La llegada del socialismo a México.

Cuando escuchamos la palabra “socialismo”, inmediatamente asociamos conceptos como el comunismo, ligados al bloque liderado por la Unión Soviética, que protagonizó una serie de conflictos indirectos con el mundo capitalista y cuya meta era la igualdad social. Sin embargo, en el caso de México, el socialismo soviético no desempeñó un rol importante durante la primera mitad del siglo XX. De hecho, fue perseguido como una ideología extranjera que se percibía como una amenaza al nacionalismo revolucionario, una política que comenzó a germinar en el siglo XIX y que se fue incubando en respuesta a las condiciones sociales heredadas de las raíces históricas del país.

Tanto el legado mesoamericano como el virreinal confluían en un elemento común que había logrado articular la sociedad desde el desarrollo de la vida agrícola: la vida comunitaria. En esta, el bienestar de la comunidad estaba por encima del individual, lo que implicaba que todos los miembros debían velar por el bienestar del pueblo, y los beneficios se repartían de manera equitativa. Sin embargo, a partir de mediados del siglo XVIII, la revolución industrial generó una fuerte competencia por los mercados mundiales, llevando a potencias emergentes como Inglaterra y Francia a disputarle la hegemonía a España. Esto puso en crisis el modelo de vida comunitaria, que ya no podía sostenerse frente a las nuevas dinámicas económicas y sociales.

Las reformas borbónicas, junto con los políticos del naciente México, incentivaron el surgimiento de una clase de inversionistas que buscaba generar beneficios propios mediante el empleo de trabajadores asalariados. En las últimas décadas del virreinato y las primeras de la república, se impulsó la desamortización de las propiedades comunales, tanto de la Iglesia como de los pueblos indígenas, con el fin de ponerlas a disposición de quienes tuvieran el capital necesario para establecer haciendas o fábricas. Esta creciente clase trabajadora, que poco a poco se iba concentrando en los alrededores de las ciudades al abandonar sus pueblos, aunque ganaba más de lo que recibía en el medio rural, carecía de los derechos básicos que las comunidades les otorgaban.

La falta de acceso a ciertos derechos y protecciones hacía evidente la necesidad de comenzar a velar por su bienestar, ya que la economía empezaba a girar cada vez más en torno a la industria. Este proceso de transformación económica y social subrayaba la creciente importancia de los trabajadores urbanos, quienes, al carecer de la red de apoyo que sus comunidades rurales proporcionaban, se veían expuestos a nuevas formas de explotación laboral.

Con el inicio de la Revolución Industrial en Inglaterra y la Revolución Francesa, diversos filósofos comenzaron a prestar atención a los derechos de la clase trabajadora. Inspirados en ideas de la teología cristiana, empezaron a establecer las bases para un trato digno y la promoción de oportunidades que permitieran a los trabajadores salir de la miseria. Uno de los principales exponentes de estas ideas fue el filósofo francés Henri de Saint-Simón, considerado el padre del socialismo utópico. Saint-Simón defendía la planificación económica del Estado, basada en el conocimiento científico, y abogaba por priorizar la vida comunitaria en lugar de velar únicamente por los intereses individuales.

Su sucesor ideológico fue Charles Fourier, quien desarrolló la idea de la vida comunitaria y propuso el sistema de los falansterios. En este sistema, se abolía toda forma de competencia, salarios y propiedad privada. Fourier sostenía que todos los miembros de la comuna debían participar en los medios de subsistencia, y el producto del trabajo debía ser distribuido equitativamente entre todos. Estos planteamientos buscaban superar la desigualdad social y promover una organización colectiva que beneficiara a toda la comunidad, en contraposición al individualismo que caracterizaba al sistema capitalista en expansión.

Plotino Rhodakanaty, un joven aristócrata griego, fue profundamente influenciado por las enseñanzas de Charles Fourier y el anarquista Pierre-Joseph Proudhon. Estas ideas lo llevaron a comprometerse con la difusión del socialismo entre las clases más desfavorecidas y a resistir el creciente poder de las empresas capitalistas. Tras viajar por las capitales europeas, Rhodakanaty llegó a París en la década de 1850, donde posiblemente un amigo mexicano lo convenció de las oportunidades que ofrecía el decreto de Ignacio Comonfort. Este decreto permitía otorgar tierras a extranjeros para incentivar la migración hacia México.

Motivado por esta promesa, Rhodakanaty se trasladó a España para aprender el idioma y luego partió hacia México. A su llegada, encontró un país sumido en la inestabilidad tras la Guerra de Reforma, lo que facilitó su acceso a los trabajadores, artesanos y campesinos. Aprovechando la afinidad que podían tener las teorías socialistas con el cristianismo, comenzó a difundir las ideas socialistas, adaptándolas al contexto mexicano, y encontrando así un terreno fértil entre aquellos que buscaban alternativas para mejorar sus condiciones de vida en un país marcado por las profundas desigualdades económicas y sociales de la época.

Plotino Rhodakanaty logró una cátedra en el Colegio de San Ildefonso, donde comenzó a esparcir sus ideas socialistas entre los estudiantes, muchos de los cuales se convertirían en importantes actores sociales. Entre sus discípulos destacó Francisco Díaz González, un líder obrero clave. Rhodakanaty encabezó varias huelgas en defensa de los derechos laborales, como las de las fábricas textiles de San Ildefonso y La Colmena, que fueron reprimidas por el gobierno de Maximiliano.

Con el tiempo, sus discursos y enseñanzas comenzaron a proliferar entre las clases bajas urbanas. En 1871, fundó el semanario El Socialista y el centro de estudios sociales El Falansterio, donde continuó promoviendo sus ideas. Una de sus iniciativas más importantes fue la fundación de la Escuela del Rayo y el Socialismo en Chalco en 1865, de la cual egresó Julio López Chávez. Este último lideró una de las primeras rebeliones agrarias en 1868, que fue duramente reprimida por el gobierno de Benito Juárez, aunque Rhodakanaty nunca estuvo de acuerdo con el uso de la violencia.

Rhodakanaty también escribió La Cartilla Socialista, un compendio de los principios que intentaba difundir. Durante un tiempo, mostró interés en la Iglesia Mormona debido a la afinidad de objetivos, pero pronto se desencantó debido a la falta de interés en cuestiones sociales por parte de esta comunidad. Se desconoce su paradero exacto, pero se cree que falleció entre 1890 y 1905.

El legado de Plotino Rhodakanaty fue fundamental para preparar el terreno de las luchas obreras, agrarias y anarquistas que luego influirían en los movimientos sociales previos a la Revolución Mexicana. Sus enseñanzas se enraizaron en el pueblo, ayudando a sentar las bases para las demandas de cambio social que caracterizarían este importante periodo histórico en México.

Gracias por su atención y los espero en la siguiente lectura

Federico Flores Pérez

Bibliografía: Esther Sangines García. El socialismo utópico de Plotino Rhodakanaty, de la revista Relatos e Historias en México no. 105.

Para más contenido histórico o para opinar del tema, visita la página de Facebook: https://www.facebook.com/profile.php?id=100064319310794

Si te gustan los artículos, leer mas de los publicados en el blog y apoyar al proyecto, vuélvete un asociado en la cuenta de Patreon: https://www.patreon.com/user?u=80095737

Únete a Arthii para conocer a mas creadores de contenido siguiendo este enlace: https://www.arthii.com?ref=antroposfera

Imagen: Anónimo. Fábrica de textiles, principios de siglo XX

industria xix 1

Respuestas