A diferencia de lo ocurrido en Europa durante el Cuaternario, donde gran parte del territorio estaba dominado por un clima gélido, el norte de África, específicamente la región que hoy conocemos como el Sahara, atravesaba un periodo climático húmedo conocido como el «Sahara verde». Durante este tiempo, el ecosistema predominante era la sabana, alimentada por abundantes fuentes de agua como ríos y lagos interiores, lo que proporcionaba recursos suficientes para las comunidades humanas.
En este periodo de bonanza, cuerpos de agua como el lago Chad, de agua dulce, alcanzaban extensiones mayores que las del mar Caspio. Otros lagos y ríos sostenían una fauna diversa, con especies como elefantes, hipopótamos, jirafas, gacelas y bovinos, además de grandes mamíferos extintos como el Sivatherium (una especie de jirafa) y el Pelorovis (similar a un búfalo). Esta riqueza natural permitía a los humanos subsistir mediante la caza y la pesca, aprovechando los recursos disponibles en la región.
Sin embargo, a partir del año 10,000 a. C., con el fin de la Era de Hielo, el «Sahara verde» comenzó a experimentar un proceso de desertificación. Este cambio fue mitigado inicialmente por la presencia de monzones provenientes del norte, los cuales aportaban lluvias que sostenían el ecosistema. No obstante, hacia el año 4,200 a. C., los monzones se desplazaron hacia el sur, acelerando la desertificación. Como resultado, las sabanas comenzaron a desaparecer junto con los bosques y las zonas de hielo que aún persistían en las montañas del Sahara.
Durante el periodo del “Sahara verde,” los abundantes recursos naturales permitieron que las sociedades humanas evolucionaran en complejidad y manifestaran señales tempranas de cultura. Entre los hallazgos más antiguos se encuentran pinturas rupestres datadas en el año 30,000 a. C., aunque es alrededor del 10,000 a. C. cuando se observa una notable expansión del arte rupestre característico de la tradición del Sahara. Estas pinturas reflejan no solo la bonanza en la que vivían los primeros pobladores, sino también la diversidad de fauna que habitaba la región.
Conforme la desertificación comenzó a intensificarse, este cambio climático pudo haber impulsado a algunas comunidades a adoptar el pastoreo como medio de vida. Este nuevo modo de subsistencia trajo consigo modificaciones al entorno natural, como la creación de más pastizales para sustentar el ganado. Por otro lado, las poblaciones que vivían cerca de lagos, oasis o ríos, como el Nilo, dependieron más de la pesca, y hay indicios de que también comenzaron a sembrar algunas plantas, marcando el inicio de la agricultura en la región.
Un ejemplo notable del éxito humano en esta etapa es la “necrópolis” de Gobero, ubicada en Níger. En este sitio se desarrollaron la cultura Kiffiana (7,700-6,200 a. C.) y la cultura Teneriana (5,200-2,500 a. C.), que dejaron cerca de 200 entierros junto a restos de animales como hipopótamos. Estos hallazgos no solo ilustran la diversidad de modos de vida, sino también evidencian cómo la desertificación afectó a las comunidades del Sahara, llevando a cambios significativos en su organización y adaptación.
La cuenca africana noroeste del Mediterráneo, gracias a su terreno montañoso, logró contener mejor el avance de la desertificación, convirtiéndose en una región más favorable para el desarrollo de la vida sedentaria. Esta área, que comprende el Magreb (Marruecos, norte de Argelia y Túnez), ofreció condiciones más estables en comparación con el resto del Sahara. Sin embargo, las sociedades que allí se establecieron limitaron su desarrollo a culturas líticas, como la Ateriense (38,000-10,000 a. C.) y sus sucesoras, la Ibero-Mauritano y Capsiense.
A diferencia del resto del Sahara, que conservó una población predominantemente de raíz negroide, la cuenca del Mediterráneo presentó una mayor diversidad étnica debido a contactos con migraciones provenientes de Oriente Medio. De estas interacciones surgió la rama de los grupos bereberes, quienes se asociaron con el desarrollo de la cultura capsiense. Estos grupos desempeñaron un papel crucial en la introducción del pastoreo en el Sahara, basando su economía en la cría de ganado caprino y bovino.
A los bereberes se les atribuye el asentamiento rupestre de Tassili n’Ajjer, ubicado en el sureste de Argelia. Este sitio destaca por su riqueza artística y cultural, reflejando los modos de vida de estas comunidades. Sin embargo, el avance inexorable de la desertificación obligó a estos grupos a adoptar un estilo de vida tribal y nómada, adaptándose a las cambiantes condiciones del entorno.
La región norafricana que logró mantener condiciones óptimas para el desarrollo del sedentarismo fue, sin duda, la cuenca del río Nilo. Su caudal proporcionó el agua necesaria para sustentar asentamientos humanos, atrayendo a numerosos grupos que se replegaron a sus orillas a medida que los oasis circundantes se secaban, como ocurrió con la meseta de Gilf Kebir en la Libia egipcia.
Uno de los primeros ejemplos de vida sedentaria con un desarrollo complejo se encuentra en el sitio de Nabta Playa, ubicado en la región de Nubia egipcia. Según los investigadores, este lugar fue habitado por grupos subsaharianos que formaron una aldea hacia el VI milenio a.C., subsistiendo de la recolección de sorgo silvestre y de los recursos de un lago hoy extinto. Lo que distingue a Nabta Playa de otros sitios neolíticos africanos es la presencia de una pequeña agrupación megalítica circular, conocida como crómlech. Este monumento ha sido asociado a registros calendáricos por su orientación hacia el Cinturón de Orión y, posiblemente, relacionado con el culto a la diosa Hathor.
A medida que las comunidades avanzaron por el Nilo, las sociedades prehistóricas lograron consolidarse, lo que facilitó el establecimiento de contactos con los pueblos de Oriente Medio. Este intercambio cultural y económico contribuyó al perfeccionamiento de la vida sedentaria y al desarrollo de redes de intercambio, sentando las bases para el surgimiento de la civilización egipcia.
A partir del 4200 a.C., el proceso de desertificación marcó el fin del «Sahara verde», causando la desaparición de muchos cuerpos de agua y obligando a sus habitantes a desplazarse hacia regiones con mejores condiciones, como el Magreb o el valle del Nilo, o a adaptarse para aprovechar los escasos recursos disponibles. Este cambio climático transformó profundamente las dinámicas de subsistencia en la región.
En el Magreb, las montañas ofrecieron condiciones relativamente favorables para la existencia de sociedades pastoriles. Sin embargo, estas comunidades no lograron avanzar más allá de modelos aldeanos con sitios de culto. A pesar de ello, su ubicación en la zona mediterránea les permitió establecer contactos comerciales con diversas culturas. Estas interacciones incluyeron intercambios con los habitantes del Sahara, las civilizaciones del Oriente Medio, e incluso con la península ibérica. Así, el Magreb actuó como un eslabón clave en la temprana dinámica geopolítica, conectando las primeras civilizaciones con los pueblos situados más allá de sus fronteras.
Gracias por su atención y los espero en la siguiente lectura.
Federico Flores Pérez.
Bibliografía:
Esteban Sanz Roche. Los habitantes del Sahara en la Antigüedad, de la revista Anaquel de Estudios Árabes no. 12.
Rafael Agusti Torres. Egipto prehistórico. Desde el Paleolítico hasta la cultura de Tasa.
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Imagen:
Izquierda: Pintura donde se representa a un par de personajes frente a una manada de bovinos, Tassili n’Ajjer, Argelia, 4,500-4,000 a.C.



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