En la cosmogonía mesoamericana, el nacimiento era visto como una batalla en la cual las madres eran las guerreras protagonistas. Por ello, en náhuatl se le conocía como miquizpan, “la hora de la muerte.” Si la madre lograba vencer en esta lucha, el resultado era un parto exitoso, y el bebé se consideraba su prisionero de guerra. Este simbolismo reflejaba las prácticas de guerra, donde los prisioneros eran llamados “hijos” de sus captores.
Dado que los nacimientos conllevaban muchos riesgos, la mortalidad materna era alta, y la muerte de una mujer en el parto se equiparaba a la de un guerrero caído en combate. Así, esta visión otorgaba a las madres que morían en el parto un destino glorioso: convertirse en acompañantes del Sol, la deidad suprema de la guerra. Estas mujeres vivían eternamente con él en la Casa del Sol o Tonatiuh Ichan-Cincalco, localizada al oeste, en el sitio del ocaso conocido como Cihuatlampa, “El lugar de las mujeres.” Este lugar sagrado era símbolo de honor y valor, reservado para aquellas que habían dado su vida en la “batalla” del nacimiento.
Durante el parto, la madre era asistida por la partera, quien se encargaba de vigilar que la “batalla” simbólica del nacimiento se desarrollara correctamente. Los problemas surgían cuando el bebé estaba en mala posición o, en algunos casos, cuando ya había fallecido. En el primer caso, la partera aplicaba sus conocimientos para lograr un parto exitoso. Sin embargo, en el segundo caso, la situación se complicaba: la partera podía optar por extraer el cuerpo del bebé fallecido mediante una navaja, desmembrándolo para salvar la vida de la madre. No obstante, también existía la posibilidad de que la familia decidiera dejar morir a la madre. Este sacrificio tenía un propósito espiritual, ya que convertía su alma en un aliado sobrenatural para la familia. En este caso, la madre era llevada a un temazcal, donde la encerraban hasta su muerte.
El tratamiento del cuerpo de la madre fallecida era fundamental para asegurar su transformación en una cihuatéotl, una poderosa deidad femenina. Su cuerpo se lavaba y se velaba durante cuatro días. Luego, la enterraban en una ceremonia que incluía una comitiva con elementos de parafernalia guerrera y se realizaba en el Templo del Sol. Era esencial proteger el cuerpo de posibles profanaciones, ya que partes de su cuerpo, como los dedos de la mano izquierda, se consideraban amuletos de gran poder. Estos amuletos eran muy codiciados entre los estudiantes del Tepochcalli, o telpochtin, ya que se creía que otorgaban habilidades especiales en batalla e, incluso, poderes sobrenaturales, como el de entrar en casas ajenas mediante el uso del brazo izquierdo.
El periodo de cuatro días de velación permitía que las almas de las mujeres fallecidas en el parto llegaran al Cihuatlampa, lugar donde, según su edad de muerte, eran clasificadas en dos grupos. Las Cihuapipiltin correspondían a las mujeres que murieron jóvenes en su primer parto, mientras que las Mocihuaquetzqueh eran aquellas que ya habían alcanzado una madurez plena al haber sido madres previamente.
La guardia del Sol estaba dividida en dos momentos importantes. Al amanecer, la protección recaía en los espíritus de los guerreros caídos en combate, conocidos como Ahuiteteo, quienes lo acompañaban hasta el mediodía. Luego, la responsabilidad pasaba a las cihuateteo, que completaban el ciclo hasta el ocaso, simbolizando así la “muerte” del Sol. Este ocaso era interpretado como el inicio del viaje del Sol hacia el Mictlán, con el fin de renacer al día siguiente.
Por esta razón, las cihuateteo eran veneradas por el pueblo, y era común que cada barrio tuviera un altar en su honor en las encrucijadas. En estos altares, se colocaba una estatua de la cihuateteo con el rostro pintado de arcilla blanca y hule líquido. Las ofrendas típicas incluían tortillas en forma de mariposa, maíz asado, tamales y pulque, elementos que simbolizaban respeto y gratitud hacia su papel en el ciclo del Sol y la vida.
A pesar de su papel crucial en la cosmogonía, la presencia de las cihuateteo en el mundo terrenal era considerada maligna, como cualquier ser vinculado a la muerte. Se manifestaban en ciertos días del calendario —uno casa, uno viento, uno lluvia, uno venado y uno mono— cuando descendían de los cielos para congregarse en las encrucijadas en busca de sus herramientas de hilar, instrumentos de costura y joyas. Sin embargo, el contacto con personas podía causar susto y enfermedades. Los más vulnerables eran los niños y las madres embarazadas, quienes, al ser la causa simbólica de su fallecimiento, podían sufrir efectos adversos como miopía, torcedura de boca, estrabismo, parálisis, deformidades o labio leporino. Para protegerse, en esos días se prohibía que los niños salieran o se bañaran.
Además de su vínculo con la muerte del Sol, las cihuateteo estaban asociadas con Tlazoltéotl, la diosa de la sexualidad y la suciedad, quien también habitaba el poniente. Esta conexión extendía la influencia de las cihuateteo hacia temas de transgresión sexual y adulterio, pues se creía que incitaban a los hombres a la lujuria. Su proclividad por aparecerse en las encrucijadas —un símbolo de cambio en las creencias indígenas— reforzaba su asociación con lo desconocido y lo peligroso en el mundo de los vivos.
Las cihuateteo se representaban con mayor frecuencia en la Costa del Golfo y la Cuenca de México, donde aparecen como mujeres de pechos descubiertos y prominentes, indicando su disposición para amamantar. Sus ojos cerrados y boca abierta, pintados de blanco, acentúan su conexión con la muerte. También se les representa con rostros descarnados, patas de ave y garras, simbolizando su naturaleza peligrosa. En su aspecto más oscuro, conocido como las Tzitzimime, se convertían en seres malignos capaces de matar a hombres y mujeres indistintamente, especialmente en períodos de oscuridad, como durante la ceremonia del Fuego Nuevo o en los días nefastos del nemontemi al final del año solar.
En la cosmovisión mesoamericana sobre el fin del mundo, se creía que si no lograba renovarse el Fuego Nuevo, el mundo caería en una noche eterna donde las tzitzimime se desatarían para destruir toda forma de vida. En este cataclismo, se contaría con el apoyo de mujeres embarazadas y niños, quienes se transformarían en monstruos devoradores de hombres. Para evitar esta transformación, durante los días del nemontemi o en el Fuego Nuevo, era costumbre portar máscaras de penca de maguey. La figura de las tzitzimime encarnaba la representación máxima de las diosas de la tierra, ilustrando su dualidad entre la fertilidad y la muerte.
Gracias por su atención y los espero en la siguiente lectura.
Federico Flores Pérez.
Bibliografía: Elizabeth Roldan Olmos. Mujeres muertas en parto. Las Cihuateteo, del libro De los dioses y sus atributos. Un acercamiento a través de la cosmovisión nahua.
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Imagen:
Izquierda: Escultura de una Cihuatéotl, cultura mexica, Posclásico Tardio.
Derecha: Representación de una Cihuatéotl, Códice Borgia, Lamina 47, cultura Mixteca-Puebla, Posclásico.



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