Entre 1524 y 1525, Francisco Pizarro organizó su primera expedición con 112 hombres, que resultó en un fracaso debido a las duras condiciones y la falta de preparación, causando la muerte de 38 de sus compañeros. Sin embargo, en 1526, durante una segunda expedición, Pizarro recibió informes detallados sobre el imperio inca y la existencia de una ciudad en Tumbes. Con esta nueva información, viajó a Toledo en 1529 para solicitar las Capitulaciones de Conquista y obtener las investiduras necesarias de la Corona española. Aunque sus socios Diego de Almagro y Hernando de Luque recibieron cargos secundarios, Pizarro fue designado como líder de la expedición.
Una de las condiciones impuestas por la Corona fue que Pizarro debía reunir una fuerza de al menos 150 voluntarios, pero solo logró juntar a 120, lo que lo llevó a salir de Sanlúcar de Barrameda de manera furtiva en enero de 1530. Llegó a Panamá a mediados del mismo año, apremiado por la necesidad de recuperar el capital invertido en las expediciones anteriores y con la certeza de que encontraría las riquezas que tanto ansiaban.
El 27 de diciembre de 1530, Pizarro partió de Panamá con una fuerza inicial de entre 180 soldados y 37 caballos, aunque algunas fuentes mencionan cifras más optimistas, como 250 soldados. En abril de 1533, recibió refuerzos importantes cuando Almagro llegó con 150 hombres y 86 caballos, lo que permitió a Pizarro consolidar un ejército de hasta 350 infantes y 67 de caballería. Aproximadamente dos tercios de sus hombres eran veteranos de las guerras indias, conocidos como baquianos, mientras que 38 de ellos eran hidalgos. También contaron con el apoyo de auxiliares indígenas centroamericanos, lo que reforzó aún más su capacidad militar.
La expedición de Pizarro llegó a la bahía de San Mateo el 25 de febrero de 1531, en lo que hoy es Esmeraldas, Ecuador. Allí, Pizarro ordenó el asalto al pueblo de Coaque, donde obtuvieron un botín significativo de 15,000 pesos de oro, 1,500 marcos de plata, esmeraldas utilizadas en intercambios con los indígenas, y una gran cantidad de esclavos. Además, capturaron a los gobernantes locales y envió parte del botín de regreso a Panamá para atraer refuerzos. Pizarro permaneció en Coaque alrededor de seis meses, esperando los refuerzos que llegaron progresivamente.
Sebastián de Belalcázar trajo 26 caballos, mientras que Juan Ruiz de Arce llegó con 14 caballeros desde Nicaragua. Pedro Gregorio también aportó una veintena de hombres y algunos caballos. Sin embargo, muchos de estos refuerzos sufrieron de bartoneliasis, una enfermedad que causó la muerte de dos tercios de los recién llegados.
Durante este tiempo, Pizarro cometió el error de liberar al gobernador de Coaque, quien posteriormente se rebeló junto con su pueblo y prendieron fuego al asentamiento. A pesar de la situación, los españoles lograron defenderse eficazmente y solo sufrieron la pérdida de dos soldados. Este incidente enseñó a Pizarro la importancia de mantener su autoridad y actuar con rapidez y firmeza en futuras interacciones con los indígenas.
A pesar de los inconvenientes previos, las fuerzas de Pizarro permanecieron en la bahía de Guayaquil a la espera de más refuerzos. En noviembre de 1531, Hernando de Soto llegó con una pequeña fuerza, acompañado por Juana Hernández, la primera mujer europea en unirse a la expedición. Con la llegada de estos refuerzos, Pizarro decidió avanzar hacia la isla de Puná en diciembre, dejando atrás a los soldados enfermos y rebautizando la isla como Santiago.
A diferencia de la hostilidad enfrentada en Coaque, los isleños de Puná recibieron a los españoles de manera cordial, abasteciéndolos con alimentos y ropas. Fue en esta isla donde Pizarro y sus hombres se enteraron de la guerra civil inca. Los isleños, que habían sido sometidos brutalmente por Huayna Cápac, se habían alineado con Huáscar y eran enemigos de Tumbes, que estaba aliada con Atahualpa. Los habitantes de Tumbes habían lanzado un ataque contra los de Puná, capturando mujeres y niños.
Poco después, el curaca de Tumbes, Quilimasa, por lo que Pizarro llegó para actuar como mediador entre Quilimasa y el señor local de Puná, Tumbalá, con la intención de promover la paz. Sin embargo, Pizarro percibió señales de traición por parte de Tumbalá y decidió arrestar al señor de Puná junto con sus hijos y varios nobles. Esto desató una guerra con los isleños, que Pizarro y sus fuerzas lograron ganar. Tras la victoria, Pizarro emprendió una campaña de terror, ordenando la ejecución de 15 miembros de la clase gobernante, lo que forzó a Tumbalá a firmar la paz.
Después de someter a Puná, Quilimasa ofreció a Pizarro cuatro balsas para que pudiera llegar a Tumbes. Sin embargo, su verdadera intención era traicionar a Pizarro en alta mar y eliminarlo junto con sus hombres. Hernando Pizarro, hermano del conquistador, descubrió el complot y logró neutralizar la traición, resultando en solo dos o tres bajas entre las fuerzas españolas. Al llegar a Tumbes, Pizarro se encontró con una ciudad devastada por la guerra y las enfermedades, lo que complicaba su objetivo de someter a Quilimasa.
Pizarro comisionó a Hernando de Soto para capturar al curaca y atacar los pueblos cercanos. De Soto, confiado en su fuerza de 80 hombres, intentó traicionar a Pizarro, pero no contó con el apoyo de sus hombres. Debido a las circunstancias de la campaña y la urgencia de los esfuerzos bélicos, Pizarro decidió ignorar esta falta de lealtad y mantener a De Soto en su equipo.
Finalmente, los españoles lograron capturar a Quilimasa, y Pizarro lo «perdonó» con el propósito de convertirlo en su aliado estratégico. Para continuar con la campaña, Pizarro dejó en Tumbes un pequeño destacamento de 25 hombres, con la intención de convertir la ciudad en un puerto clave para la llegada de refuerzos y para mantener la comunicación con Panamá, mientras él proseguía en la búsqueda de provisiones y riquezas para asegurar la conquista.
Las fuerzas de Pizarro llegaron al valle de La Chira y Poechos, donde el 15 de agosto de 1532 fundaron la villa de San Miguel de Tangarará. Este lugar fue elegido estratégicamente, ya que permitía mantener comunicación con la costa y ofrecía una posición defensiva tierra adentro. Pizarro ordenó llamar a las fuerzas de Tumbes para reforzar la protección de este nuevo puesto de avance.
En su trato con los indígenas, Pizarro procuraba mantener una actitud «justa». Castigaba a los expedicionarios que abusaban de los locales y trataba con amabilidad a los curacas para asegurarse los recursos necesarios. Sin embargo, si detectaba cualquier indicio de traición, era implacable en su respuesta. Un ejemplo de esto fue su trato con los curacas de La Chira y Almotaje. Tras descubrir una conspiración, mandó a quemar vivo al gobernante de Almotaje, mientras perdonaba al de La Chira. Asimismo, en Poechos, tras la muerte de un soldado, ordenó la ejecución con garrote de 13 caciques.
Pizarro permaneció en San Miguel durante cuatro meses, tiempo en el que consolidó sus fuerzas con la llegada de más expedicionarios y recaudó tributos de Puná y Tumbes. Una vez fortalecido, decidió continuar con la campaña, dejando varias decenas de soldados en la villa para su defensa.
Gracias por su atención y los espero en la siguiente lectura.
Federico Flores Pérez.
Bibliografía: Antonio Espino Flores. Plata y sangre. La conquista del imperio inca y las guerras civiles del Perú.
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Imagen:
Izquierda: Anónimo. La expedicion de Pizarro pasa de Puná a Tumbes. 1726
Derecha: Anónimo. Francisco Pizarro llega a la isla de Puná, 1726.



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