Para el gobierno virreinal, el teatro era un excelente medio para educar a la sociedad a través del entretenimiento. Las obras teatrales infundían respeto y obediencia hacia las figuras de la Iglesia y la Corona, además de vigilar los usos y costumbres correctos del espectador. Esta actividad era más importante que ofrecer piezas teatrales de calidad, y los funcionarios supervisaban que los asistentes siguieran la estricta etiqueta de la época.
Se nombraban jueces de teatros para garantizar que se representaran piezas con utilidad moral y que reforzaran los valores de las buenas costumbres. Estos jueces eran los principales censores de las compañías teatrales, determinando qué obras se presentarían en los coliseos y supervisando los decorados en los palcos y las escenografías.
Sin embargo, como el teatro generaba ingresos que financiaban diversas instituciones de caridad administradas por el clero, el gobierno a veces hacía la vista gorda y permitía la representación de obras consideradas escandalosas pero que garantizaban éxito en taquilla. Esto significaba que ocasionalmente se daba rienda suelta a los gustos populares, aunque el teatro nunca llegó a destronar a los entretenimientos de masas como las peleas de gallos y la tauromaquia, que también incluían pequeñas piezas teatrales en sus eventos.
El inicio del teatro oficialista en la Ciudad de México se remonta a la construcción del Coliseo Viejo en 1641. Sin embargo, antes del siglo XVIII, no existía una reglamentación formal establecida por las autoridades. Las actividades teatrales se basaban en documentos redactados por diferentes grupos de la sociedad civil, quienes realizaban observaciones sobre el desempeño tanto en la producción como en la temática de las obras.
Hacia el último tercio del siglo XVII, inspirados en el espíritu de la Ilustración, el gobierno decidió reglamentar y vigilar el teatro. Esto incluyó aspectos como el arte dramático de las piezas, su realización en horarios vespertinos y, sobre todo, el establecimiento de la etiqueta del espectador. Se pusieron reglas como la prohibición de sentarse en las escaleras, ir a ver a los actores en sus camerinos, comer durante las funciones o expresar su opinión en voz alta. Además, los presentadores debían comprometerse a comunicarse con un lenguaje formal.
El arrendatario de los teatros estaba obligado a mantener las instalaciones limpias, garantizar una correcta iluminación, prevenir cualquier peligro de incendio y mantener una relación de cordialidad entre el empresario y la compañía de actores. También debía mantener una cartelera con el día y la hora de las escenificaciones para informar al público.
Durante las puestas en escena, un juez estaba presente para vigilar y sancionar cualquier falta cometida por los actores, los productores o el público. Las regulaciones eran tan estrictas que podían llegar a supervisar lo que sucedía en el exterior, como la fluidez del tránsito en las calles. Sin embargo, por lo regular se limitaban a supervisar el comportamiento del público, evitando el ruido excesivo dentro de la sala, prohibiendo fumar, hablar durante la función y exigiendo que los asistentes vistieran con decoro.
Como a las autoridades solo les importaba que las obras transmitieran un mensaje de orden social y obediencia, los reglamentos sobre el arte escénico eran superficiales. No se preocupaban por la calidad de las obras o de la actuación, manteniendo exigencias como que los actores debían interpretar estrictamente lo que estaba en el libreto sin hacer ningún cambio. Esto resultaba en una falta de interés por el mérito escénico o literario.
Algunas temáticas estaban prohibidas en el teatro, como temas sagrados, la vida de los santos, comedias de «magia y maquinismo,» bailes y tonadillas. Sin embargo, los censores muchas veces pasaban por alto estas restricciones y solían autorizar estos libretos. Las obras de «magia y maquinismo» tuvieron su auge a partir del siglo XVIII debido a la postura ilustrada de los funcionarios del gobierno.
Los criterios aplicados por los censores eran muy variables y los aplicaban según sus intereses. Cuando querían perjudicar una obra, los funcionarios podían complejizar sus explicaciones metiendo criterios aristotélicos, como las «tres unidades» de acción, tiempo y lugar. Sin embargo, cuando sabían que el público no era muy instruido, solían ignorar estas reglas, conscientes de que el teatro era un negocio y debían representar comedias para atraer a la audiencia. Solo vigilaban que los actores actuaran con profesionalismo.
El arraigo del teatro como medio de entretenimiento hizo que las representaciones se convirtieran en temas de conversación entre los habitantes de las ciudades. La calidad de las representaciones y de los actores participantes era un tema que se comentaba desde la corte del virrey, pasando por los peninsulares, criollos y mestizos. El público asistente era mayoritariamente masculino, aunque algunas mujeres también acudían, como en todos los coliseos del mundo hispánico.
La popularidad de las obras atraía a profesionistas como médicos y abogados, e incluso al clero, quienes tenían prohibida su presencia por la jerarquía, pero aun así asistían. A pesar de que uno de los dos jueces era sacerdote, el teatro también recibía la visita de miembros del ejército, comerciantes y labradores. Los únicos que no podían entrar eran indígenas y afrodescendientes, no por prohibición expresa, sino porque su condición de miseria les impedía costear el boleto del teatro.
Si bien el público podemos calificarlo como perteneciente a los sectores medio-altos de la sociedad novohispana, lo cierto es que tenía muy poca cultura y escasa educación. Solían hacer todo lo que estaba prohibido por las autoridades, como hacer ruido durante la función, entrar y salir de la sala cuando quisieran, y había presencia de vendedores ambulantes que vendían entre las funciones a pesar de las prohibiciones.
Los que permanecían en las lunetas o en las partes altas no eran menos refinados. Era común que arrojasen cualquier clase de desperdicios, incluyendo comida, a las partes bajas sin importar si le daban a otro asistente. Fumar o tratar asuntos personales también era habitual. En el mundo hispánico, el acto de ir al teatro no era tanto para ver las obras, sino que representaba una oportunidad para «galantear» y ver a otras personas. No les importaba importunar a otros con sus actos.
Las compañías hacían lo posible para llamar la atención con la calidad de su trabajo y trataban de hacerlo lo mejor posible. Era común escuchar sarcasmos e injurias del público, risas por doquier y aplausos cuando les agradaba lo que veían.
Gracias por su atención y los espero en la siguiente lectura.
Federico Flores Pérez.
Bibliografía: German Viveros. El teatro y otros entretenimientos urbanos. La norma, la censura y la práctica, del libro Historia de la vida cotidiana en México, vol. II.
Para más contenido histórico o para opinar del tema, visita la página de Facebook: https://www.facebook.com/profile.php?id=100064319310794
Si te gustan los artículos, leer mas de los publicados en el blog y apoyar al proyecto, vuélvete un asociado en la cuenta de Patreon: https://www.patreon.com/user?u=80095737
Únete a Arthii para conocer a mas creadores de contenido siguiendo este enlace: https://www.arthii.com?ref=antroposfera
Imagen: Pugn. Representacion teatral, 1800. Fuente: https://relatosehistorias.mx/nuestras-historias/vivencias-de-mujeres-del-espectaculo-en-el-siglo-xix


Respuestas