La muerte en la vida novohispana

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Al ser el catolicismo la única religión permitida en los territorios virreinales, hizo que se uniformara la forma de ver las cosas por parte de sus habitantes, esto incluye las concepciones sobre la vida y la muerte siendo esta ultima un momento de gran angustia al no conocer ni su destino en el más allá ni la forma en que habría de morir, siendo la muerte súbita y alejado de los santos sacramentos y sin haberse confesado el peor de los destinos para un novohispano. Hay que recordar que en el cristianismo la muerte es el producto del pecado de Adán y Eva por haber sido expulsados del Edén, desde ese momento nace la muerte y se culpaba a Eva por haber incitado Adán, por lo que se le culpaba de las desgracias de la humanidad. Los atributos de la muerte fueron los mismo que emanaban de la tradición medieval europea, la cual su figura esquelética tenía que servir de advertencia para todos sobre la importancia de arrepentirse de sus pecados para obtener la absolución, por lo que se tenía una protección en caso de morir de forma súbita y esta imagen logra tener repercusión al nivel popular.

Era común que la muerte estuviese representada portando la típica guadaña, con algunas excepciones en las que portaba arco y flecha y en otros casos podía portar una veladora próxima a apagarse como símbolo de la finitud de la vida. También fue muy usual que solo se usase la calavera como su símbolo, por lo que se le representaba así en los cuadros de santos y beatos o de plano en las iglesias se sacaba la calavera de algún santo para que ocupase su lugar en los altares. Otro elemento perteneciente a la parafernalia de la muerte fue el reloj de arena en una de sus manos, simbolizando el tiempo de vida que le quedaba a los mortales atenta a que se terminase para cosechar el alma, también eran usuales los retratos de santos o personajes frente a un espejo reflejándose su figura en forma esquelética. Es así que los símbolos de la muerte se vuelven en una obsesión de la sociedad novohispana, ya que era un continuo recordatorio de mantener las normas del evangelio y no caer en el pecado para así mantener la esperanza de poder llegar al cielo o al menos permanecer el menor tiempo posible en el purgatorio.

Parte de la aspiración sobre incrementar las mayores posibilidades de acceder a un mejor mas allá era que las personas siguieran el “camino de la salvación” o “del bien”, una meta de vida difícil de recorrer debido a la cantidad de obstáculos que implicaban sacrificios o renuncias y que de no sortearlos solo hacían que se desviaran al “camino del mal” fácil de transitar, pero terminando en el infierno. Esta preocupación por la vida más allá de la muerte trasciende al mundo del arte, siendo comunes los cuadros en los que se representaba a los ángeles a la derecha convenciendo a las personas a transitar por el camino del bien, mientras en la izquierda estaban los demonios seduciendo a los pecadores, o también se mostraban a personas que se dedicaban a rezar y hacer penitencia, mientras el camino del mal se vinculaba con el baile, la música el juego y las riquezas que seguían el camino de rosas al infierno.

A manera de alivio para los seculares es que surgen una importante fuente de libros cuyos temas eran el “arte del buen morir”, que derivaba de un éxito de la Europa medieval conocido como el Ars moriendi que fue un gran éxito y que describían como los ángeles y demonios luchaban por el alma de las personas momento antes de que fallezcan y cuyo éxito dependía de la forma en como fueron influenciados por las “cinco tentaciones”: la duda, la desesperación, el apego al mundo, la blasfemia contra el sufrimiento y el orgullo. Iban acompañados de oraciones y rezos para ayudar a ir limpiando el alma del pecado y servían de advertencia para estar atentos a los “7 pecados capitales”, cuyas descripciones fueron comunes en los catecismos para ayudar al adoctrinamiento de los indígenas y así convencerlos de que tienen que llevar sus vidas alejados de ellos. La primera etapa de la evangelización fue de vital importancia que los conventos contaran con pinturas que demostraban las desgracias de ir por los caminos del infierno y las formas en las que se podían caer en ellos.

Desde 1254, el papa Inocencio IV determina la necesidad de los creyentes de confesarse constantemente, siendo lo mínimo hacerlo una vez al año para sortear las amenazas de la muerte súbita y teniéndolo que hacer con un sincero arrepentimiento para que sus pecados sean perdonados. Esto no era suficiente para tener garantizado el camino al cielo, ya que también se tenía el compromiso de seguir los tres tipos de virtudes; las teologales que consisten en la fe, la esperanza y la caridad, las cardinales que abarcaban la prudencia, la templanza, la fortaleza y la justicia, por último, estaban las primarias que eran la abstinencia, la humildad, la misericordia, la resignación, la obediencia y la castidad. El seguir todos estos preceptos implicaba una renuncia a toda clase de conducta que llevara al pecado por lo que las luchas que cada persona tenía que enfrentar eran contra el mundo, el demonio y la carne como llego a enunciar el arzobispo Juan de Zumárraga, por lo que las privaciones y penitencias eran importantes porque era la forma es que se lograba enfrentar al pecado, siendo el ideal llevar a la sociedad la vida que se tenía en los conventos (aunque sabemos que muchos de ellos distaban de mantener una vida piadosa).

El ejercicio de llevar esta vida fundada en los evangelios se tenía que hacer sin alardearlo y mantenerse discreto, ya que de hacerlo se cometía el pecado de la soberbia. Para poder limpiar el pecado mortificar la carne es que los religiosos veían en las penitencias una importante actividad para quedar absuelto, por lo que promovían peregrinaciones a determinadas iglesias donde a los asistentes se les hacía cargar una cruz, irse de rodillas o llegar a los extremos como flagelarse para causarse heridas, así como tenían que estar precedidas ya sea por un periodo de ayuno o de falta de sueño para asegurar un verdadero arrepentimiento. La caridad era otra de las actividades recomendadas para salvar el alma, por lo que basados en ese espíritu es que nacen los hospitales como la forma de dar su trabajo para ayudar al prójimo, siendo las monjas o religiosas seculares las que principalmente hacían estas acciones, mientras los más influyentes bastaba con donar dinero o propiedades destinadas ya sean para a creación de escuelas, misiones o el mantenimiento de hospitales y conventos. Es así que el moribundo podía tener la esperanza de garantizar su camino al cielo o permanecer poco tiempo en el purgatorio, por lo que podría decirse que el miedo a la muerte fue uno de los principales motores de la forma de vida de la sociedad novohispana.

Gracias por su atención y los espero en la siguiente lectura

Federico Flores Pérez

Bibliografía: Gisela Von Wobeser. Cielo, infierno y purgatorio en la Nueva España.

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Imagen: Anónimo. Políptico de la muerte: memento mori.

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