El destino de las almas de los fallecidos estaba estrechamente vinculado con su comportamiento en vida. Aquellos que vivieron de acuerdo con la moral cristiana eran destinados al cielo, mientras que los pecadores, criminales y practicantes de brujería enfrentaban la condena del infierno. No obstante, según los dogmas antiguos de la Iglesia Católica establecidos en el siglo XII, existía un espacio en la cosmología cristiana para que las almas purificaran sus pecados antes de acceder al cielo: el purgatorio. Este lugar no era un sitio de tormento como el infierno, pero tampoco un lugar donde las almas pudieran permanecer eternamente.
Así, los parientes vivos asumían el deber de rezar por la salvación de las almas en el purgatorio. Estas oraciones buscaban reducir el tiempo que las almas debían pasar allí, con la esperanza de que finalmente alcanzaran la paz en el cielo.
A principios del siglo XVI, la idea del purgatorio aún no era completamente aceptada por algunos religiosos. Sin embargo, esto no impidió que los primeros evangelizadores de la Nueva España predicaran su existencia. No fue sino hasta mediados del siglo XVI, con el Concilio de Trento, que la Iglesia oficializó la creencia en el purgatorio.
Dentro de la creencia en el purgatorio, se sostenía que Dios permitía a algunas almas regresar a la Tierra para pedir a sus seres queridos que rezaran por ellas y así poder acceder al cielo. Estas almas podían manifestarse débilmente en el mundo material, dejando señales de su presencia o realizando pequeñas acciones perceptibles. Las primeras referencias de historias de apariciones en la Nueva España se encuentran en los relatos de Motolinía, quien documentó la aparición del espíritu de Fray Martín de Valencia, organizador de los primeros esfuerzos de evangelización, en un funeral. Este suceso suscitó dudas sobre la supuesta santidad de Fray Martín, ya que su presencia espectral sugería que purgaba pecados.
A medida que avanzaba la evangelización en los dominios españoles, aumentaron las historias de almas que aparecían ante los vivos. La Iglesia utilizó estas historias en sermones, catequesis y “pinturas de ánimas” para educar a los fieles sobre la importancia de vivir conforme a los mandamientos y de rezar por la salvación de las almas en el purgatorio. Estos relatos buscaban reforzar la conexión entre los vivos y los difuntos y subrayar la necesidad de orar por aquellos que aún purgaban sus faltas.
Según las representaciones en las “pinturas de ánimas,” el purgatorio estaba habitado por personas de todas las edades y clases sociales, incluyendo hombres, mujeres, niños, religiosos, reyes y monjas, quienes purgaban sus faltas morales. Para el siglo XVII, esta creencia estaba firmemente arraigada en la sociedad novohispana, con la idea de que incluso los virtuosos necesitaban pasar un breve tiempo en el purgatorio para purificarse de cualquier pecado antes de ascender al cielo. Era común enfatizar la importancia de orar a Jesús y a la Virgen María por la salvación de estas almas en purificación.
Aunque el sufrimiento en el purgatorio se consideraba menos severo que en el infierno, algunos pensaban que era comparable al padecido por los santos mártires y que el tiempo transcurría de forma diferente, muchísimo más lento que en la Tierra, prolongado hasta mil veces. La Iglesia ofrecía indulgencias y sufragios con la promesa de reducir el tiempo que las almas debían pasar en el purgatorio, incentivando a la comunidad a buscar activamente la redención de sus seres queridos fallecidos mediante estas prácticas religiosas.
Para justificar la práctica de indulgencias y sufragios, se enseñaba que las acciones caritativas y las donaciones en nombre de un difunto podían aliviar su tiempo de purificación, permitiéndole pasar su estancia en un lugar más benigno en el inframundo y reducir su sufrimiento. Además, se creía que las dificultades experimentadas en vida, como la pobreza, enfermedades graves o accidentes, también contribuían a reducir el tiempo que las almas debían pasar en el purgatorio, interpretándose estas adversidades como formas de redención para asegurar un mejor destino en el más allá.
Las indulgencias podían obtenerse de autoridades eclesiásticas como el Papa, obispos y cardenales, así como de instituciones religiosas, como las cofradías, cuyos miembros rezaban por las almas de sus integrantes fallecidos. También era posible adquirir indulgencias desde España, administradas bajo la jurisdicción de las arquidiócesis. Existían incluso indulgencias plenarias, las cuales prometían la entrada directa al cielo para el alma, sin necesidad de pasar por el purgatorio.
Las historias de apariciones giraban en torno a las peticiones de las almas para que los vivos ofrecieran las misas necesarias para su salvación. Estas misas debían repetirse hasta que el objetivo fuera alcanzado, y las almas se manifestaban a través de ruidos o llamando directamente a sus seres queridos para expresar su solicitud. Así, surgieron numerosas historias sobre personas que, tras haber cometido pecados graves, eran castigadas con la muerte y debían pasar un tiempo determinado en el purgatorio antes de acceder al cielo. En el caso de los religiosos, los castigos eran descritos como más severos y usados como advertencias para la población.
Cuando los vivos ignoraban las peticiones de las almas, estas intensificaban sus reclamos con mayor fuerza, buscando asegurar su salvación y comprometiendo a sus familiares a cumplir con las misas solicitadas. Este sistema de creencias tuvo importantes repercusiones económicas, ya que los servicios de la Iglesia se consideraban indispensables, y la afiliación a una cofradía o capellanía ayudaba a reducir los costos de las misas. Muchas familias, con el fin de garantizar la entrada al cielo de sus miembros, donaban parte de sus bienes a la Iglesia, lo que la convirtió en el mayor terrateniente de la sociedad novohispana hacia mediados del siglo XIX. Sin embargo, esta tendencia cambió con la secularización impulsada por las Leyes de Reforma, que redistribuyeron estas propiedades.
Gracias por su atención y los espero en la siguiente lectura.
Federico Flores Pérez.
Bibliografía: Gisela von Wobeser. Apariciones de seres celestiales y demoniacos en la Nueva España.
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Imagen: Juan Correa. Ánimas del purgatorio, siglo XVIII.



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