El derrocamiento del régimen constitucionalista de 1814 para otorgar poderes políticos absolutistas a Fernando VII resultó en una de las primeras acciones: intentar sofocar las rebeliones independentistas que surgieron a lo largo de Hispanoamérica. Esto se llevó a cabo jugando con la idea providencialista surgida durante su cautiverio en Francia, donde llegaría a ser llamado «el deseado». Por ello, una de sus primeras medidas fue ofrecer una política de indultos generalizados a los insurgentes, idea con la que el virrey Félix María Calleja estaba en desacuerdo, al conocer cómo pensaban.
Además de estas medidas ejecutivas, el aparato de gobierno inició una campaña para difundir la idea de Fernando VII como el rey elegido por Dios para defender el nuevo orden, incluso colocándolo como «vencedor» de Napoleón. Se formuló una retórica que comparaba al imperio con Jerusalén, llegando a afirmar que Dios había provocado tanto la invasión francesa como las rebeliones americanas debido al relajamiento en los deberes religiosos, generando seis años de desorden. Sin embargo, se argumentaba que la ira divina había concluido y que Dios había seleccionado a Fernando VII para restaurar la paz y el orden en la Monarquía.
Este discurso mesiánico presentaba a Fernando como una verdadera víctima de las circunstancias, cuya fuerza le permitió superar todos los obstáculos en su camino. Colocaba como primer enemigo al ministro de su padre, Manuel Godoy, seguido por los franceses y, por último, los parlamentarios de Cádiz. Todos ellos, según la narrativa, estaban dispuestos a usurparle el poder al cual había accedido en 1808. Sin embargo, su juramento de luchar por la religión durante su coronación le aseguró la protección divina y, con ello, su futuro retorno a lo que por derecho era suyo.
Todo el aparato se encargaba de desacreditar a todos los adversarios del orden despótico, como el caso de los políticos gaditanos a quienes calificaron como «filósofos impíos», «monstruos del liberalismo» o «discípulos fidelísimos del Tirano». Estos, según la retórica, pretendieron traer la democracia para degradar a Fernando a «Rey de una Farsa». Se referían al poder de Fernando VII como conferido desde la batalla de Covadonga al primer rey Pelayo, líder de la resistencia contra la invasión musulmana, un espíritu que, según afirmaban, conservaron los reinos hispánicos a lo largo de la Edad Media hasta la unificación con el matrimonio de la reina Isabel de Castilla y Fernando de Aragón, siendo recompensados por Dios con la concesión de América.
Las altas jerarquías, tanto políticas como eclesiásticas, representantes del conservadurismo hispano, consideraban que el despotismo borbónico se había desviado de los antiguos pactos establecidos por la Monarquía con el pueblo. Estos pactos eran vistos como los más sensatos y vigentes para resolver los problemas del momento. Por esta razón, creían necesario romper con este revisionismo promovido por los asambleístas para devolverle sus potestades al rey, quien solo tenía la obligación de velar por la felicidad y la justicia de los pueblos.
A su regreso a España, Fernando VII se vio obligado a jurar la Constitución de 1812 para «evitar mayores males», pero gracias al «pueblo sano» que reconocía el papel del monarca ante la sociedad, se negaron a aceptar la «injusticia» que se estaba llevando a cabo. Fueron ellos quienes se levantaron, haciendo todos los sacrificios necesarios para devolverle al monarca lo que consideraban su derecho divino.
En el caso de los insurgentes americanos, los fernandistas aducían que el pueblo era fácil de engañar por personas muy hábiles para cometer cualquier tipo de fechorías. Se referían al caso del «Judas de la Nueva España» o el «Barrabás de América», como llamaron a Miguel Hidalgo, alegando que él engañó a varios al levantarse en armas en su nombre. Por lo tanto, hacían un llamado a deponer las armas y elegir su destino: ser fieles a la Monarquía Española o declararse enemigos de Dios y de Fernando.
Según este discurso, el rey, en un acto de bondad, les estaba brindando la oportunidad de reconocer el error en el que habían caído al haber sido engañados por los emisarios del «tirano» para poder regresar al camino correcto. Se advertía que si seguían en el «engaño», serían víctimas de la ira de Dios por haber desobedecido sus mandatos.
Para demostrar el compromiso de regresar a este pasado idílico, Fernando VII ordenó la reinstauración tanto de la Santa Inquisición como de la Compañía de Jesús. Estos últimos eran vistos en su papel de educadores y guardianes de los valores católicos para el pueblo. Además, aprovechando su reinstauración por el Papa Pío VII, varias familias de potentados, tanto peninsulares como americanas, abogaron por su regreso, presentándolos como víctimas de la conspiración universal perpetrada por los ilustrados franceses.
La que no tuvo tan buena acogida fue la Santa Inquisición, ya que su presencia representaba, para Calleja, una pérdida importante de poder ejecutivo. Sin embargo, se aducía que su presencia era la fuente del esplendor de los siglos XVI y XVII, al ser los guardianes del orden social y tener como objetivo perseguir a los francmasones, considerados como enemigos naturales de la monarquía.
Para explicar la participación de clérigos tanto en las rebeliones como en el proceso constituyente, el oficialismo los calificó como «ociosos, ladrones o fanáticos religiosos que desconocían su misión histórica». Por lo tanto, también era necesario encaminar a las órdenes mendicantes para su recomposición y que ayudaran a la restauración.
Por último, faltaba componer la imagen del papa Pío VII, quien coronó a Napoleón como emperador. Dada su posición de debilidad ante las circunstancias, se vio obligado a actuar en ese sentido para salvaguardar a la Iglesia, siguiendo el ejemplo de su predecesor Pío V con los protestantes en el siglo XVI. Así, su retorno a Roma implicaba la restauración del antiguo orden.
Gracias por su atención y los espero en la siguiente lectura.
Federico Flores Pérez.
Bibliografía: Josep Escrig Rosa. La construcción ideológica de la restauración en Nueva España (1814-1816), de la revista Historia Mexicana no. 69.
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Imagen: Anónimo. Alegoría del triunfo de España y Fernando VII sobre Napoleon, 1814.



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