La visión cosmogónica del ser humano y la sociedad.

El momento del nacimiento era crucial para los indígenas, pues marcaba el inicio de la vida y se consideraba necesario purificar al bebé de cualquier «pecado» o impureza que pudiera llevar desde el momento de la concepción. Desde el corte del cordón umbilical hasta el primer baño, cada paso era fundamental para guiar la vida del nuevo ser humano según las directrices religiosas establecidas por los dioses.

Uno de los primeros rituales era el corte del cordón umbilical, un proceso cargado de simbolismo. Este corte se realizaba sobre una mazorca de maíz, simbolizando así el futuro alimento del bebé. Los granos impregnados con la sangre del cordón umbilical se guardaban por el sacerdote y se entregaban a los padres para que los sembraran. Con la cosecha de ese maíz, se preparaba el primer atole del niño. Además, una parte de esos mismos granos se guardaba para ser sembrados en momentos importantes de la vida del niño a medida que crecía.

Durante el primer baño, la partera invocaba a dioses como Chalchiuhtlicue, Ometecuhtli, Omecíhuatl, Citlallatónac y Citlalicue. Estos dioses eran responsables de infundir los primeros espíritus que conformarían el alma del bebé. La presentación al Sol durante este baño era especialmente importante, ya que en ese momento quedaba fijado su «tonalli» y la naturaleza de su ser, lo que definiría su destino. Este proceso también definía las fuerzas frías y calientes que influirían en su vida.

Según la propuesta de Alfredo López Austin, el alma de las personas está conformada por dos fuerzas primordiales: el nemiliztli, de naturaleza caliente, y el ihíyotl o ehécatl, de naturaleza fría. Durante el nacimiento, se invoca la presencia de estas fuerzas, tanto de seres nocturnos como celestiales, posiblemente asociados al cielo diurno y su evocación solar. En este momento, también se hace presente la intervención de los dioses patronos de las comunidades, que varían según la comunidad o incluso el barrio al que pertenezca el nuevo integrante.

Estos dioses patronos son importantes porque el recién nacido se acoge a la protección del dios que a su vez define el oficio que llevará durante el resto de su vida. Estos dioses suelen residir en un cerro que representa una réplica del Tlalocan, desde donde vigilan las acciones de sus súbditos y custodian sus «corazones». La posesión de alguna reliquia del dios por parte de la comunidad es clave en estos patronazgos. Estas reliquias pueden ser restos humanos, vestimentas, instrumentos o armas asociadas a la vida terrenal del dios. Estos objetos sirven para que la comunidad se comunique con los dioses a través de la intercesión de sacerdotes o gobernantes. Además, estos patronazgos también definen lo que la comunidad considera como permitido y lo pecaminoso según las normas impuestas por su dios.

El ejemplo de la comunión entre el dios patrono y la comunidad se refleja claramente en la relación entre Huitzilopochtli y los mexicas y tlatelolcas. En cada hogar de estas comunidades, se colocaba una estatua del dios como símbolo de protección. Huitzilopochtli desempeñaba el papel de proveedor de alimentos, y un acto de comunión común era la elaboración de una figura de masa alimenticia llamada tzoalli para representar al dios. Después de celebrar un ritual, esta figura se partía en pedazos y se consumía por toda la población, simbolizando así la conexión entre el dios y la comunidad en la provisión de alimentos.

En las concepciones mitológicas de estos pueblos, se cree que tienen un origen en cerros que funcionan como gigantescas matrices donde se gestan. Los dioses son vistos como la fuerza impulsora de este nacimiento y quienes permiten que salgan al mundo, convirtiéndose en protectores de la comunidad. Lugares como Chicomoztoc, de donde se cree que salieron los principales pueblos nahuas, Aztlan para los mexicas, o Tollan como origen de algunos pueblos mayas, entre otros, son identificados simbólicamente como puntos de partida de la creación mítica de estas comunidades, reflejando la importancia de la conexión entre el entorno natural y la esfera divina en su cosmovisión.

Los lugares de origen en la mitología mesoamericana suelen ser descritos como entornos agrestes, salvajes y habitados por animales feroces y venenosos. Estos lugares representan el punto de partida donde los dioses convocan a las comunidades para emprender un viaje hacia el lugar predeterminado donde establecerán su descendencia y encontrarán los recursos necesarios para una vida digna.

Los relatos mitológicos no son estáticos y pueden modificarse según las necesidades políticas del momento. En ocasiones, se utilizaban para justificar alianzas con otros pueblos o para marcar diferencias. Un ejemplo de esto es la relación entre Tenochtitlan y Tlatelolco, ambas reconocían a Huitzilopochtli como su dios patrono, pero cuando los mexicas intentaron someter a Tlatelolco, esta adoptó la advocación de Tlacahuepan como su patrono, buscando así una justificación divina para su autonomía.

Muchas comunidades también incluyen en sus relatos mitológicos la idea de venir de lugares más allá del mar, lo que puede interpretarse como una referencia al Tamoanchan, un lugar cosmogónico ubicado en medio de las aguas celestes y asociado con una supuesta procedencia divina. Estas narrativas reflejan la complejidad de las redes de relaciones, fusiones y parentescos que se tejían en el contexto cultural y político de las sociedades mesoamericanas.

En las tradiciones mesoamericanas, una vez que las comunidades llegaban a la tierra prometida, el dios patrono se asociaba con un cerro principal que se consideraba su hogar mítico y desde donde velaba por su pueblo. Este cerro sagrado se convertía en el verdadero lugar de culto, mientras que los basamentos piramidales de los centros ceremoniales funcionaban como réplicas simbólicas para que la comunidad sintiera la cercanía con su dios.

En el caso de los mexicas, el cerro Coatepec era el hogar mítico desde donde nacía Huitzilopochtli en el plano mitológico. En el plano terrenal, el cerro Zacatépetl, al sur de la Ciudad de México, recibía este honor y se identificaba como el hogar del dios de la caza Mixcoatl. Mediante este sistema de advocaciones y desdoblamientos, Zacatépetl también podía representar a Huitzilopochtli en ciertos contextos.

Gracias por su atención y los espero en la siguiente lectura

Federico Flores Pérez

Bibliografía: Alfredo López-Austin, Tamoanchan y Tlalocan.

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Imagen: Salida de Colhuacan. Códice Azcatitlan, láminas 2v-3r, siglo XVI.

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