Las calaveras literarias, nacimiento y arraigo.

La literatura fue una expresión popular del sentir de los mexicanos a lo largo de los siglos, aunque su desarrollo fue limitado por las fuertes medidas de censura implementadas durante el gobierno virreinal y la baja alfabetización de la población. No fue sino hasta finales del siglo XVIII y principios del XIX cuando estas restricciones comenzaron a relajarse, permitiendo el surgimiento de una literatura mexicana más definida.

La profunda religiosidad, inculcada durante 300 años por una Iglesia activa en todos los aspectos de la sociedad, se reflejó en estas primeras manifestaciones literarias. Muchas de ellas contenían un fuerte mensaje religioso con el objetivo de aleccionar a la sociedad y mantener el orden social siguiendo los preceptos cristianos. En este contexto, una de estas manifestaciones literarias se atrevió a explorar una perspectiva diferente sobre la muerte, cuestionando o reinterpretando los enfoques tradicionales impuestos por la Iglesia.

Como he expuesto anteriormente, de la tradición europea nos llega la costumbre de representar a la muerte como la gran justiciera, aquella que, sin distinción, lleva en su regazo tanto a ricos como a pobres. Por ello, solía representarse de una manera desvergonzada y burlona hacia las acciones de los vivos, consciente de su inevitable victoria sin importar el poder que estos ostentaran o cualquier intento que hicieran para escapar de su destino. En este contexto, surge en 1792 una publicación que condensa esta visión irreverente de la muerte frente a los vanos esfuerzos de los hombres por evitarla.

De la pluma de fray Joaquín Hermenegildo Bolaños nace La portentosa vida de la muerte, emperatriz de los sepulcros, vengadora de los agravios del Altísimo y muy señora de la naturaleza humana, una obra aderezada con grabados atribuidos a Francisco Agüera y compuesta por 40 capítulos. Esta protonovela satírica y populachera nos relata la vida y “muerte” de la muerte misma, variando entre lo solemne, lo trágico y lo cómico. La obra presenta una visión desvergonzada de la muerte, mostrando su carácter omnipotente y su ineludible presencia en la vida humana.

A finales del siglo XVIII, la sociedad novohispana enfrentaba tiempos difíciles debido a una serie de sequías que habían comprometido la producción de alimentos, especialmente en el norte del virreinato. Este panorama preocupante motivó a fray Joaquín Hermenegildo Bolaños a escribir un texto con la intención de moralizar a la sociedad ante lo que él percibía como un inminente fin de los tiempos y la cercana segunda venida de Cristo.

En La portentosa vida de la muerte, Bolaños describe el paso de la muerte a través de diversos conflictos humanos, pero lo hace con un enfoque peculiar: usa la comedia para tratar situaciones trágicas. Esta mezcla de sátira y solemnidad buscaba no solo hacer ameno el mensaje de redención, sino también hacerlo más digerible para los lectores. Sin embargo, su proliferación fue limitada, ya que solo alcanzó a las clases más cultas de la Nueva España, en parte debido a la aún vigente censura de la Inquisición, que seguía ejerciendo control sobre lo que se publicaba.

A pesar de estas restricciones, el ingenio y la creatividad literaria no tardarían mucho en encontrar un camino más libre. Con el tiempo, los escritores comenzarían a expresar sus ideas con mayor libertad, marcando el inicio de una nueva era para la literatura mexicana.

Tras la publicación de La portentosa vida de la muerte, comenzó a surgir una forma clandestina de difusión literaria a través de pasquines, publicaciones ilegales que circulaban de mano en mano. Estas impresiones, realizadas en materiales de baja calidad, se convirtieron en vehículos para las críticas sociales y políticas, pero debido a la represión virreinal, muchos de estos textos fueron destruidos por las autoridades en cuanto caían en sus manos. Hoy en día, solo han sobrevivido unos pocos ejemplares de estos pasquines.

Entre los ejemplos conservados, se observa cómo los escritores anónimos utilizaban la figura de la muerte para criticar a las autoridades virreinales y peninsulares. Mediante el uso del epitafio, se exponían las malas acciones de los funcionarios y se les presagiaba un destino desafortunado en el más allá, sirviendo como una forma velada de protesta y denuncia contra los abusos de poder en la Nueva España.

Con la llegada de la independencia, México experimentó una transformación significativa en cuanto a la libertad de expresión, lo que propició el surgimiento de diversas imprentas en las principales ciudades del país. Esto permitió el nacimiento de múltiples periódicos que reflejaban las realidades políticas tanto nacionales como regionales. Al mismo tiempo, el periodismo se convirtió en una plataforma para la crítica política, especialmente a través de caricaturas satíricas que ridiculizaban las acciones de los gobernantes y el rumbo del país.

Es innegable que la Iglesia católica seguía siendo una institución fundamental en la sociedad mexicana de la época, influyendo no solo en la vida cotidiana de las personas, sino también en la naciente cultura literaria. Los relatos periodísticos y literarios estaban fuertemente moldeados por la moral cristiana, lo que determinaba en gran medida su contenido y enfoque.

Además del periodismo oficial, la literatura anónima encontró su espacio mediante auto-publicaciones que se distribuían en plazas y mercados. Estas publicaciones, que circulaban de manera informal, adquirieron características propias, reflejando el sentir popular y las inquietudes de la época. Fue en este contexto que comenzaron a emerger expresiones originales de la cultura literaria mexicana, sentando las bases para un estilo único y distintivo.

Este es el contexto en el que, en 1849, en Guadalajara, nació una nueva forma de burla política en el diario El Socialista, protagonizada por la muerte en su papel de justiciera. En esta sátira, la muerte decidía poner fin a la vida de los políticos debido a sus desastrosas gestiones, llevándoselos consigo. Así nacieron las calaveritas, pequeños versos dirigidos a personas vivas que simulaban su muerte, acompañados de un epitafio burlón que ridiculizaba sus actitudes en vida y cómo serían recordados.

Con el tiempo, esta forma de sátira se fue difundiendo por todo el país, nutriéndose de las tradiciones literarias locales y adquiriendo arraigo popular. A finales del siglo XIX, este género alcanzó su apogeo gracias a la imprenta de Vanegas y Arroyo, pero sobre todo al talento del grabador José Guadalupe Posada. Posada, con su estilo único, dio vida a las calaveritas mediante ingeniosas ilustraciones que representaban de manera visual el espíritu burlón de estos versos. A pesar de su carácter efímero, las calaveritas no solo se consolidaron como una forma de crítica social, sino que también contribuyeron a la formación de una identidad cultural que más tarde sería fundamental en la construcción de la nación durante los regímenes revolucionarios.

Gracias por su atención y los espero en la siguiente lectura.

Federico Flores Pérez.

Bibliografía:

María Serna Arnaiz. La portentosa vida de la Muerte, de fray Joaquín Bolaños: un texto apocalíptico y milenarista, de la Revista de Indias no. 269 vol. LXXVII

Rodolfo Gutiérrez García. Tesis Las calaveras: función social; investigación hemerográfica.

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Imagen: José Guadalupe Posadas. Calaveras oaxaqueñas. principios del siglo XX.

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