando de Zuloaga se mantienen neutrales, pero meten en problemas a Doblado al declarar meses después que parte del acuerdo consistía en que se generaría un movimiento para derrocar a Juárez, punto que fue necesario aclarar y desmentir. Aun así, no todos estuvieron dispuestos a seguir los acuerdos de la jefatura conservadora y apostaron por los franceses, como fue el caso de Márquez y el coronel Echegaray, quienes no respetaban realmente el liderazgo de Zuloaga.
Este último hizo su pronunciamiento en la fortaleza de Perote e intentaría hacerse de su artillería, pero Zaragoza manda a la brigada y los derrota en la Cañada de Ixtapa, recuperando las armas.
El haber logrado la retirada de buena parte de los conservadores de esta primera incursión francesa fue fundamental para conseguir el retraso de su avance hacia la capital. Sin embargo, los que permanecieron leales al proyecto intervencionista, como Márquez y sus aliados, quedaron activos en su beligerancia por los rumbos de Atlixco, Izúcar, Huaquechula y Tochimilco, aunque todos ellos fueron manejables para la defensa republicana, como la encabezada por Tomás O’Harán.
Mientras los franceses rebosaban desde su campamento de Amozoc de la confianza de poder derrotar a un rival “inferior”, propinándoles un duro golpe militar, Zaragoza, sus mandos militares y el apoyo prestado por el gobierno lograron arreglar buena parte de los problemas que hubiesen facilitado la llegada francesa. Con ello, ganaron tiempo valioso para organizar la resistencia republicana que les daría la victoria definitiva cinco años después.
Gracias por su atención y los espero en la siguiente lectura.
Federico Flores Pérez.
Bibliografía: Raúl Gonzales Lezama. Cinco de mayo. Las razones de la victoria.
Imagen: Angus McBride.
Izquierda: Ejercito mexicano republicano de 1863 a 1867.
Derecha: Cuerpo de zuavos del ejército francés.


Respuestas