La muerte y la laicidad del siglo XIX

El proceso de centralización borbónica en la monarquía hispánica representó un cambio significativo en todos los aspectos de la sociedad. Este proceso no solo fue un ataque contra las élites locales, que tradicionalmente habían gozado de cierto grado de autonomía, sino también una lucha por el poder contra la Iglesia, a la que la monarquía no estaba dispuesta a permitir que actuara como un poder alterno al Estado.

Uno de los cambios más notables fue la decisión de retirar a la Iglesia el control sobre los muertos, al prohibir que los entierros continuaran realizándose en los terrenos de los templos. Este cambio afectó profundamente el ceremonial fúnebre, que había estado bajo la influencia de la Iglesia. Además, la monarquía borbónica emprendió una cruzada contra algunas ceremonias religiosas que consideraba exageradas y contrarias al dogma oficial, con el objetivo de reducir el barroquismo en la vida pública y acercarse a los ideales de sobriedad y racionalidad promovidos por la Ilustración.

Este impulso reformista de los Borbones fue retomado más tarde por los políticos liberales de la nación independiente, quienes buscaron continuar con las reformas iniciadas para reducir la influencia de la Iglesia y modernizar las instituciones.

Al igual que en la Europa medieval, el pueblo buscó apropiarse del ceremonial religioso, imitando a pequeña escala los rituales eclesiásticos. En el contexto de la fiesta de Todos Santos, las reliquias veneradas se replicaban mediante alfeñiques y la panadería de la temporada. Asimismo, los túmulos mortuorios, que originalmente causaron una profunda impresión, fueron reproducidos a menor escala, pero con la misma riqueza decorativa que los ceremoniales clericales.

Con el tiempo, la confitería popular fue adquiriendo mayor creatividad, creando juguetes de alfeñique que añadieron un elemento más lúdico a las festividades. La recreación de los túmulos también evolucionó, dando lugar a las ofrendas, que inicialmente consistían en mesas donde se depositaban alimentos, pero que con el tiempo adquirieron la forma piramidal que conocemos hoy. Esta costumbre se consolidó a medida que decayó el culto a las reliquias, transformando el ritual en una celebración más popular y simbólica.

Los puestos de dulces que se instalaban durante la temporada festiva en las afueras de las iglesias se convirtieron en un verdadero espectáculo para los transeúntes, siendo especialmente famosos los que se instalaban en la Plaza de Armas de la Ciudad de México. Estos puestos vestían de blanco los portales de los edificios circundantes y atraían a personas de todos los sectores sociales. Esta tradición se mantuvo a lo largo del siglo XIX, a pesar de los altibajos provocados por eventos como la invasión estadounidense y las Guerras de Reforma.

Durante el Porfiriato, con la intención de dar más orden a la plaza, se decidió en 1879 trasladar los puestos de dulces a la Alameda, aunque se permitió su regreso doce años después. Sin embargo, el retorno de los puestos tuvo un nuevo enfoque, más comercial e industrial, que desvirtuó la tradición. Esta evolución, junto con la falta de interés de la burguesía, que no se sentía atraída por las diversiones populares, llevó a la eventual desaparición de esta costumbre en la Ciudad de México.

En 1844 se estrenó uno de los símbolos más icónicos del Día de Muertos en México: la puesta en escena de Don Juan Tenorio, obra del dramaturgo español José Zorrilla. Esta obra, con su ambiente fúnebre y místico, tuvo un gran éxito desde su estreno, y con el tiempo comenzó a representarse cerca de las festividades de Día de Muertos.

Durante el gobierno de Maximiliano de Habsburgo, la obra recibió un notable impulso, ya que se contrató a actores extranjeros para su puesta en escena, y las representaciones empezaron a realizarse en los principales teatros de la capital. Este apoyo ayudó a consolidar la obra en el gusto popular.

Para el año 1900, la popularidad de Don Juan Tenorio había crecido tanto que la obra se representaba en todos los sectores sociales, convirtiéndose en un elemento indispensable de la temporada del Día de Muertos.

Fuera del ambiente festivo, las celebraciones del Día de Muertos se centraban en las visitas a los panteones y en las misas ofrecidas por las iglesias. En las tumbas, se dejaban las típicas flores de cempasúchil, que las decoraban, junto con retratos de los difuntos que los recordaban en vida.

Entre las costumbres de las clases bajas, destacaba la práctica de comer y embriagarse en las tumbas, una tradición que tanto el gobierno virreinal como el republicano intentaron suprimir, aunque sin éxito. Esta costumbre reflejaba una conexión íntima y festiva con los difuntos, integrando la celebración en un contexto de convivencia y recuerdo.

En la búsqueda de dar más racionalidad a todos los aspectos de la vida cotidiana, las últimas décadas del virreinato se caracterizaron por un esfuerzo por acercarse más al dogma, despojando a muchos rituales de lo que se consideraban supersticiones. Este espíritu racional fue heredado por los primeros intelectuales del México independiente, quienes continuaron la lucha contra los monopolios de la iglesia que obstaculizaban el establecimiento de un orden social.

La derrota de la iglesia en los diversos conflictos bélicos liderados por los liberales resultó en la limitación de muchas costumbres asociadas al calendario religioso. Esto incluyó la celebración de los Días de Muertos, en los que se comenzaron a restringir las campanadas típicas de estas fechas y el culto a las reliquias, que formaba parte del día de Todos los Santos.

Así, se inició un proceso de despojo de los fines religiosos de estas fechas, favoreciendo las costumbres populares que las rodeaban. Los estudiosos comenzaron a buscar en las celebraciones de muertos de la época prehispánica raíces alternativas que las alejaran de sus vínculos con la iglesia y sus enemigos. Este objetivo daría sus frutos en el siglo XX, cuando los gobiernos revolucionarios lograron dotar a estas tradiciones de una identidad nacionalista.

Gracias por su atención y los espero en la siguiente lectura

Federico Flores Pérez

Bibliografía: María del Carmen Vázquez Mantecón, 1 y 2 de noviembre en la Ciudad de México, 1750-1900, revista Estudios de Historia Moderna y Contemporánea de México no.49 UNAM.

Gracias por su atención y los espero en la siguiente lectura

Federico Flores Pérez

Bibliografía: Rafael Estrada Michel, Monarquía y Nación, entre Cádiz y Nueva España.

Para más contenido histórico o para opinar del tema, visita la página de Facebook: https://www.facebook.com/profile.php?id=100064319310794

Si te gustan los artículos, leer mas de los publicados en el blog y apoyar al proyecto, vuélvete un asociado en la cuenta de Patreon: https://www.patreon.com/user?u=80095737

Únete a Arthii para conocer a mas creadores de contenido siguiendo este enlace: https://www.arthii.com?ref=antroposfera

Imagen: Costumbres del día de muertos, tomado de Yzaguirre del El Mundo, 1895.

dia de muertos

Respuestas