La resistencia comunal en Veracruz.

Durante el siglo XIX, el país se vio inmerso en un continuo proceso de modernización con el objetivo de equipararse con otras naciones. Era evidente que las estructuras antiguas, heredadas de épocas prehispánicas y coloniales, ya no eran viables para alcanzar esta meta. Era imperativo integrar a las comunidades en el esfuerzo de construcción nacional para superar la crisis. Uno de los estados afectados por estos intentos de modernización fue Veracruz, cuya dinámica económica siempre fue destacada debido a su posición como la puerta del país y a la innegable fertilidad de sus tierras. Estas características la convirtieron en uno de los pilares agrícolas, destacando la producción de cultivos de alto valor como el tabaco y la vainilla.

El epicentro de estos desafíos recaía en el Totonacapan, especialmente en el pueblo de Misantla. Sus habitantes no solo debían hacer frente a las haciendas y ranchos de la región, sino que también asumían la responsabilidad de la seguridad. Por lo tanto, reformas como la Ley Lerdo resultaban inaceptables para ellos.

Debido a su posición estratégica, Misantla fue considerada como un cantón político desde la independencia, según lo establecido por la Constitución de 1824 hasta la Revolución. Este estatus se extendió a cinco pueblos cercanos: Colipa, Juchique de Ferrer, Nautla, Vega de Alatorre y Yecuatla. En conjunto, estos lugares albergaban a una población de alrededor de 10,000 personas a lo largo del siglo XIX, de las cuales la mitad eran totonacos.

En esa época, Misantla experimentaba un periodo de decadencia marcado por una baja densidad poblacional, sin poder competir con localidades cercanas como Papantla o Martínez de la Torre. Además, otras poblaciones mantenían conexiones a través del río Bobos. Se sumaba a estos desafíos un problema de distribución agraria, lo que generaba reclamos legales constantes por parte de la población indígena. Para empeorar la situación, al estar cerca del puerto veracruzano, los habitantes de Misantla se veían obligados a participar en tareas de defensa ante las constantes invasiones o amenazas en la primera mitad del siglo. Como resultado, los campesinos eran reclutados mediante la «Ley del Sorteo», donde se designaba por azar al pueblo encargado de proporcionar voluntarios.

Cuando la leva llegaba a Misantla, los totonacos resistían unirse a los batallones, respaldándose en su propia etnia para evitar participar en las guerras. Aprovechaban los difíciles caminos que dificultaban el traslado de los «voluntarios», permitiéndoles a la comunidad formar grupos para interceptarlos y rescatar a sus vecinos. Este escenario se hizo especialmente evidente en 1839, cuando la resistencia totonaca casi desembocó en una rebelión.

Ante estas amenazas, la comunidad totonaca se organizaba eficientemente y mantenía informados a sus miembros sobre los movimientos del ejército mexicano para evitar que se llevaran a sus conocidos. El orden era tan notable que, cuando la invasión estadounidense llegó a sus puertas, lograron rechazar y expulsar a las fuerzas invasoras hasta Naolinco. Esta valiente hazaña fue reconocida por el gobernador Juan Soto, quien se entusiasmó con los resultados. Intentó persuadir a los totonacos para que se unieran a la lucha contra los estadounidenses, pero estos se negaron a abandonar su comunidad. A pesar de los esfuerzos de Soto, quienes se resistieron fueron etiquetados como antipatriotas, rebeldes y traidores.

Las fuerzas del orden estatal se mostraban incapaces de reprimir a los rebeldes debido a su escaso número, y los misantecos, junto con otros pueblos que se unieron al desacato, conocían a la perfección sus tierras comunales. Esto les permitía defenderse fácilmente del ejército a través de la guerra de guerrillas. Ante la imposibilidad de someterlos, el gobierno veracruzano solicitó a la comandancia general el envío de un destacamento militar. La intención era que los campesinos pudieran apreciar la fuerza de la federación.

En especial, se pedía que los soldados no fueran de la región, ya que, con frecuencia, se consideraban cómplices de los indígenas y aprovechaban su posición de poder para realizar negocios. Con la creciente inconformidad en todas las comunidades del estado, el gobierno tuvo que dejar de lado a Misantla. La prioridad era pacificar la región cercana a la capital Xalapa, donde se manifestaba una rebelión más intensa. De esta manera, los totonacos pudieron mantenerse al margen del desorden generalizado.

La tensión se agudizó hacia 1853 con el último gobierno del veracruzano Antonio López de Santa Anna, quien asumió la presidencia en un país sumido en el caos y sin perspectivas de ser ordenado. Para conformar un nuevo ejército federal, Santa Anna recurrió a la leva y vio en el centro veracruzano la posibilidad de reclutar hombres suficientes para su tropa. Los misantecos, sin embargo, se opusieron firmemente a las intenciones de Santa Anna. El malestar llegó a tal punto que 40 campesinos llegaron a asesinar a las autoridades civiles de la villa, y se sumaron a esta resistencia los habitantes de Papantla y Tlapacoyan.

A pesar de la amenaza cercana del batallón de Puebla, los misantecos no se dejaron amedrentar por el gobierno. Desde la sierra de Chiconquiaco, combatieron con sus gavillas contra las fuerzas federales y lograron mantenerlas fuera de los asuntos de su comunidad. Gracias a sus redes entre los diferentes pueblos, pudieron hacer frente y evitar que sus vecinos fueran desposeídos de sus tierras o incluso de sus vidas.

Gracias por su atención y los espero en la siguiente lectura.

Federico Flores Pérez.

Bibliografía: Roberto Reyes Landa. Resistencia campesina en Misantla, Veracruz: los totonacos contra el servicio militar y la individualización de las tierras en el siglo XIX, de la revista Ulua no. 14

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Imagen: Anónimo. Manifestacion en el Templo parroquial de Misantla, Veracruz, 1937. Fuente: https://www.facebook.com/470028450043042/photos/a.527485034297383/527487330963820?locale=sr_RS

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